El PSOE, heredero del golpista Largo Caballero, y los comunistas podemitas herederos de los 100 millones de muertos del siglo XX,  han sido fieles a su tradición histórica y han pactado el destrozo de la unidad histórica de España a la que odian. Odian a España por ser rehenes de un rencor insuperable contra el glorioso pasado español que los barrió del mapa político y social cuando el 1 de abril de 1939 nos sacudimos el yugo bolchevique.  Quieren volver a 1936.

Agazapados en palabros envueltos con el celofán de expresiones vacuas como “diálogo dentro del ordenamiento jurídico democrático” o “consulta al pueblo catalán” , los socialistas han consignado con la ERC heredera del golpista Companys un pacto para la independencia gradual de Cataluña. Del mismo modo, el PSOE ha suscrito otro acuerdo con el PNV donde este partido pone bajo su bota a Navarra y asume competencias en Seguridad Social, Trabajo o Prisiones para convertir al Estado en un ente residual.  Estos pactos para la investidura son el reconocimiento nacional para dos regiones de España que pretenden ser convertidas en Estados independientes y egoístas y  que ya no soltarán un euro en concepto de cohesión nacional y solidaridad interterritorial.

La ruptura de España pactada por Pedro Sánchez es la prosecución del plan socialista de desguace de la Nación que José Luis Rodríguez Zapatero inició tras el 11 de marzo de 2004. Nuestro admirado Ricardo de la Cierva definiría a Zapatero como “gobernante masónico” y a sus leyes ideológicas como expresión de los designios de la masonería antiespañola que lo había alzado al poder a través del golpe de Estado ejecutado un escalofriante 11 de marzo de 2004.  El Estatuto autonómico catalán de 2006 emanado del pacto de Zapatero y Carod Rovira y la rendición ante ETA impulsados por el PSOE desde 2004  no fueron más que la antesala del proceso de demolición de España; Pedro Sánchez nos ofrece hoy su culminación en forma de investidura y gobierno socialcomunista en ciernes.

Semejante éxito del socialismo antiespañol y de los separatismos canallas no habría sido posible sin la inestimable colaboración de la derechita cobarde española.  Tras la España unida y en paz durante 36 años de mandato del General Franco, Adolfo Suárez promovió la Autonomía vasca y catalana y abrió la espita del Estado autonómico, con lo cual instaló el germen de la fragmentación y del tribalismo. Felipe González, Aznar y Mariano Rajoy regaron a los nacionalistas vascos y catalanes con cesiones competenciales en fiscalidad, cultura, educación, sanidad o seguridad.  

Los “mossos d´Esquadra” catalanes son hoy un ejército armado  empoderado por la salida de la Guardia Civil y la Policía Nacional de tierras catalanas porque José María Aznar entregó las competencias de Seguridad a Jordi Pujol.  Los etarras más sanguinarios salieron masivamente de las cárceles bajo el gobierno de Rajoy, produciéndose escandalosas excarcelaciones como la del etarra Bolinaga y asombrosos episodios de vergonzante cesión al separatismo catalán golpista como la financiación que el Ministro Cristóbal Montoro hizo desde el Ministerio de Hacienda a la Generalidad de Puigdemont que promovía “leyes de desconexión” y organizó el golpe de Estado del 1 de octubre de 2017.  El gobierno de Rajoy protagonizó además la aplicación de un artículo 155 fantasmagórico y para nada que ni clausuró TV3, ni higienizó los Mossos ni la Administración catalana ni devolvió Cataluña a la normalidad de una España unida.

ZAPATERO

Las mayorías holgadas de que han disfrutado PSOE y PP a lo largo de 40 años de democracia no han servido para modificar la ley electoral que sobredimensiona el poder institucional de los separatistas, ni para ilegalizar a estos partidos ni para rearmar y fortalecer al Estado frente a las cesiones competenciales que lo vaciaban de competencias en un maremágnum de corrupción y clientelismo autonómicos.

Pedro Sánchez recoge hoy con su investidura los frutos de desunir lo unido durante siglos; en definitiva, de descohesionar la Nación española unificada debido a 40 años de sistema autonómico encumbrador de privilegios territoriales, desigualdades y separatismos.

De nada sirvieron, durante el proceso constituyente de 1977-78, las advertencias del Senador por designación real Julián Marías sobre el peligro de crear las Autonomías. Ni tampoco las del Catedrático de Derecho Político José María Gil Robles que hilvanó discursos donde analizaba los riesgos que para las los Estados unitarios y las Naciones compactas tenía el concepto de “nacionalidades” que la Constitución española de 1978 reconoce y que potenciaría los soberanismos excluyentes y los desgarros territoriales . Tampoco sirvió de nada el ojo avizor de don Blas Piñar que con su inquebrantable amor a España y a la verdad clamó contra un sistema autonómico que suponía el fin del Estado Nacional y su conversión “en un almacén de retales”. De aquellos polvos, vienen estos lodos.

Pedro Sánchez es un criminal dispuesto a vender la Nación a los servilismos más abyectos hacia el comunismo y el separatismo, y a arruinar a una Nación milenaria. Pero jamás lo habría podido hacer si España hubiera hecho caso 40 años atrás a aquellas voces que como Blas Piñar ya anunciaban  la tempestad rupturista de la unidad nacional a la que irremediablemente nos conducirían el Estado autonómico así como el pluripartidismo desnortado que blanqueaba a los enemigos de España, hoy árbitros del destino de nuestra Nación a la que van a destruir si no se lo impedimos.