La conspicua y señera y venerable Villa y Corte, antaño nirvana de tantos desterrados de tribus paranoicas, vascongada para quien estas rayas borronea. Fortuna carcome el calcañar y transforma una pulquérrima ciudad en auténtico fango reptil. Más allá de dimes y diretes, trifulcas carmenoides y garridescas, culpándose mutuamente, Madrid resulta cada día más asfixiante. Extrema suciedad, todo tipo de mierda rebosando los contenedores, irredenta mugre. Pisos turísticos sin control. Madrid, paraíso de las mafias, chinas y del Este, principalmente. O de cualquier lugar del orbe. Además de edén de las bandas latinas y otros lares. Y las autóctonas, desde luego. Chaveas con dagas y machetes y rejones cachicuernos acuchillando a otros mozalbetes, disparándose a bocajarro. Madrid, pasen y vean. El crack más barato, solo 10 euritos en cualquier esquina de la calle Almansa. Las mafias, con mayor o menor consentimiento de la bofia, realquilando bloques enteros de pisos okupados en Jerónima Llorente. Los trinitarios, controlando parques, explanadas y canchas. Reyertas, algunas mortíferas, sucediéndose en Topete. Las armas proliferan. De fuego, preferentemente.

 

Barrios de vómito

Lavapiés, intenso pulular de ratones y chinches y rumbosas cucarachas, paraíso del turrón y el jaco. Resurgimiento montaraz de la heroína, ese diablo vestido de ángel, cucharas impregnadas de caballo trotón, picotazos a la vista del personal, en el glande si hace falta, sus correspondientes jeringas por las calles. Narcopisos por doquier. El casticismo que señoreó el barrio, absolutamente empañado. Una absurda y estéril africanización de la zona, con toda su caterva de lateros, manteros y lo que se tercie. Usera, porqueriza insuperable, fastuoso estercolero, podrido desagüe, cada día peor. Malasaña con su turbamulta de botellones, ruido infame, agónico rumor. Con su mítica narcocasa de la calle Tesoro. Número 28. Tetuán. Tetuán de las victorias, hoy descalabrada. La zona de Bellas Vistas, un subidón. After hours ilegales, trapis sistemáticos, asesinatos puntuales, despiporre imponderable. Aluche, degradándose cada día que discurre, además su correspondiente porción de narcotas y confites policiales. Villaverde y Manoteras compitiendo en saber cuál es piara más rotunda. Papeleras saturadas, ramas acopiadas en las aceras, suciedad inadmisible. Colchones ahítos de desconchones, pringados de semen y otras dudosas sustancias, tirados de mala manera en cualquier recoveco. Hortaleza, con sus quinquis del disolvente. Tras el colocón de tres pavos, sus abundosos atropellos naufragan en la más obscena impunidad. Hurtos con intimidación, quema de contenedores, intimidación gratuita. Pertrechados con sus botes de disolvente y bolsas de plástico para inhalarlo, unos veinte menores constituyen la banda de Los niños del disolvente. El grueso del grupo, de origen marroquí, vegeta en las residencias de Primera Acogida de Hortaleza e Isabel Clara Eugenia. Consecuencias, entre otras, de la psicopática y premeditada política de inmigración del narcorrégimen pedófilo del 78, que permite que estas personas entren en España y después, no solo se niega a desterrarlos sin devociones, sino que les embute en Centros de Menores o Centros de Internamientos de Extranjeros, todos a mesa y mantel del expoliado paganini español. Puente de Vallecas, el alucine. Sobre zuecos de pútrido plectro, se calza bosta, y le da un galope. Solo Góngora lo expresaría mejor. Puente de Vallecas, he visto el horror, horrores que tú no has visto. Monte Igueldo y contiguas, de vómito. Birras y kebabs acodados en los alféizares de todo portal. Además de calles pésimamente iluminadas. Puente de Vallecas, el paradigma de las comebolsas, gramito de farlopa a cambio de mamada por diez pavetes.

 

Suma y sigue

Y Metro Madrid. Y Cercanías Renfe. Y las carracas de la emeté, vergonzantes diligencias fordianas. Muchedumbres cada vez más insufribles. La calle Preciados, con semáforos para peatones. La repanocha. Ahora, desde el pasado viernes 30 de noviembre, la ideíca de la senil alcaldesa, el dislate de Madrid Central. La libertad de movimientos, molida. Madrid, quién te ha visto y quién te ve. Jamás, quien esto garrapatea, pudo resistirse a la tentación de arrojarse a las matritenses callejas en busca de una cátedra y enseñanza más amplias que las universitarias, tan contagiadas. Los paraninfos de la vida urbana, el estudio y reconocimiento visual de las callejuelas, pasajes, costanillas, quebradas, plazuelas y retiros de esta megalópolis, conteniendo toda ella nutrida materia filosófica, jurídica, económica y política y, sobre todo, literaria. ¡Oh Madrid de Galdós!¡Oh confusión y regocijo de las Españas! ¡Oh, prostíbulo y manicomio de todas las Españas, antiguo rompeolas! A la luz penumbrosa, valga el aparente oxímoron, saco estos versos flojos sobre mi todavía venerada ciudad. Solo pido que al prestádselos no lastiméis mi ojo ciego. Eviten añadir desdoro al deshonor. En fin.