Reservo mi piedad para las víctimas, guardo mi compasión para los que, rodeados de ausencia, velan el cadáver y el recuerdo en las hojas de calendario del resto de sus mutiladas vidas imaginando el tiempo encarnado en el hijo asesinado, masticando el dolor del presente y la voluntaria negación del futuro yermo, siempre desde la evocación del pasado robado. Ese ayer vivo hasta la cotidiana despedida que la mano del asesino convirtió en la última. Un adiós pronunciado con la cadencia de la rutina familiar, un hasta luego susurrado entre los pucheros de la cocina, perezosamente dicho sin levantar la cabeza del periódico, sin desviar la vista de la tele, mientras los pasos del hijo se encaminaban hacia la puerta como cada día, como todos los días…hasta ese día. El último.

La puerta se cerró y Gabriel no volvió. Nunca. Le esperaron. Le buscaron. La esperanza es más cobarde que el miedo, ese gigante que crece en la ignorancia de lo que sabemos, de lo que barruntamos y apartamos de la lógica y la razón mientras nos reprochamos no haber levantado la cabeza del periódico, no haber apartado la vista de la tele o no haber salido hasta el umbral de la cocina para decirle adiós por última vez, mirando sus últimos ojos y midiendo sus últimos pasos. Es en esa encrucijada sin salida, en esa ucronía sin gravedad, sin dimensión y sin materia, en la que el padre huérfano de hijo morirá todos los días de la llaga en la que el asesino ha convertido su vida.

Hay quien pide piedad, comprensión y tolerancia para Ana Julia Quezada, la asesina de Gabriel. Yo, no. La mentira de sus lágrimas ante el tribunal que la ha juzgado es tan repugnante como la tragedia que ha escrito, consumado y ejecutado. Son las mismas lágrimas que derramaba mientras participaba en la búsqueda de su víctima cubriendo de besos la boca del padre del niño y acariciando su rostro con las mismas manos que lo asesinaron. Heráclito decía que “el hombre es una bestia obtusa y cruel a la que no merece la pena enseñarle nada”. Esa es Ana Julia Quezada, una bestia obtusa y cruel que no merece la limosna de una lágrima.