Podríamos decir que el primer golpe de efecto que marcó el inicio de eso que llaman Memoria Histórica fue la retirada de la estatua ecuestre del General Franco, con nocturnidad, sin previo aviso. Aquella noche se celebraba el cumpleaños de Santiago Carrillo y el Presidente Zapatero, quiso ofrecerle ese regalo como a los niños su piñata. Fue una madrugada , supongo que debió elegir el momento de los postres, ese en que el chico ,que guarda celosamente en su bolsillo la sortija de compromiso, entrega la cajita con que va a sorprender a la novia. Así nos imaginamos al ex-Presidente, con su sonrisa boba, diciendo :--”¡Santi, mira qué sorpresa tengo para ti”!.-- Carrillo era mucho más político, tenía más luces..., quizá hasta se sintiese incómodo al aceptar la sortija, (quiero decir el obsequio) de un personaje tan melifluo y al que sólo le unía una relación de interés.

Aquella cena, con retirada de estatua incluida, acabó a modo de solemne “neronada” y como en la del S.I, es muy posible que no todos los invitados la noche en que Nerón decidió incendiar Roma, supiesen previamente la ocurrencia dantesca que les esperaba contemplar. Sí, aquello fue el preámbulo y ahora el Presidente Sánchez se ha propuesto culminar el epílogo, exhumando los restos de F. Franco de la Basílica del Valle de los Caídos.

Lo peor para Sánchez y su séquito de apoyos, así como opositores silentes, indiferentes, o simplemente acobardados, es que en el caso de que lo consigan ya no podrán castigar más a F. Franco. Y si algo caracteriza los delitos pasionales, es que al agresor no le vale la primera puñalada, aunque sepa que la víctima ha muerto, tiene que asestarle otras veinte más, ¿para qué, pues, las restantes?

Con cada cuchillada el agresor pretende aliviar su propia herida, una punzada profunda que no puede mitigar por mucho que continúe clavando el cuchillo. Así es el odio, un dolor incurable por parte del que odia, puesto que jamás podrá causar al odiado tanto daño como le desea producir.

Ese ha sido el proceso, Zapatero trajo sus antiguos rencores al Parlamento y al Gobierno, y como ocurre en los dramas teatrales, cuando un personaje que representa el rencor viene a visitarnos, se despierta todo lo que parecía dormido. Los sentimientos y recuerdos que descansaron por mucho tiempo en el fondo de un baúl en la buhardilla, van apareciendo sucesivamente y hasta los colores desvaídos recobran su primitiva viveza. Después la visita se despide, pero ya es demasiado tarde, y todos los que se quedan ponen al descubierto sus envidias y antiguos resentimientos, de tal manera que los que convivían pacíficamente ya no pueden seguir haciéndolo.

La pieza teatral acabaría aquí y el público aplaudiría, pero esto es real y tanto nuestra Historia común como nuestro destino en lo Universal deben proseguir. Puede que por estas, o parecidas razones, este verano todos lo recordaremos como el “VERANO DE FRANCO”, los comerciantes se quejaban de que con los problemas que tiene España por la inmigración ilegal y los manteros, el Gobierno se mostrase tan preocupado por algo que no representaba ningún problema; en las playas ,al cruzarse los paseantes, se escuchaban frases sueltas rememorando los años del franquismo; los niños les preguntaban a los abuelos quién fue ese señor que tanto se nombra en todas partes ; y los turistas pedían en los bazares chinos camisetas y tazas de F. Franco, para llevar de regreso a su país. En las timbas de julepe y cinquillo, en las barbacoas, durante las partidas de petanca y en las ferias se ha hablado de Franco, se evocaba aquel vivir con las Iglesias todo el día abiertas, los pueblos de casas abiertas y que en las ciudades los portales no se cerraban hasta que lo hacían los serenos, etc,

La Ley de Memoria Histórica, además de prohibir los estudios rigurosos de una etapa, también pretende provocar un mal de Alzheimer precoz y generalizado. Si a todos, y a cada uno de nosotros, nos obligasen, a partir de una fecha predeterminada en el B.O.E, a no poder recordar con beneplácito alguna etapa de nuestra infancia o adolescencia, seguro que acto seguido hasta se nos vendría a la cabeza la imagen de aquel chico, o aquella chica, con quien un día coincidimos en el tren Madrid-Cercedilla, incluso volveríamos a ver nítidamente el brillo de su mirada.

Los recuerdos de cada persona son intocables y la forma de enjuiciar el pasado histórico no puede ser condicionada por el poder político, so pena que en lugar de eliminarlos los recuerdos aumenten y se hagan obsesivos.