Parece que la presión de Torra está provocando cierta alarma entre la población española que, hasta hace unas fechas, parecía escéptica para desconfiar del prusés, ahora que Mariano Rajoy vive en el anonimato de un registrador de la propiedad normal y corriente, mezclado entre la élite de la zona cero financiera. Parece que entre algunos de los titulares del Gabinete de Sánchez -puede ser una estrategia- la apuesta de Torra (nada nuevo que no se sepa, nada nuevo que no se espere), ha provocado cierta desconfianza y parece que ya se pronostica la debacle electoral del presuntuoso doctor del plagio, cuyas carencias asoman asociadas a su físico, cada vez que la actualidad le lleva a protagonizar algún evento. Si no fuera por lo que implica, sería de chiste, no le doy más realce. Decía Wenceslao Fernández Flórez que el chiste está en el subsuelo de la literatura; lo consideraba una chufla, un juego más o menos afortunado de palabras que pueden llegar a provocar una sonrisa, por eso no se debe confundir con el humor que, en cambio, es una cosa muy seria, ni con la gracia, que abrillanta las ideas, las adhiere a la memoria, decía el escritor gallego.

 

Digo que lo de Sánchez (bla, bla, bla), y su séquito de ministros, todos o casi con asuntos pendientes de aclarar, parece de chiste, que es un producto nacional que ocupa tiempo e ingenio, como los buenos negocios, entre la peña y no deja de ser un mecanismo para camuflar la tragedia. No somos un país serio, y me duele decirlo. No nos pueden tomar en serio, aunque Ana Pastor se empeñe en considerarnos adultos para hacer política. Quien nos representa ha llegado sorteando legalidades y entregado a la farsa. Ni en Europa, ni en el mundo, España representa hoy un papel capaz de ser tenida en cuenta en foro que se precie.

 

Ese héroe de epopeya, ese genio del desafío, ese aventajado alumno de la independencia, de la intransigencia y del ridículo que hoy encarna el liderazgo del prusés, y a quien Margarita Robles, ministra de Defensa, no se si ataviada con casco y chaleco antibalas (por cierto, no me puedo sustraer al comentario, con cierto desaliño en su figura hasta parecer cómico, cual adefesio), ha considerado que “no está legitimado para seguir en ninguna función pública”. Pero la realidad es que Torres navega a favor de la corriente cuando el único obstáculo para lograr su objetivo fue la tímida, y por ello cobarde, aplicación del 155, en la época de Mariano Rajoy, y ahora la necesidad del doctor para aprobar los presupuestos que Europa no le aprueba. Si alguien cree que en un golpe de timón Sánchez estuviera preparando de nuevo la aplicación del famoso artículo constitucional, con las consecuencias que puedan derivarse, que se olvide. No lo hará, no puede.

 

Pero llega la Navidad, que siempre es tiempo de alegría, de comilonas, de celebraciones. Por un día, al menos por un día, too el mundo e güeno, y el paréntesis de fechas pospone cualquier medida para el nuevo año. ¿Quien sabe?, hasta es probable que Torra cambie de estrategia y, en lugar de irse -si me queréis, irse, que dijo la Faraona- decida venirse a España, sumarse y reclamar más protagonismo a todos los españoles, y que en esa ambición, peligren los puestos como el de Margarita Robles, y su jefe, el doctor del plagio.