Me cuentan que Ortega Smith ha dicho que las famosas “Trece Rosas” eran asesinas y hasta “violadoras”. En Años de hierro traté el caso. Imagino que Ortega quizá pensó que los rojos habían asesinado y violado a muchas más “rosas”, lo cual es cierto, y se trabucó. Los hechos reales fueron básicamente que, apenas terminada la guerra,  aquellas mujeres formaban parte de un grupo comunista que trataba de reorganizar el partido y que había practicado actos terroristas, en particular el asesinato de un teniente coronel del ejército, de su hija de 17 años y del conductor de su coche. Los asesinos fueron pronto capturados y la organización desmantelada. Hubo 57 condenas a muerte, entre ellas las de las trece mujeres (los hombres han sido olvidados por la propaganda). La sentencia fue justificada en estos términos: “Terrible ha sido el fallo (…) Porque hay un propósito resuelto que es este: nadie, y por ningún motivo, podrá volvernos a la tragedia y al espanto que exigieron una guerra de tres años”. Fue realmente una sentencia monstruosa, en particular para las chicas que poco habían hecho, y  cumplida casi inmediatamente,  al parecer sin esperar al preceptivo enterado o conmutación de Franco.

 

 Resulta grotescamente siniestro que los comunistas y similares, cuyos partidos fueron autores de  incontables torturas, violaciones y asesinatos de mujeres, se presenten como apóstoles de la decencia, la libertad y las mujeres ultrajadas, y pongan en el lugar de su ejecución que “dieron su vida por la libertad y la democracia”. La libertad y la democracia de Stalin, de la Cheka y del Gulag, a los que nunca han renunciado los comunistas.

 

 No hace mucho una escritora de su bando se burlaba de las violaciones de monjas por “milicianos sudorosos”. Al parecer esto no causa mayor problema de conciencia a nuestra izquierda, que nunca expresó el menor pesar por sus muchos crímenes y en cambio no cesa de explotar demagógicamente  los excesos contrarios para envenenar  la conciencia de la gente.