El poder es un concepto que forma parte de varios otros conceptos, en diversas formas, posiciones y niveles. Puede ser parte central de ellos o sólo tangenciarlos. En el caso de la autoridad, el poder mantiene una cierta relación de vasallaje respecto a ella. Desde una perspectiva causal, el poder viene a ser una especie de producto más que un factor inicial. Es así que la autoridad no implicaría a un poder per se, sino más bien a algo que configura y nutre a dicho poder. El concepto de autoridad, en última instancia, refiere a un poder cuya legitimación hunde sus raíces en un saber, que se condice con la noción de “autor”. Lo que nos lleva, necesariamente, a diversas manifestaciones de un creer.

 

Se habla de la generalizada escasez de respeto que existe en nuestros conjuntos sociales. Asunto referido a cómo se generan y posicionan las figuras de autoridad. Las primeras de las cuales están representadas por los padres o tutores, en la medida que es con ellos que iniciamos nuestros vínculos sociales. Sin embargo, no se trata de que los niños decidan respetar a sus "cuidadores" adultos, sino que, son estos últimos los encargados de estructurarse a sí mismos como figuras de autoridad válidas. Esto puede aplicarse a distintas escalas a nivel social, dejando en evidencia una marcada escasez de figuras de autoridad que faciliten un camino de respeto y obediencia.

 

Estructurar la autoridad en el poder per se sin mediación de un saber superior, necesita diversos niveles de sumisión “ciega” lo que, en algún momento, puede incitar a un desagradable desapego (distanciamiento) o directamente a una “rebelión”. Si volvemos al caso de la infancia, respetar y obedecer a los padres o madres sólo por el hecho de aquella paternidad o maternidad (poder per se o “genético”), puede implicar diversos desajustes o quiebres relacionales. Para una armoniosa convivencia familiar, se hace necesario que los “cuidadores” adultos se transformen en figuras que representen niveles más elevados de madurez, serenidad, fortaleza y un variado etcétera. Es decir, que representen ese saber superior que permita a los niños creer en sus “cuidadores” y eso les lleve a tomar la decisión de respetarlos y obedecerlos.

No se puede dejar de lado nuestra emocionalidad más profunda en las relaciones en donde se presenta la autoridad. Siguiendo el ejemplo anterior, el amor que vincula a una familia es parte de ese saber superior generador de autoridad. Ahora bien, en este caso el poder implicado, por momentos, pareciera transitar en ambas direcciones. Los hijos al amar a sus padres deciden respetarlos y obedecerlos, siendo dicho amor parte de las causales para ello, permitiendo que los padres ejerzan la autoridad (el poder). Por otra parte, los padres al amar a sus hijos suelen manifestar diversos grados de “sometimiento” a ellos. Por tanto, podríamos considerar al amor como una herramienta que produce una relativa horizontalización de la autoridad, al crear este vaivén (el poder transitando según las circunstancias).

 

El respeto y la obediencia deben ser entendidos como opciones de tránsito existencial voluntarias que aseguren un equilibrio social. Por tanto, la autoridad debe configurarse como un elemento que, a partir de un saber, entregue una visión más amplia y clara de las circunstancias de la vida. Visión que, por sí misma, inspire a otros, lo que, de alguna manera, semejaría a la fe, en el sentido que implicaría creer y seguir lineamientos trazados por alguien más. Estas figuras de autoridad así creadas se alejarían de cualquier atisbo de tiranía al convertirse en modelos inspiradores más que en instancias de sumisión. Lo que, simultáneamente, facilitaría equilibrios sociales fundados en nuestra autónomo-dependencia.