Un rico mercader de Bolonia llamado Egano hubo de partir una noche de su casa a toda prisa, después de que Amichino —su diligente y fiel criado— le proporcionara una valiosa información sobre un negocio cuya rapidez en perfeccionarlo le haría obtener en cuestión de horas un beneficio que doblaría la inversión realizada. Ni corto ni perezoso, y aprovechando la ausencia marital, Amichino declaró su amor a Beatriz, la bella y joven esposa de su amo. El cortejo surtió sus frutos; pero, justo antes de consumarse el cornugicidio, resulta que Egano regresó inesperadamente al hogar, pues el fuego había quemado el bosque que debía atravesar con su caballo, haciendo inviable su ruta. A punto de ser sorprendida en su propia alcoba, Beatriz tiró de ingenio para salir airosa de la situación y, en lugar de disimular su inminente adulterio, optó por confesar a su cónyuge los propósitos deshonestos de Amichino, a quien arrebatadamente había escondido en un arcón de la propia habitación. A pesar de que Beatriz convence aviesamente a Egano de que su honor permanecía intacto al haber conseguido postergar los lujuriosos deseos de Amichino hasta la medianoche, los únicos pensamientos del marido en esos momentos de ira pasaban por dar muerte a aquel pérfido que hasta entonces tenía por leal fámulo. Mas, astuta como nadie, Beatriz logró sosegar ese inicial ímpetu viril, sacando a relucir un último ardid: en aras de asegurarse de que no fuera a acabar con la vida de un inocente y de que pudiera comprobar de primera mano cuán de cierto era lo que acababa de relatarle, propuso a Egano que se hiciera pasar por ella y, vestido con sus ropas femeninas, acudiera a la cita que había concertado con Amichino en el jardín. Alabando el sutil cavilar de su mujer, Egano abandonó el dormitorio para propinar el merecido escarmiento a su sirviente a través de la treta urdida; y así, despejado nuevamente el tálamo, Beatriz y Amichino gozaron de la intimidad necesaria para dar rienda suelta a lo que minutos antes había sido objeto de interrupción. Terminado el furtivo yacimiento, cuando finalmente se produjo el encuentro en el parterre entre los supuestos amantes, ocurrió que Amichino molió a garrotazos a quien sabía que era Egano pero simuló identificar con Beatriz, mientras la acusaba de pecadora impía dispuesta a traicionar al hombre al que él debía honra y fortuna. Y de esa guisa concluyó el entuerto: con un marido aporreado, aunque contentísimo por verificar que contaba con la más virtuosa de las esposas y el más incondicional de los criados. Tal es el resumen del cuento narrado por Boccaccio en la historia LXXVII del Decamerón, titulado de forma harto descriptiva Farsa del cornudo apaleado.

 

La jauría mediática se ha lanzado al unísono contra VOX desde el mismo instante en que el pasado martes sus cuatro diputados autonómicos votaran en contra de la investidura del popular López Miras como presidente de la Región de Murcia. Después de que el jueves tampoco hubiera fumata blanca, pocas dudas cabían acerca de que los ataques y presiones hacia el partido ultraderechista, homófobo y racista —Susana Díaz dixit— fueran a arreciar. Al efecto, resulta curioso el veredicto unánime emitido por el oráculo periodístico: a la hora de hacer tangible su negativa, VOX no vaciló en encamarse con PSOE y Podemos. Tras lo cual, era fácil colegir la pregunta que a continuación iba a soltar al aire toda la horda de tertulianos, pseudocronistas y dizqueanalistas: ¿para eso ha votado la gente a VOX?

 

Tamaña interrogación retórica no deja de ser sino una incitación a que VOX adopte como táctica propia el dontancredismo; porque, a partir de ahora, antes de poner un pie en las calles de Murcia, Madrid o Sebastopol, los de Abascal tendrán que indagar previamente por qué camino habrá tirado el rojerío. Dicho de otra forma: VOX nunca podrá oponerse a una propuesta del PP y/o Ciudadanos si frente a ella también mostraran su disconformidad socialistas y podemitas. Así que, para evitar ese seguidismo al capullo rojo o al círculo morado, deberá poner en práctica un perpetuo sí, bwana a la gaviota azul y a la veleta naranja. Sólo ése será el modo correcto de actuación de VOX, so pena de quedar expuesto a la retahíla de dicterios, diatribas e invectivas diarias escupidas por esa legión de juntaletras y chupatintas que tienen remedio para todo menos para ordenar sus vidas, sus obras y hasta sus haciendas.

 

Es cierto que lo anterior pudiera parecer una pueril elucubración, un ponerse la venda antes de sufrir la herida o, simplemente, una exageración; pero nada más lejos de la realidad. Como se ha podido constatar estos días a raíz de lo ocurrido a orillas del Mar Menor, a VOX le han llovido palos desde todos los costados, y a las habituales acometidas recibidas por el flanco izquierdo hay que sumarle ahora los estragos de una doble ofensiva por el ala diestra: un inesperado fuego amigo disparado por quien en su juventud abrazara la fe atea del comunismo, que le dejó inoculado un perenne estado de enfado histriónico; y una no tan imprevisible munición de bilis vomitada por esotro adalid del extremocentrismo progreafrancesado que en su madurez sucumbiera ante los encantos de la sodomía de ébano.

 

Pero volvamos a la pregunta de marras: ¿para eso ha votado la gente a VOX? Lo primero que llama la atención es que quienes más se rasgan las vestiduras preocupándose por el votante de VOX sean los que ni lo han votado ni se les espera que lo hagan. De ahí que habrá que responderles tajantemente y con la rotundidad de la que se han hecho acreedores por su arrogancia: sí, exactamente para eso.

 

Lean, pandilla de lacayos y esbirros: que VOX haya tenido un éxito tan fulminante se debe en buena medida a que existía una masa social que llevaba años desamparada y sintiéndose huérfana por la inacción política de un PP que, mientras lo fiaba todo a la economía, asumía sin rechistar los dogmas de una izquierda cada vez más radical. Por cierto, a los que continúan dando la matraca con los números, decirles que ningún partido llevaba en su programa una rebaja fiscal mayor que la propuesta por VOX; lo que demuestra que el hecho de velar por la caja fuerte de las empresas y el bolsillo de los particulares no es óbice para poner el dedo en otras llagas.

 

Miren, caterva de sicarios y paniaguados: el votante de VOX busca en esta formación que libre batalla en esas muchas cosas a las que, por miedo o por cobardía, la derecha española había renunciado desde tiempo inmemorial. La cuestión es clara: para seguir ayuno de principios y valores, ese votante ya contaba con un original, que siempre va a resultar más eficaz que la mejor de las copias; máxime, teniendo en cuenta que a ese original le salió hace años un burdo remedo a modo de mosca cojonera.

 

Y escuchen, manada de secuaces y mamporreros: a VOX le han querido hacer una pinza, sirviéndole encima de la mesa un plato de lentejas y cerrándole la puerta del restaurante hasta que se lo jamara enteretito, a la par que le vedaban comer a la carta pese a que su chequera se lo permitía; y, en el colmo de la desfachatez, cuando cansado de la impertinencia del cocinero y el camarero se levantó de la silla y tomó las de Villadiego, los dueños del tinglado le acusaron de haberse marchado a la competencia. Pero que nadie se lleve a engaño: VOX hizo lo correcto, porque aquel cubierto encerraba la vieja trampa de esos menús del día baratísimos que no incluyen la bebida, el café ni los impuestos.

 

En definitiva, hasta la fecha, a VOX se le ha puesto entre la espada y la pared de tener que elegir si viene lo malo o aterriza lo peor, sin que ninguna de las soluciones a su alcance le beneficiara lo más mínimo: si hubiera otorgado su apoyo a PP y Ciudadanos a cambio de nada, el ninguneo al que se vería sometido a posteriori sería de órdago, y el desencanto de sus votantes, de aúpa; al denegárselo, sobre él ha caído la estigmatización pública de haber propiciado un gobierno socialista. Lo primero era inasumible políticamente, pues para ese viaje no hacían falta las alforjas de VOX; y lo segundo es falso, porque la única posibilidad de que el PSOE ascienda al poder en la comunidad murciana o en la madrileña no pasa por el aval de VOX, sino por el de Ciudadanos: ejemplo de ello lo tenemos con lo sucedido en capitales de provincias como Albacete, Ciudad Real, Guadalajara, Jaén o Tenerife, cuyos habitantes deben de estar agradecidísimos a Macron y Valls por haberles donado unos alcaldes sociatas.

 

Frente a esa encerrona, hay que recordar algo bien sencillo: VOX no nació para impedir que gobierne la izquierda. La razón de su existir es más transcendente: que en España no se hagan políticas de izquierdas. Si PP y Ciudadanos se suman a ese afán, ningún problema habrá para que muy pronto puedan formarse gobiernos en Murcia y Madrid. Por el contrario, si populares y naranjas persisten en darle una vuelta de tuerca más a la legislación de género, si se obstinan en avanzar por la vía de la memoria histórica, si se empecinan en no combatir la inmigración descontrolada o si perseveran en el compadreo con el chekismo ele-ge-te-be-í y feminoide, entonces tendrán que acudir a otra biblioteca y pertrecharse de otro libro. Porque por mucho que Casado y Rivera se empeñen en representar los papeles de Amichino y Beatriz, deben saber que ni Abascal ni sus votantes harán nunca las veces de ese Egano cornudo y apaleado que dejó para la posteridad Boccaccio en su colosal Decamerón.