Entre el 13 de junio y el 11 de julio de 1982, España acogió la duodécima edición de la Copa del Mundo de fútbol. Una efeméride que, treinta y seis años después, llevamos incrustada en el cerebro todos los sufridos aficionados que la padecimos —más que vivimos— en nuestras carnes. Sin embargo, pocos sabrán que la elección de nuestro país como organizador del evento se produjo en el lejano otoño de 1964, de manera que es un dato objetivo e irrefutable afirmar que el susodicho acontecimiento planetario no fue sino una más de las herencias dejadas por el anterior Jefe del Estado. Tal y como resultó la cosa, no faltarán juristas que sostengan que habría que haberla aceptado a beneficio de inventario; otros con peores intenciones la calificarán simplemente como envenenada.

Sí es archiconocido el episodio del sorteo por el cual los diferentes equipos se distribuirían en sus respectivos grupos. Resumiéndolo: de vergüenza ajena. Además de las habituales acusaciones apócrifas de amaños, bolas calientes y demás fabulaciones conspiranoicas, el sistema empleado —unas bolas a modo de balón que se extraían de unos bombos, tal y como se hace cada 22 de diciembre— resultó un desastre de dimensiones colosales: muchas de las bolas se rompieron directamente al girar los bombos, otras era imposible abrirlas y algunas hubo que acabaron rodando por los suelos, ante las risas de los niños del Colegio de San Ildefonso que debían cantar el nombre de los países y la mirada incrédula del entonces príncipe Felipe.

En esas dieciocho primaveras que transcurrieron entre designación y celebración, no sólo sufrieron un espectacular cambio los estadios en que se disputó el torneo —sólo se construyó uno nuevo, para mayor gloria de los neumólogos vallisoletanos: el José Zorrilla—. El mundo entero, y con él inevitablemente España, se empeñaba en transitar por no se sabe bien qué vericuetos. Desde luego, por unos distintos al existente dos décadas atrás.

Pongámonos en situación. Resulta un tópico referirse a 1982 como un año en que aún andábamos sacudiéndonos de lo ocurrido en la tarde del celebérrimo 23-F. Con todo, la realidad es que a mediados de febrero comenzó el Juicio de Campamento contra los implicados en la asonada militar. El 3 de junio —apenas una semana antes de comenzar el Mundial—, los principales procesados fueron condenados a treinta años de prisión. De cuando en cuando no está de más bucear por el pasado si queremos encauzar correctamente el presente.

Mientras, los españoles de a pie llevaban la espera hasta el debut de la selección nacional como buenamente podían. Por ejemplo, sentándose delante de sus televisores. Las dos cadenas existentes por entonces —la primera y la UHF— resultaban más que suficientes para distraer e ilustrar a todo tipo de espectadores; comparar su programación con la telebasura que se emite hoy en día sería para que más de un dirigente actual se lo hiciera mirar muy en serio. Los más pequeños cantaban y reían con el Dabadabadá de Torrebruno; las madres se escandalizaban con las tormentosas tramas de Dallas; los padres parecían disfrutar del mal ajeno cuando los concursantes del Un, dos, tres se iban a casa con la Ruperta como premio; las abuelas experimentaban todas las enfermedades habidas y por haber de la mano de Ramón Sánchez Ocaña y su Más vale prevenir; los abuelos recordaban con Sesión de Tarde las películas de indios y vaqueros que se habían tragado de niños; y, cómo no, las familias al completo lloraron la muerte de Chanquete en Verano azul. Hasta se hizo un guiño al balompié con una serie de dibujos animados titulada Fútbol en acción, que protagonizaba Naranjito junto a sus inseparables Clementina y Citronio. Con el tiempo, la inicialmente incomprendida mascota oficial de nuestro Mundial —mucho más simpática que aquel cretinoide que intentó colarnos la FIFA llamado Sport Billy— se convirtió en un auténtico icono de la época.

Puede que la gente prefiriera acudir al cine en lugar de ver la televisión. Merece la pena subrayar con letras de oro un estreno que se produjo a finales de marzo: Volver a empezar, con la que un año más tarde José Luis Garci lograría el Óscar, primera vez que le ocurría a una película española. En una de sus primeras escenas, con el Canon de Pachelbel sonando de fondo, el protagonista —Antonio Ferrandis— rememoraba su etapa como jugador del Sporting de Gijón en un Molinón en obras para la cita mundialista, e incluso hacía un cameo el finísimo defensa Antonio Maceda, también sportinguista y componente del combinado dirigido por José Emilio Santamaría. Sin duda, una obra que supera en maestría —que no en fama— a otros filmes que aparecieron en pantalla ese mismo 1982, como ET el extraterrestre o Poltergeist.

Entretanto, la Historia continuaba su curso. En el ámbito exterior, España daría el pistoletazo de salida a su Mundial convertida desde el 30 de mayo en el decimosexto miembro de la OTAN. Felipe González, que llevaba año y medio repartiendo bulas en su condición de cardenal in pectore de la vida política patria, proclamó inmediatamente que convocaría un referéndum al respecto en cuanto pusiera un pie en la Moncloa. Eran los tiempos del OTAN de entrada no.

Casi en paralelo, la Transición se hallaba a punto de terminar de servir el café que se había preparado para todos. El 9 de junio, Murcia y La Rioja aprobaron sus respectivos Estatutos de Autonomía, adelantándose por poco a las intenciones de Valencia, Aragón, Navarra, Castilla-La Mancha y Canarias. No seguían sino la estela marcada en 1979 por Cataluña y las Vascongadas, y por Galicia, Andalucía, Asturias y Cantabria en 1981. Completarían el espectacular panorama que se nos venía encima Baleares, Castilla y León, Extremadura y Madrid; aunque para tamaña dicha hubimos de esperar hasta 1983.

Con ese contexto de trasfondo arribó el tan ansiado 13 de junio de 1982. La inauguración se llevó a cabo en el Camp Nou de Barcelona, cuyas flamantes 120.000 localidades lo erigían como el feudo más grande de Europa. Un niño ataviado con la indumentaria de la selección española abrió la tapa de un balón de fútbol. De su interior salió volando una paloma blanca, eterno símbolo de la paz. Una paz que la banda terrorista ETA se afanaba en que fuera una palabra desprovista de significado: a la misma hora que arrancaba el Mundial —las 9 de la noche— asesinaba al agente de la Guardia Civil José Luis Fernández Pernas, que se convertía en la víctima número diecinueve de aquel año.

En lo meramente deportivo, poco merece rescatar del insulso partido inaugural disputado entre Argentina y Bélgica, con victoria para los europeos por 0 a 1. La albiceleste corroboraba así que su rendimiento iba a ser toda una incógnita: a pesar de contar en sus filas con la estrella más rutilante del momento —Diego Armando Maradona—, la situación que atravesaba el país no presagiaba el éxito obtenido cuatro años antes, cuando salió victoriosa en el campeonato que ellos mismos habían organizado. De hecho, el día siguiente a aquel encuentro concluyó la Guerra de las Malvinas, un conflicto contra el Reino Unido que tenía desquiciada a toda la nación desde el 2 de abril. Para muestra, un botón: Osvaldo Ardiles —uno de sus jugadores más importantes, famoso también por su participación en la película Evasión o victoria— abandonó el equipo en el que militaba, el Tottenham Hotspur inglés; pura coherencia de no querer jugar en un país que andaba en contienda con el suyo. No se sabe en qué medida pudo afectar psicológicamente a los argentinos aquella derrota bélica, pero lo cierto es que en lo futbolístico no cumplieron con las expectativas que habían generado.

De España… ¡qué decir sino que su participación se saldó con un rotundo fracaso! Su columna vertebral estaba integrada por jugadores de la Real Sociedad, que contra todo pronóstico se había alzado con las dos últimas Ligas: Arconada, Alonso, Zamora, Satrústegui y López Ufarte. A ellos se les sumaban peloteros experimentados, como los madridistas Camacho, Juanito o Santillana, el valencianista Saura o el azulgrana Quini; y jóvenes promesas, como el mencionado Maceda, el también ché Tendillo o el bético Gordillo. En la primera fase —pese al apoyo del entusiasta público que abarrotaba cada jornada el Luis Casanova de Valencia y animaba al ritmo marcado por Manolo el del bombo— los resultados fueron paupérrimos: empate contra Honduras (1-1), victoria ante Yugoslavia (2-1) y hecatombe frente a Irlanda del Norte (0-1). La segunda posición en la que terminó en su grupo —algo que los cruces no habían previsto— la emparejó en la segunda fase con unos rivales duros de roer, tal como posteriormente se confirmó sobre el césped: perdimos contra Alemania (1-2) y empatamos sin goles frente a Inglaterra en un encuentro en el que no nos jugábamos nada, pues la derrota ante los germanos nos había eliminado automáticamente del Mundial. La despedida se había producido en el lugar ansiado —el Santiago Bernabéu—, pero antes de tiempo: el 5 de julio en lugar del día 11, fecha de la finalísima en el coliseo del paseo de la Castellana. Vacaciones anticipadas y cada uno a su casita.

Italia se alzó finalmente con el campeonato, yendo de menos a más y haciendo lo que mejor sabe hacer; es decir, jugando a ser Italia. El veterano Dino Zoff levantó el trofeo después de vencer a Alemania por 3 a 1. Buena parte del éxito azzurro recayó en Paolo Rossi —pichichi del Mundial con seis dianas—, quien a punto estuvo de no poder ser convocado por el seleccionador Enzo Bearzot, al haber sido inhabilitado en 1980 durante dos años a raíz del llamado Totonero, un escándalo de apuestas que salpicó al calcio.

Para la memoria quedan varias curiosidades. El 13 de junio, los integrantes del equipo argentino pisaban el Camp Nou con unas camisetas cuya numeración nadie entendía: el número 1 no lo lucía el Pato Fillol —como es habitual que lo hagan los cancerberos—, sino el ya referido Ardiles; y todo porque la AFA había decidido que los dorsales se repartieran según el orden alfabético de los apellidos. El 16 de junio —y a partir de ahí, el resto de partidos— Arconada, guardameta donostiarra titular de España, saltaba al campo ataviado con unas radiantes medias blancas, que contrastaban con las calcetas negras coronadas por los colores rojo y gualda que vestían sus otros diez compañeros. El 21 de junio, un jeque kuwaití rodeado de escoltas bajó a la hierba del José Zorrila de Valladolid y, tras protestarle airadamente al colegiado del encuentro, consiguió que éste anulara el cuarto gol que Francia acababa de endosarle a su selección, so pretexto de que los jugadores árabes se habían desentendido de la jugada al escuchar un silbato que nunca sonó. El 29 de junio, Maradona decía virtualmente adiós al Mundial con la cara desencajada, desatinado y la camiseta rota por la batalla en que convirtieron los defensas italianos su marcaje en el partido que enfrentó a argentinos y transalpinos en el estadio de Sarriá. El 8 de julio se produjo una de las entradas más terroríficas de la Historia del fútbol: el portero alemán Schumacher golpeó brutalmente al defensa francés Battiston, provocándole la rotura de varios dientes y la fractura de la mandíbula y de una vértebra cervical; una gravísima lesión por la que el galo estuvo a punto de tener que colgar las botas prematuramente. Y el 11 de julio, el presidente Sandro Pertini se convertía en un tifoso más en el palco del Bernabéu celebrando los goles de Italia en la final del torneo, animoso ímpetu que a duras penas podían sofocar los gestos cómplices del rey Juan Calos I.

Acabada la competición, la normalidad —por decir algo— retomó su camino. Y es que los hechos se sucedían con la certeza que acompaña a lo inevitable. Como queriendo poner en práctica la ley del divorcio aprobada hacía justo doce meses, el partido que había ganado las dos elecciones generales celebradas tras la muerte de Franco —la UCD— se desgajaba a marchas forzadas: el 6 de julio había dimitido su presidente, que a la sazón también lo era del Gobierno de la nación —Leopoldo Calvo Sotelo, aquel cuya investidura se vio interrumpida por Tejero—; y el día 28, Adolfo Suárez —líder histórico de la coalición centrista y dos veces presidente del Ejecutivo— tomaba las de Villadiego y renunciaba a su escaño en el Congreso. Como colofón a tanta desbandada, a finales de agosto se disolvían las Cortes y se convocaban nuevos comicios para el 28 de octubre, a los que el artífice de la Transición —Juan Carlos de Borbón y Torcuato Fernández Miranda mediante— concurriría con unas nuevas siglas: el CDS.

Una semana antes de la fecha prevista para las votaciones, unas torrenciales lluvias caídas en el Levante ocasionaron la rotura de la presa de Tous. La catástrofe dejó un balance de cuarenta víctimas mortales y más de 300.000 personas sin hogar. Demasiada tragedia acumulada para una población aún conmocionada por el reguero de imágenes de los afectados por el síndrome del aceite tóxico, una cruel estafa consistente en vender para consumo humano aceite de colza destinado a uso industrial; su ingesta mermaba las funciones motrices y podía llegar a causar la muerte. No están claras las cifras definitivas de fallecidos, que en cualquier caso se cuentan por centenares.

En las elecciones generales anticipadas celebradas el 28 de octubre, el PSOE obtuvo una mayoría absolutérrima —la mayor de nuestra democracia: 202 diputados, con el 48,11% de los votos— y la UCD de Landelino Lavilla se desplomó hasta casi desaparecer —el 6,77% de apoyo cosechado sólo le reportó 11 diputados—. España comenzaba una singladura a partir de la cual no la iba a conocer ni la madre que la parió, Alfonso Guerra dixit.

Tres días más tarde, el papa Juan Pablo II besaba el asfalto del aeropuerto de Barajas, dando comienzo así a su visita a España, donde haría una gira por Madrid —apoteósico el acto en un abarrotado Santiago Bernabéu—, Ávila, Alba de Tormes, Salamanca, Guadalupe, Toledo, Segovia, Sevilla, Granada, Loyola, Javier, Zaragoza, Montserrat, Barcelona, Valencia, Moncada, Alcira y Santiago de Compostela. El 9 de noviembre, aquel inolvidable vicario de Cristo se despedía de la tierra de María. En las afligidas retinas de los españoles que lloraban su adiós aún podía leerse un mensaje: Totus tuus.

Próximo a acabar el año, una parte del mundo se estremecía al quedar huérfana de guía la Unión Soviética. El 10 de noviembre fallecía Leónidas Brézhnev, que sería sustituido por Yuri Andrópov. El bloque comunista daba sus últimos y siniestros coletazos antes de derrumbarse definitivamente en agosto de 1991. Su parte alícuota de culpa hay que reconocer al triunvirato conformado por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Karol Wojtyla.

Al fin, dos acontecimientos postreros clausuraron 1982: el 15 de diciembre se reabría para los peatones la verja de Gibraltar, cerrada por las autoridades españolas desde 1969; y el 28 de diciembre fue nombrado Joaquín Ruiz-Giménez como primer Defensor del Pueblo, un cargo que se ha demostrado de enorme utilidad para la vida pública. No desconfíen de la fecha, que no se trata de una broma.

Puntualmente, el 31 de diciembre, el reloj de la Puerta del Sol daba laica sepultura al año 82, el año del Mundial de España. Así, a secas.

JUAN IGNACIO CORTÉS GUARDIOLA

Letrado de la Administración General del Estado