A pesar de la deficiente traducción actual, en el Eclesiastés, que fue escrito hace la friolera de 3.000 años, se dice que el número de tontos es infinito. Hay quien añade, y yo estoy de acuerdo, que desde entonces cada vez hay más. Clasificaciones de tontos hay muchas, todas ellas incompletas a pesar del esfuerzo que han dedicado quienes lo han intentado, pues siempre aparecía una categoría nueva que no tenían contemplada ni imaginado que pudiera existir. Pero es que, ya se sabe: Albert Einstein decía que la diferencia entre la inteligencia y la estupidez es que la primera tiene límites.

De toda la vida han existido los tontos genéricos, como el tontorrón, el tontico, el tontaina, el tontucio, el atontado, el tontín, el tontito… Los hay cuya tontuna tiene un grado más. Es esta categoría están el tonto del pijo, el tonto del bote, el tonto del haba, el tonto del culo, el tonto de remate, el tonto sin remedio, el que era tonto antes de que sus padres fueran novios… Y luego hay tontos adaptados al devenir de los tiempos, es decir, tontos que en el siglo XIX eran de una clase pero que hoy en día, al cambiar la sociedad, lo hace su tontuna acondicionándola a la actualidad. La tontuna, como la energía, no se crea ni se destruye, se transforma.

Una de estas clases es el tonto del diálogo, el que piensa que la solución a cualquier problema es dialogar y que nada, absolutamente nada, puede pasar si previamente se ha dialogado. Su máxima preferida es “hablando se entiende la gente”. Y no es que el lema sea intrínsecamente verdad o mentira, es que es evidente que no se puede aplicar a todas las situaciones de conflicto. Pero eso al tonto del diálogo le da igual. Para él, lo importante es dialogar porque así es como piensa que se van a solucionar los problemas.

Para los políticos independentistas que controlan las instituciones públicas, que son otra cosa, pero no son tontos, el tonto del diálogo es la cosa más útil del mundo. Cuando quieren algo, plantean un conflicto a la espera del tonto del diálogo de turno que quiera venir a arreglarlo. Porque siempre vendrá alguno. ¿Qué no viene? Pues entonces crean una plataforma a favor del diálogo, como por ejemplo hicieron en 2017 con “¿Parlem? ¿Hablamos?”. Tendrían que ver cómo estaban las distintas manifestaciones que se celebraron en distintas ciudades de gente con camisetas blancas que acudieron a la llamada.  Pensaban los tontos del diálogo que el blanco es el color de la paz. Pero no. Pobres. No se enteran. Como son tontos. El blanco es el color de la rendición.

Dentro de los políticos, tanto aquí como fuera de nuestras fronteras, siempre ha habido tontos del diálogo. Y, por desgracia, siempre los habrá. Uno de los más famosos fue el Primer Ministro británico Neville Chamberlain que, ante la escalada bélica de la Alemania nazi y sus provocaciones anexionistas de Checoslovaquia, la única respuesta que ofreció fue diálogo y apaciguamiento, que culminaron en la firma del Pacto de Múnich en 1938. Casi todos los parlamentarios apoyaron a Chamberlain y se felicitaron por su actitud tan dialogante. Salvo Winston Churchill, quepronosticó, como si de un oráculo se tratase, qué frutos se podían esperar. Y concluyó: Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tendréis la guerra”. No se equivocó.

Nosotros también tenemos uno en España que desde hace años no ceja en su empeño de proponer el diálogo para solucionar los conflictos que plantean los independentistas. En las vascongadas legalizó una fuerza política que estaba al margen de la ley por los postulados y acciones que propugnaba, impidió que las fuerzas del orden actuaran contra los terroristas y, ¿a cambio de qué? ¿Ustedes lo saben? ¿Qué hemos ganado? Me temo que nada, o casi nada. Con respecto a Cataluña, ya ven dónde estamos. Y encima, ahora propone que se indulte a quienes promovieron un escenario peligroso para la convivencia en nuestro país, porque piensa que es lo mejor para retomar el diálogo.

Y es que, como dice el Eclesiastés, al respecto de los tontos, lo peor no es sólo que haya tontos, que ya de por sí es malo, lo peor es que “lo torcido no se puede enderezar”. Pero eso a los tontos les da igual, porque aun así piensan que hablando se entiende la gente. Y así nos va.