El recuerdo anual de Miguel Ángel Blanco tiene la virtud de acercarnos un poco a la verdad, en medio de este mátrix progre en el que vivimos, donde la mentira todo lo confunde y ahoga. Aquel joven asesinado en Ermua hace 22 años era como cualquiera de nosotros, "como cualquiera de nuestros hijos", en palabras pronunciadas por la madre de Miguel Ángel mientras recibía el pésame de sus vecinos. Al concejal del PP vasco lo mataron por hablar alto y claro; no fue una elección al azar. Los asesinos querían silenciar con su crimen una voz valiente y sin complejos.
 
Pero el llamado "espíritu de Ermua" se disolvió como un azucarillo, desapareció como desaparece todo lo que no es de verdad, como se terminan los amores de verano o las promesas de boquilla. De aquella gallardía del pueblo de Ermua, de aquel plantarle cara a los asesinos en su propia casa, de aquel compromiso colectivo de no dar ni un segundo de respiro a los pistoleros, hace mucho tiempo que ya no queda nada. Como no queda ni rastro de la verdad en la vida pública, y en fin, para qué engañarnos, como empieza a no quedar ni rastro de lo que siempre hemos entendido por España.
 
Hace un par de días que la Comisión de Derechos Humanos de Guipúzcoa está en manos de un "etarra de cuello de blanco", es decir, de un político de Bildu. Esto es como poner a un zorro a cuidar de unas gallinas. Es como si, en los juicios de Nüremberg, un oficial de las SS hubiese formado parte del tribunal tras la Segunda Guerra Mundial. Pero si el simple enunciado de esta noticia ya produce estupor y repugnancia, lo más tremendo del asunto es que este bildutarra recibió el voto a favor de un político del PP, el partido al que pertenecía Miguel Ángel Blanco. Este pepero favorable a que un amigo de ETA presida una comisión de derechos humanos se llama Juan Carlos Cano.
 
Ha salido luego su partido, como siempre pasa en estos casos, a aclarar que se trató de una confusión. Que, al parecer, le habían cambiado el nombre a la comisión y eso provocó el "error" de su juntero. Vamos, que no es lo que parece. Pero lo cierto es que el tal Cano ya había dicho antes de las elecciones del pasado 26 de mayo que él no tenía ningún problema en votar con Bildu, que no se le caían los anillos por compartir propuestas con el partido que apoya a los asesinos de su compañero Miguel Ángel Blanco. No me digan que no es para vomitar.
 
Como siempre les digo, y repito aún con riesgo de resultar pesado, España es hoy una alcantarilla de aguas fecales porque se ha perdido la vergüenza, y se ha perdido la vergüenza porque se ha perdido la Fe. Lo uno va inevitablemente unido a lo otro. Alguien que pretende hacer compatible la defensa, a la vez, de las víctimas y de los verdugos, o es un hipócrita indeseable, o directamente hay que incluirlo también a él entre los amigos de los verdugos. La equidistancia, cuando hablamos de víctimas del terrorismo, cuando hablamos de cualquier persona a quien se ha arrebatado la vida vilmente, no sólo es inaceptable sino que perfectamente podemos calificarla como un crimen moral.
 
Pero el Partido Popular, como por supuesto el PSOE, como todos los partidos del sistema que proceden de ideologías aberrantes (lo mismo el marxismo que el liberalismo furibundo), se han hecho especialistas en esa equidistancia democrática. Esa repugnante equidistancia que les permite nadar sin mojarse, recolectar votos sin tener pérdida alguna de legitimidad a ojos de sus electores. Condenando a ETA y, a la vez, votando a favor de que un "etarra de cuello blanco" presida la comisión de derechos humanos de Guipúzcoa, todavía con el recuerdo en nuestras almas, en nuestros corazones, de aquel chaval inocente y noble, de palabras recias y sinceras, aquel chico que hablaba de España en Vascongadas, y que se llamaba Miguel Ángel Blanco. Sus herederos políticos no serán, evidentemente, los que protagonicen la reconstrucción moral de España.