Hace mucho tiempo, dos hermanos decidieron montar un reino por su cuenta. Con el fin de darle nombre al lugar elegido donde instaurarlo, inventaron un juego: se lo pondría quien más pájaros divisara sobrevolando las montañas que rodeaban aquel paraje. Acto seguido uncieron dos bueyes y excavaron un surco, sobre el que levantaron unas murallas. Ambos se juramentaron para matar a quien se atreviese a cruzarlas. Un día, uno de ellos se quejó de la fragilidad de aquellos muros y derribó un trozo de una patada, traspasando con el impulso la línea prohibida. A lo que el otro, fiel a su juramento, respondió asestándole un golpetazo mortal. Era el 21 de abril del año 753 a.C. Los hermanos se llamaban Rómulo y Remo. Y la ciudad, Roma.

El pasado 25 de enero, los noticieros de la progrez mediática se cuidaron muy mucho de ocultar un hecho de enorme gravedad: ese día, ERC presentó una propuesta en el Ayuntamiento de Barcelona destinada a aislar a la extrema derecha, para lo cual instaban al resto de partidos con representación en el Consistorio a no alcanzar acuerdos con tales formaciones políticas. Dicha propuesta fue aprobada con los votos favorables de la propia ERC, Barcelona en Común, el PDeCAT, el PSC, la CUP… ¡¡¡y Ciudadanos!!! Sólo el PP se posicionó en contra, al no salir adelante su proposición de incluir también un rechazo explícito a la extrema izquierda.

Que los golpistas republicanos catalanes, que los comunistas de Podemos, que los secuaces del tres per cent, que los palmeros del separatismo en que se han convertido los socialistas y que los perroflautas que siembran de violencia allá donde pisan apoyen realizar cordones sanitarios contra todo aquel que no se pliegue a sus postulados entra dentro de la lógica. Por supuesto, ese apartheid pactado en la Corporación de la Ciudad Condal ha venido camuflado con el barniz de “lucha contra el fascismo y defensa de la democracia”, aunque ya sabemos cómo han interpretado a lo largo de la Historia los republicanos, los comunistas, los independentistas, los socialistas y los anarquistas catalanes eso de combatir al fascismo y defender la democracia. Tal peculiar cosmovisión ya intentaron llevarla a la práctica en octubre de 1934, pero la valentía innata de los componentes de esa raza superior apenas duró diez horas (en realidad, desde la primera carga de la artillería comandada por el general Batet hasta la rendición del autoproclamado Estat Catalá sólo transcurrieron siete horas). Más suerte para sus intereses encontraron a partir de julio de 1936, convirtiendo a Cataluña en general, y a Barcelona en particular, en el paraíso de todo pacifista: los más de ocho mil asesinados en la retaguardia durante los casi tres años de Guerra Civil en que la región estuvo bajo el poder de ese demócrata antifascista que fue Companys corroboran su innegable éxito.

Pero si esa forma rastrera de proceder de las izquierdas y los separatistas no nos sorprende en absoluto, lo que sí escapa del más mínimo sentido común es la deriva tomada por Ciudadanos. A escasas fechas de que comience el juicio contra los principales dirigentes catalanes que el 1 de octubre de 2017 convocaron un referéndum ilegal para independizarse de España sacando a sus hordas a la calle, al partido de Albert Rivera no se le ocurre otra cosa que ponerse del lado de los golpistas. Es el enésimo atropello a la libertad que ha llevado a cabo de un tiempo a esta parte, desde que decidió cambiar la infalible brújula de los principios por la imprevisible veleta de la cretinez política.

Comenzó por exigir la aplicación de un 155 más descafeinado aún que el que tenía en mente el cobarde de Rajoy, hasta el punto de que impuso como condición sine qua non para otorgar su apoyo la convocatoria inmediata de elecciones autonómicas y la renuncia a otras medidas más duraderas y eficaces, como hubieran sido la total asunción por el Gobierno de la Nación de las competencias de orden público y educación, el cierre del grifo de las millonarias transferencias presupuestarias o la intervención de TV3. Pero no: eso eran soluciones demasiado drásticas que podían echar por tierra los resultados de las encuestas que le auguraban una victoria tan pírrica e inane como la que, efectivamente, logró en las urnas dos meses después.

No contento con ello, resulta que en los últimos meses ha caído rendido ante los cantos de sirena de La Marsellesa. La estrategia del gallo francés que señala la dirección del viento naranja en Barcelona parece clara: elevando cordones sanitarios contra la extrema derecha —a la que le coq identifica sin rubor alguno con VOX— intenta que el chivo expiatorio de los fracasos separatistas sea otro. O lo que es lo mismo: cree así que el blanco de los ataques perpetrados por esa nueva hornada de chekistas-borrokas eufemísticamente calificados como CDR ya no serán ellos, sino los simpatizantes del partido de Santiago Abascal. Ese socialista francés a quien Ciudadanos pasea como lenitivo de nuestros males seculares no sabe nada de cómo se las gasta la izquierda separatista en Cataluña; o peor aún, lo sabe y lo comparte. Quizás sólo le ha llegado una visión ditirámbica y panegírica de lo que fue la II República; o quizás no, y lo que pasa es que asiente la actuación de sus correligionarios españoles de los años 30. Puede que su conducta tenga su origen en la ignorancia de lo que es el movimiento independentista; o que, por el contrario, todo obedezca simple y llanamente a un plan urdido desde la más oculta de las bambalinas, la más tenebrosa de las tramoyas o la más siniestra de las logias.

Sea como fuere, que Ciudadanos se alinee con la extrema izquierda separatista con el espurio fin de estigmatizar a un partido político que le está quitando votos a mansalva es sencillamente de juzgado de guardia. ¿Se ha parado Rivera a pensar qué opinarán los murcianos, los castellanomanchegos, los riojanos o los cántabros acerca de que Ciudadanos se haya encamado con el separatismo catalán? ¿Piensa Rivera que los asturianos, los canarios, los melillenses o los ceutíes también quieren ir a algún sitio cogidos de la mano de Rufián, Colau y Puigdemont? ¿Espera Rivera que los madrileños, los aragoneses, los andaluces, los extremeños o los castellanoleoneses se postren ante ése que define a los españoles como bestias carroñeras, hienas y víboras con una tara en el ADN? ¿No se da cuenta Rivera de que los valencianos, los gallegos, los navarros, los vascos, los baleares y los catalanes no nacionalistas están hasta las narices de que esos mismos con quienes Ciudadanos pacta alegremente cercenen sus derechos y los de sus hijos día sí y día también?

Cuando alguno de los millares de desencantados con el PP de Rajoy y Soraya acuda el próximo 26 de mayo a depositar su papeleta para elegir concejales, diputados autonómicos y europarlamentarios, debe recordar todas estas tropelías y saber que votar a Ciudadanos no va a servir para echar a la izquierda del poder; su ingenuo voto terminará ungiendo a los del arderéis como en el 36, a los que opinan que las procesiones de Semana Santa son desfiles de vanidad y rancio populismo cultural y, en definitiva, a los que no tuvieron coraje de enfrentarse a los golpistas pero desean la muerte civil a los únicos cuya actuación ha conseguido sentar a aquéllos en el banquillo de acusados.

Antaño fue Remo quien pagó con su propia vida el haber traspasado una línea, la que marcaba las fronteras de la recién fundada Roma. Hogaño ha sido Ciudadanos el que ha franqueado otra raya, mostrando por debajo de la puerta una patita que no tiene cabida en democracia: la del oprobio, la infamia y la vileza. Tarde o temprano, la veleta naranja tendrá su merecida recompensa por haberse fabricado este particular Ab urbe condita. Para entonces, quienes hoy están obnubilados y no ven más allá recobrarán la conciencia y entonarán ese mea culpa orteguiano del “no era esto, no era esto”.