Al cumplirse el primer aniversario del referéndum catalán, conviene recordar a todos aquellos españoles que, a mediados del pasado siglo y procedentes de todas partes de nuestra geografía, decidieron ir a Cataluña buscando una vida mejor para ellos y sus familias. No olvido vuestras cabezas, asomando por las ventanillas, a medida que el tren aminoraba su marcha, para detenerse en algún andén de la estación de Sants; ojos de mirada interrogante, preguntando al futuro qué os aguardaba. Yo entonces era muy pequeña, estaba aprendiendo a leer y a la vez iba guardando imágenes y conversaciones que narraría muchos años después. Veníais con ilusión de prosperar, ganas de trabajar y doy fe que lo hicisteis.

Era una Cataluña económicamente pujante, Barcelona parecía sacudida por una fiebre de oro; por todas partes se hablaba de los muchos proyectos para construir edificios en la Diagonal, en Sitges, Castelldefels, Calella, etc . En esas décadas de 1950 y 1960, los catalanes os llamábamos castellans, nos daba lo mismo la región de origen (atendiendo solamente a que vuestro idioma no era el catalán) y prueba evidente de que en ningún momento dejamos de hablar la lengua vernácula dentro de las familias, en las calles, en las tiendas, en los juegos, etc,.Trepabais como ardillas por andamios de tablones de madera, sin casco, sin arnés, sin redes protectoras y no era raro que antes de iniciar el contrato os hiciesen renunciar a la seguridad social y a las pagas extraordinarias.

Eso suponía una inmoralidad, se trataba de derechos laborales irrenunciables, sin lugar a dudas, pero vosotros teníais una necesidad imperiosa de ganar dinero para pagar el alojamiento en una pensión, para enviarlo a vuestras familias y algunos de los contratistas bien los sabían. Esa lacónica y gélida frase: “esto se hace así....”, tiene traducción en todos los idiomas y casi siempre implica irregularidades. Para vosotros no hubo ayudas de inserción, ni de alquiler, ni de ningún otro tipo, y me consta que fueron miles de horas trabajadas, sudadas, vaciando la tartera a la estrecha sombra de tapias apenas levantadas; no las llamabais “comidas de trabajo”, (no teníais ninguna posibilidad de traficar con influencias) se trataba sencillamente de comer a pié de obra, pasando de uno a otro el botijo común entre bromas y chanzas, para proseguir el “tajo” tarareando “La Campanera” o bien silbando canciones de Antonio Molina. Si Barcelona consiguió albergar años después los juegos Olímpicos, y siguió mejorando más tarde, en buena parte se debió a vuestro esfuerzo.

Con mucho sacrificio pudisteis ir comprando modestas viviendas en zonas y pueblos del cinturón industrial, deseabais que vuestros hijos viviesen mejor y en general lo conseguisteis. Gran parte de los trabajadores de aquellas lejanas décadas ya no estáis aquí entre los vivos, pero muchos de vuestros hijos y nietos son los que ahora no se resignan a ser ciudadanos de segunda clase en una parte del territorio español y ha dejado de importarles que les llamen xarnegos o fascistas.

Palabras, tantas veces repetidas con ánimo despreciativo, que hasta han perdido el poder de denigrar y ya no producen el efecto deseado. Ahora todos los que pensamos que catalanidad y españolidad son cualidades convergentes, y para nada excluyentes, navegamos en el mismo barco, con independencia de que tengamos ocho, cuatro, o ningún apellido catalán y cada día nos preguntamos : ¿Cómo hemos llegado a esto?