El 15 de diciembre de 1976 se celebró en España el referéndum sobre el proyecto de Ley para la Reforma Política. Los prolegómenos de aquella votación —la primera llevada a cabo tras los 36 años de gobierno del General Franco— estuvieron aderezados por una canción del grupo murciano Vino Tinto: Habla, pueblo, habla”. El pueblo habló y, como dijo lo que querían oír quienes ya se postulaban como futuros políticos profesionales, los resultados fueron izados a los altares de esa nueva religión pagana en que se convirtió la democracia.

El pasado domingo los andaluces estaban convocados para elegir a su undécimo Parlamento desde que en 1982 se estrenaron las elecciones autonómicas. En esos 36 años transcurridos desde entonces, el único morador del Palacio de San Telmo ha sido el PSOE, y nada hacía presagiar que esta vez las cosas fueran a cambiar. Pero hete aquí que en esta antesala de lo que acontecerá dentro de seis meses en el resto de España, esos andaluces llamados a votar han expresado su hastío hacia los casi cuarenta años de corrupción sociata, a la par que han lanzado un mensaje a esos otros partidos que sueltan de boquilla lo que luego omiten de facto.

Con una campaña electoral pagada íntegramente con el bolsillo de sus afiliados y simpatizantes, y atacado ferozmente por toda la progresía mediática —valga la triple redundancia: medios, progres y todos—, VOX ha conseguido unos resultados que ni el más optimista de sus dirigentes hubiera podido presagiar cuando hace un mes decidió dar el paso y presentarse a los comicios: nada más y nada menos que 400.000 votos y su equivalente de 12 escaños para la buchaca. Su éxito se ha sustentado en un discurso con unos pilares tan extremistas como el posicionarse a favor de la vida frente a quienes proclaman el aborto como un derecho, que por supuesto hay que sufragar con el dinero de nuestros impuestos; tan inconstitucionales como el estar a favor de la presunción de inocencia y la no discriminación por razón de sexo, en contra de lo que establece la sectaria legislación de género vigente; tan retrógrados como el defender la unidad de España, tan atacada desde un Gobierno central que debe su existencia al apoyo de podemitas, golpistas y proetarras; y tan insolidarios como la protección de nuestras fronteras del peligro de la inmigración ilegal, al modo de lo que esos socialistas y comunistas que tanto critican dicha medida hacen con sus viviendas particulares convertidas en búnkeres inexpugnables.

Inmediatamente, las reacciones de la izquierda no se hicieron esperar. Con la cara desencajada por el derechazo recibido, al filo de la medianoche Susana Díaz comparecía ante la prensa congregada. En lugar de comunicar, como era de esperar, su dimisión por lo que representa su segundo fracaso consecutivo tras perder las primarias en 2017 ante el insigne doctor Sánchez, la hasta ahora Presidenta de la Junta abrió su boca para criticar a VOX —“ese partido ultraderechista, homófobo, xenófobo, racista y que justifica la violencia contra las mujeres”— con el fin último de impedir que sus doce diputados electos puedan otorgar su confianza al candidato que les dé la real gana. ¡Faltaría más: la formación de un gobierno en manos de la derechona!

Casi a la misma hora, Pablo Iglesias —el otro gran derrotado de la jornada— lanzaba al aire uno de los discursos más miserables y rastreros que se recuerdan en España desde aquel pronunciado en noviembre de 1933 por Largo Caballero, quien una semana antes de las elecciones generales en las que triunfaría la CEDA dejaba sentado que los socialistas admitirían la democracia mientras les conviniera, pero que no dudarían en conquistar el poder yendo incluso a la guerra civil cuando la legalidad no les sirviera a sus intereses. El líder de Podemos, sin el menor atisbo de autocrítica tampoco, hizo un llamamiento para que los antifascistas —entre los que englobó a las feministas radicales, al lobby LGTB, a las plataformas de desahuciados, a los animalistas y a un montón más de paniaguados— se pongan en “alerta” y se movilicen para frenar a esa fuerza “de extrema derecha, postfranquista sin complejos, neoliberal y machista” que es VOX. Habrá que ver de dónde saca tiempo para ello tamaña colección de estajanovistas, so pena de que tengan que dejar abandonados sus múltiples quehaceres cotidianos.

Al margen del odio visceral que destilan ambas soflamas, la gravedad del asunto radica en que tanto Susana Díaz como Pablo Iglesias —al igual que Largo Caballero en 1933— ya han realizado su interpretación de lo que entiende la izquierda que es la democracia: aceptar la voluntad del pueblo cuando les aúpan en las urnas, y demonizarla cuando les mandan a hacer puñetas. Sus discursos incendiarios harán que la chusma se lance a la calle, que se manifieste ilegal y violentamente ante cada acto organizado por VOX y, en definitiva, que se cree un clima revolucionario del que sólo esperamos que sea repelido con enérgica contundencia por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Pero no pasa nada: cuando llegue mayo, esa misma izquierda ruin e irresponsable entonará con recobrado ímpetu democrático aquello de Habla, pueblo, habla”.