Cuentan las crónicas que en el año 390 a. C. un galo llamado Breno derrotó a la todopoderosa Roma en la batalla de Alia. El mazazo infligido tuvo que ser gordo, pues las huestes romanas tuvieron que replegarse y buscar refugio en el Capitolio, donde todavía resistirían siete meses hasta su rendición definitiva.

A cambio de abandonar la Ciudad Eterna, los galos exigieron a Roma que les pagaran mil libras de oro. Aunque a regañadientes, finalmente los romanos aceptaron el trato y acudieron a la cita pactada con la cantidad reclamada. Los vencedores les aguardaban para pesar su botín y, a tal efecto, se sacaron de la chistera una balanza que desde diez leguas se notaba que estaba trucada. El resultado de su artimaña no se hizo esperar: el metal traído no se correspondía con el estipulado.

Los romanos, que nunca se caracterizaron por la estulticia, se dieron cuenta al instante del engaño y protestaron airadamente. Ante tamaña osadía, Breno depositó su espada en el lado manipulado de la balanza y exclamó una frase que pasaría a la posteridad: “¡Ay de los vencidos!”. Sin otra opción, a los romanos no les quedó otra que asumir la humillación y apoquinar más oro.

Cuentan estos días las informaciones que Pablo Casado ha resultado elegido nuevo presidente del Partido Popular tras obtener el 57 % de apoyo de los compromisarios en la segunda vuelta de las primarias, en la que se enfrentaba a Soraya Sáenz de Santamaría. Cuando en el uso legítimo de su cargo Casado se ha puesto manos a la obra para conformar los órganos de dirección de la formación, Soraya le ha exigido copar el 43 % de representación en el aparato.

Más que la victoria de Pablo Casado, el auténtico significado del cónclave pepero ha sido la enmienda a la totalidad a una política que se ha demostrado nefasta no ya para el partido, sino para todo un segmento de la sociedad que ha quedado ideológicamente a la intemperie. Los dos mandatos de Rajoy han sido una prolongación de los de Zapatero, con la diferencia —enorme diferencia, al césar lo que es del césar— de que la economía española ha salido de la ruina a la que siempre nos abocan los socialistas.

Pero la política no es sólo economía. Un partido que se define como de centro-derecha tiene que dar otras batallas.

Para su electorado, resulta inasumible que en los siete años al frente del Gobierno el Partido Popular no haya subsanado ninguna de las innumerables fechorías perpetradas por ZP, ése que lo primero que hizo al llegar al poder fue retirar nuestras tropas de Irak y cargarse el Plan Hidrológico Nacional.

¿Cómo ha podido pasar de perfil el PP ante la tropelía que supone la Ley de Memoria Histórica, esa bazofia asentada sobre la tergiversación más siniestra de nuestra más reciente Historia? ¿Creen en el PP que los votantes van a agachar la cabeza y asumir con resignación de dóciles corderitos la tiranía de género que se nos viene encima? ¿Siguen pensando en el PP que las banderas que inundaron espontáneamente los balcones de las casas a lo largo y ancho de toda la geografía española representan el plácet popular al diálogo con unos golpistas que han atentado contra la unidad de la patria?

A todo ese compendio de omisiones, cobardías y complejos es a lo que el pasado sábado se le ha dado una bofetada. Y precisamente por ello, quien menos puede venir ahora con exigencias es la muñidora de esa absurda política de la nada… So pena de que se le espete en sus narices: Vae victis!