Peculiar enganchada entre Martínez- Almeida y Ortega Smith. Revolverse contra el feminismo aplastantemente hegemónico deviene esencialmente un imposible. Maremoto que te postra despiadadamente bajo el crudelísimo embate de la onda biopolítica (y mediática). Escalofriante totalitarismo. Un dogma inapelable, un sórdido estrangulamiento mental. Si nombran la maldad, piensan en hombres. Malos, violentos, predadores. Negación de la condición humana de los varones. El hombre, más aún si es blanco y heterosexual, el enemigo a batir. El verdadero sexo débil. Ha ido invadiéndonos un estilo mental y conceptual que impide cuestionar siquiera levemente la genuina realidad: la opresiva, asfixiante, irrespirable y liberticida Matrix generada por la inhumana ideología de género.

Las mujeres son una clase, los hombres son otra clase diferente: marxismo reciclado. Eso sí, al contrario que lo propalado por la banal y venal cháchara de moda, el hombre es el verdadero oprimido y sojuzgado y cautivo durante las actuales y desoladoras témporas. Los despojados y gélidos datos, distinguida y sutil manera de neutralizar la demencia de género (siempre con los indisolubles colgajos auxiliares de otros tres cerditos: los lobbies elegetebeís, racistas antiblancos y ecolojetas). Los cotorreados privilegios del heteropatriarcado. Enumérense. Los hombres sufren el 98% de los accidentes mortales laborales. Tienen más probabilidades de sufrir cáncer y autismo, y aunque el cáncer de próstata arrasa tanto como el de mama, el segundo se combate y se subvenciona infinitamente muchísimo más. Los hombres están realizando menos estudios superiores que las mujeres, y encima son los que siempre se ocupan de los trabajos más ásperos y atroces. Pavorosa ratio de suicidios, cinco veces mayor que entre las mujeres. La mendicidad, abrumadoramente masculina. Las mujeres viven, de media, diez años más.  En las perras guerras, quienes han combatido y muerto a tutiplén han sido, son y seguirán siendo los hombres.

 

Privilegios heteropatriarcales

Más privilegios heteropatriarcales. Jornadas de 10, 12, 14 horas diarias lejos del hogar para alimentar al resto de miembros del hogar. Sacudidos por un profundo amor, tragando ansiedad y el sempiterno temor a perder el trabajo y no poder mantener de esa manera a esposa e hijos. El agónico e injustísimo sello biológico. Somos proveedores y protectores de prole y hembra. Eficaces productores. Puta biología. Otrosí: los juzgados conceden a las mujeres el 90% de las asignaciones de las custodias. Los hombres  pierden la posibilidad de ejercer de padre y cuidar a sus muy queridos vástagos salvo un puñado de días al año. Eso sí, deben continuar pasando la pensión a las madres. Reducidos a la tristísima condición de bancos de semen y cajeros automáticos.  Es cierto que los padres que han querido mantener el cuidado de sus hijos no son tantos como se cree. Pero una sola injusticia tan arbitraria demuestra la hondísima podredumbre del sistema (de género) judicial.

Un 31.5% de las mujeres ha sufrido a lo largo de su vida en alguna ocasión un acto de agresión física por parte de su pareja. Pero un 27.5% de los hombres también ha sufrido malos tratos de su pareja. ¿Por qué se presenta entonces en el imaginario popular/populista/populachero una y otra vez a la mujer en la perspectiva de víctima y al hombre como agresor cuando es algo mucho más equitativo? Otro dato, tan alarmante o más: mientras todos los trabajadores de ambos sexos pagan impuestos, el latrocinio del Fisco va a parar siempre a la subvención de refugios de mujeres para luchar contra el maltrato doméstico. Allí practicarán la sororidad, otro de sus cenagosos “palabros”. Allí podrían pensar en el maltrato sistémico y sistemático padecido por el varón: físico, psicológico, moral, institucional y legislativo. El número de mujeres maltratadas y asesinadas no es superior al de hombres maltratados y asesinados, y tan solo cuando todos los hombres víctimas de maltrato «salgan del armario» y denuncien, se podrá constatar que esta afirmación es una punzante y desconsoladora realidad.

Paranoia genocida

Las mujeres tienen mil paparruchas anticonceptivas. Hormonas, DIU, ligadura de trompas. En última pretensión, el aborto. Los machos de la especie sapiens sapiens: condón o vasectomía. Esto es un problemón para los hombres, por dos motivos. Primero porque una mujer puede poner mil obstáculos para tener hijos y puedes encontrarte con no poder dejar descendencia en el mundo por la intransigencia de tus parejas. Y el segundo: te la pueden liar, tener el hijo sin quererlo, aquello que la luminosa y genial Esther Vilar denominaba acertadamente "violación femenina". Las mujeres pueden engañarte y atarte para toda la vida con críos que no deseas. En resumen, los hombres no pueden controlar el embarazo. Decisión cero. Otra vez la cosificación: banco de semen (por cierto, cada día de más escasa calidad) y cajero automático (sin duda, cada día más mermado). Por eso, en ese sentido, las legislaciones feminazis/femibolches promueven los fraudes de paternidad. Son pruebas razonablemente baratas que la tecnología pone ahora a nuestra disposición, y esenciales, según muchos hombres, para esclarecer la responsabilidad del hombre en juicios por paternidad. Se dan casos de antiguas parejas que pagan religiosamente la pensión por niños que biológicamente son de otros, entre muchos escenarios plausibles y devastados. Se cuestiona la legalidad de las pruebas de paternidad. En Francia ya es ilegal que los padres pidan una prueba de ADN. 

Las talibanas de turno vencen. Todos comparten la genocida paranoia del feminismo. Odio entre sexos y, en próximas décadas, transhumanismo mediante, fin de la especie humana.  El monstruoso Estado con la gran patronal, el Banco de España, el Banco Central Europeo, el FMI, el rey Felipe VI, el Vaticano, con Pancho I de la Pampa de gran adalid, OTAN y ONU, y así repetidamente, sin olvidar al “anticapitalismo” ultracapitalista de izquierdas que humedece de generosas subvenciones a los miles de chiringuitos que sufraga mientras se dedican sañuda y minuciosamente al expolio nuestros sufridísimos bolsillos. 

 

Coda amarga

Llegará un instante en que en esta sociedad de gallináceas hedonistas, necias y asustadizas, habrá que derrotar en lucha al feminazismo/femibolchevismo (también al feminismo de Estado que financia el Ministerio de Igualdad), a sus fautores y demiurgos diversos. Una gran víctima de esta enajenación de masas ha sido la verdad. Otra, la ética: la asunción de los actos realizados, la noble responsabilidad individual, el reproche individual de las acciones queda ensombrecido o definitivamente arrinconado ante esta neomarxista lucha de sexos que nos exime de actos libres. La violencia no tiene género, dicen los de VOX. Sobre todo, la conducta ética. Optar por el bien y el mal, más allá del sexo, etnia, raza u otro tipo de pelajes personales. La gozosa diversidad de la biología humana. Y las decisiones morales, siempre personalísimas. Tal vez, llegado el momento, los medrosos más encanallados se tengan que plantear si se van a dejar putear, matar, exterminar, silentemente, sin hacer nada, o no. Veremos. En fin.