Es muy difícil establecer el ranking de saber quien ha sido el peor presidente de España de los últimos tiempos. Pensábamos que con Jose Luis Rodríguez Zapatero lo habíamos visto todo y nos volvimos a equivocar. En España un mal presidente era sustituido por uno casi peor que el anterior y así sucesivamente. Ahora seguramente pensemos que con el socialista Pedro Sánchez y después de una legislatura corta que apenas alcanzo los 9 meses, nos encontremos en una marca difícilmente superable. Lo mejor es que no dejemos volar nuestra imaginación, pues es muy probable que nos equivoquemos, pero lo cierto es que Sánchez por el momento ha pulverizado todos los registros, sobre todo si tenemos en cuenta la duración de su mandato.

 

Pedro Sánchez se resistió a convocar elecciones a pesar de ser su promesa estrella y su excusa recurrente para solicitar apoyos para la moción de censura que le costó el puesto a Mariano Rajoy. En multitud de ocasiones, nuestros políticos solicitan a la ciudadanía paciencia y altura de miras, cuando ellos son una maquina de mentir y tergiversar la realidad. Cuando no muestran el más mínimo interés por el bien general de los ciudadanos y sobre todo, cuando solo muestran interés por sacar rédito político y partidista a todo lo que realizan.

 

Me resisto a creer que hayan sido incapaces de darse cuenta de que con la anti España, con el independentismo no se puede negociar y mucho menos confiar. Son socios poco fiables que no se sabe muy bien porque se les sigue tolerando, cuando en eso que pomposamente conocemos como países de nuestro entorno, están ilegalizados o su ámbito de influencia se circunscribe a una zona muy concreta de su territorio nacional, pero ni mucho menos ponen en peligro la estabilidad de las naciones. En España resulta que el independentismo y aquellos que desean destruir España tal y como la conocemos, marcan la agenda política de este país. Llevan cuarenta años poniendo y quitando presidentes, cuarenta años tutelando la política española, y cuarenta años erigiéndose como árbitros y aprobando, según su conveniencia,   las leyes más importantes del estado español que a todos nos afecta. Sánchez admitió que era muy difícil gobernar con las minorías en contra. Semejante imbecilidad, semejante ocurrencia, solo se le puede ocurrir a un indigente intelectual de libro como es el. No es necesario ser un gran erudito para llegar a la conclusión que es mucho más difícil gobernar contra las mayorías que no contra las minorías. Y ese es el otro gran problema de España. Nunca se mira por el interés común de todos y se nos desea imponer a la gran mayoría de españoles la visión de las minorías y de determinados colectivos, que ni de lejos son el sentir mayoritario de todos nosotros. Ya no se trata de respeto, que eso está por descontado, se trata de conformar el nuevo modelo de sociedad donde la mayoría debe dejar someterse por minorías que nos imponen su visión de las cosas y su comportamiento al resto. Pedro Sánchez y su gobierno, forman parte de las políticas de ingeniería social cuya primera premisa es la tensión permanente y el enfrentamiento ilimitado.

 

La caída de Pedro Sánchez ahora y la de Mariano Rajoy antes, es la evidencia palpable de que es el independentismo y la anti España los que marcan la agenda. Es la escenificación de un despropósito que pone de manifiesto quien rige nuestros destinos, y lo más grave, quien lo consiente y quiénes son los colaboradores necesarios para que nada cambie. Son los nacionalistas vascos y catalanes, los que ponen y quitan presidentes en España, con la complicidad de aquellos partidos políticos de carácter nacional que lo consienten.

 

Se está juzgando la intentona golpista del 1 de octubre del 2017. Son 12 los acusados. Son todos los que están, pero no están todos los que son. Mariano Rajoy debería estar con ellos por haber permitido dos referéndums ilegales y Pedro Sánchez por considerar como parte con derecho a negociar a los que desean romper España.

 

Una gran traición se cierne sobre España y el adelanto electoral no es garantía nada, porque los actores con posibilidad de que algo cambie, no se les ve ni con ganas ni con predisposición.