Los progres y las feministas sans-culottes (literalmente, sin bragas) se mueven en la esquizofrenia que, por otra parte, les resulta muy rentable para mantener sus chiringuitos de “oenegés”, observatorios y demás chollos en los que vegetan a cuenta de los Presupuestos Generales del Estado, sin hacer nada, más que ruido, y emitiendo dogmas de obligada observancia, si no quiere usted ser estigmatizado de fascista. Además de la gilipollez congénita y la vagancia innata de la fauna que vivaquea en el progresismo feminista, les adorna también una esquizofrenia impostada y edulcorada en el silencio cuando, por ejemplo, reciben la noticia de que los violadores, pederastas y asesinos de mujeres (enfatizo de mujeres, porque a esa fauna los asesinos de hombres, sólo de hombres, siempre que no sean de ETA, no les provocan la menor piedad) van a disfrutar de piscinas en las cárceles para hacerles más llevadera la canícula. O sea, que el violador y asesino de Laura Luelmo va a poder refrescarse los huevos que alguien (¿Fuenteovejuna, quizás?) le debería haber cortado, en el Spa carcelario del que algún día volverá a salir por buena conducta, para volver a hacer lo mismo que ya ha hecho: violar y asesinar.

Con las manadas les sucede lo mismo. Cuando la manada está integrada por cabestros genuinamente españoles, la fauna progre feminista llena de ruido y furia las Redes Sociales, los telediarios, los periódicos y las calles y plazas de toda España durante más horas de las que caben en el reloj y más días de los que caben en el calendario. Pero, ¡ay!, cuando la manada la integran cabestros musulmanes o cualesquiera otros “desvalidos” inmigrantes ilegales, el silencio de la fauna progre feminista se torna más espeso que los sobacos de Irene Montero, y dejan que la noticia se agoste en los telediarios hurtándole el ruido y la furia que solo merecen el violador español, el pederasta español y el asesino de mujeres (insisto en el sexo de la víctima) español.

Comoquiera que yo sí soy progresista y, por lo tanto, no hago distingos de raza, credo religioso, si lo hubiere, e ideología política de los cabestros que profanan el cuerpo de una mujer o de un niño, o que asesinan a un inocente, para mí son todos iguales ante la ley… del patíbulo. Hay un lugar en la vieja y decadente Europa en el que no hay manadas, ni nativas ni extranjeras. En ese lugar de la Europa mediterránea impera una ley mas antigua que la sangre, por lo tanto no codificada, que gravita sobre sus habitantes con más fuerza que las leyes democráticas. Esa ley no escrita se llama vendetta. No está, pero existe. Por eso no hay manadas. Por eso a nadie se le ocurre aliviar sus pulsiones de bragueta profanando el cuerpo de una mujer o de un niño. Y si alguien piensa en hacerlo, inmediatamente desiste porque sabe lo que le espera. Lo que le espera toda su vida si es que sobrevive a su propia barbarie durante los primeros días, semanas, meses o años. Al final siempre aparece, en cualquier esquinazo del ancho mundo, la sacrosanta vendetta empuñando una lupara boquinegra que dialoga con el violador con un monosílabo onomatopéyico: ¡bang! Y se acabó. Ese maravilloso lugar se llama Sicilia, y allí no hay manadas.