El pasado 13 de septiembre falleció, tras padecer varios infartos, James Bacque, canadiense de Toronto, Ontario, y uno de esos autores que resultan más que incómodos.

Bacque, erudito de la Segunda Guerra Mundial, se hallaba estudiando la biografía del “héroe” de la “resistencia” francesa Raoul Laporterie.. Este trabajo vería la luz bajo el título “Just Raoul, Adventures in the french resistence” (editado por Stoddart Publishing, Toronto, 1990). Para ello, Bacque entrevistó a un antiguo soldado alemán, Hans Goertz, al que Laporterie sacó de un campo de concentración en 1946 y le llevó a trabajar a uno de los talleres de sastrería de su propiedad. Decía Goertz que Laporterie “salvó mi vida por que el 25% de los hombres de aquél campo murieron al mes siguiente”. ¿De qué, cabe preguntar? “De hambre, de disentería y de enfermedades”.

Bacque estudió los registros disponibles del campo en el que Goertz había estado internado y descubrió que había 1600 campos, todos igual de malos de acuerdo con los informes de la Cruz Roja Internacional para el Ejército Francés, archivados todos ellos en Vicennes, Paris. Así, Bacque encontró las primeras pruebas de muertes masivas en campos de concentración controlados por los EEUU.

Durante la primavera de 1987, James Bacque trabajó con el eminente historiador militar, el coronel retirado Dr. Ernest F. Fischer, Jr. en Washington D.C. Ambos estudiaron en profundidad los Archivos Nacionales de la George C. Marshall Foundation, en Lexington (Virginia) reuniendo cada vez más datos. En los Archivos Nacionales de los EEUU Bacque encontró diversos informes que llevaban el encabezamiento “Informe semanal de prisioneros de guerra y fuerzas enemigas desarmadas”; todos ellos aparecían etiquetados como “other losses” (otras bajas) y se parecían sobremanera a las estadísticas que había visto en París.

Todos estos informes fueron revisados por Bacque junto al coronel Philip S. Lauben, que había sido jefe de la División de Asuntos Alemanes en el Cuartel General de la Fuerza Expedicionaria Aliada, a cargo de los prisioneros de guerra y de las repatriaciones. Bacque y Lauben estudiaron uno por uno los informes hasta llegar a los “other losses”. Lauben le explicó que correspondían a “muertes y fugas” y que las fugas eran un porcentaje “muy, muy pequeño”, de hecho, muy por debajo del 1%.

Así, pese a que muchos informes eran incompletos y parte de lo sucedido estaba oculto en eufemismos, pronto Bacque pudo saber que una ingente cantidad de hombres, mas algunas mujeres y niños, murieron en los campos de concentración franceses y americanos a causa de las pésimas condiciones sanitarias, al hambre y al frío, cuando la autoridad aliada disponía de medios para evitar estas muertes. Esta información apareció en su obra “Der geplante Tod: Deutsche Kriegsgefangene in amerikanischen und französischen Lagern 1945-1946” (Muerte planificada: prisioneros de guerra alemanes en campos de concentración americanos y franceses, 1945-1946), publicado por Ullstein en 1989 pero traducido de una edición canadiense anterior.

Poco después apareció su célebre libro –que le hizo famoso- titulado “other losses” (Other Losses; An Investigation into the Mass Deaths of German Prisoners at the Hands of the French and Americans after World War II, Stoddart Publishing, Toronto, 1990). En él, Bacque estimó que una cifra posiblemente superior al millón de personas e indiscutiblemente por encima de los 790.000 murieron a manos de oficiales aliados que disponían de los medios para evitarlas. Por si fuera poco, señalaba además un responsable principal: Dwight D. Eisenhower, por entonces vaca sagrada del “mundo libre”.

La publicación del libro suscitó un aluvión de correspondencia, datos, memorias y cartas, todo ello dirigido al propio Bacque, a cargo de ex soldados que habían experimentado en sus carnes el infierno descrito en “other looses”. Pese a la inquina y el odio de los historiadores oficiales, ni uno solo pudo contradecir sus afirmaciones y, menos aún, la información que Bacque obtuvo en los archivos de la afortunadamente extinta Unión Soviética y que recogió en otro libro titulado “Crimen y perdón: El trágico destino de la población alemana bajo la ocupación aliada, 1944-1950” (Edición en español por Antonio Machado Libros, 2013; en inglés, Crimes and Mercies: The Fate of German Civilians under Allied Occupation 1944-1950”, Boston: Toronto; Little, Brown, 1997). Según Bacque, 1.5 millones de prisioneros de guerra alemanes, 2,1 millones de alemanes expulsados y 5,7 millones de alemanes residentes murieron sin necesidad a causa de las políticas implementadas por las autoridades de ocupación de las cuatro potencias victoriosas. Es necesario recordar que estos 9,3 millones constituye una cifra superior a la de los muertos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. La mayoría de aquellos fallecidos eran ancianos, mujeres y niños y sus muertes no solo nunca fueron reportadas por los aliados si no que resultaron ocultadas por el propio gobierno alemán de posguerra (el católico Konrad Adenauer incluido) y, por supuesto, por los historiadores oficiales.

Por todo ello, en palabras de su amigo el eminente historiador estadounidense y figura mundial reconocida en el campo de los derechos humanos Alfred-Maurice de Zayas, “debemos a James Bacque nuestro reconocimiento por su valor a la hora de suscitar nuevas e incomodas preguntas”. En realidad, estamos en deuda con él por haber desenterrado a unos muertos que todavía, y me temo que por mucho tiempo, esperan su justicia.

Que Dios acoja en su seno a James Bacque.