Antes de dar comienzo un viaje de incierto desenlace, el emperador Carlos V deja anotadas una serie de instrucciones cuyo destinatario es su hijo adolescente, el futuro Felipe II. Le inquietan cosas, “las que debería están tan oscuras y dudosas que no sé cómo decirlas ni qué os llevo de aconsejar sobre ellas, porque están llenas de confusiones y contradicciones”. Garrapatea estos pespuntes literarios mientras aguarda en el puerto gerundense de Palamós, esperando bienhechora mar para partir al pugilato con su armada. El viaje hacia Génova que azacaneaba al padre tenía un inicio, pero el final se antojaba evanescente. Las tropas de Francisco I, a la sazón rey de Francia, se enfrentarían a los ejércitos de la monarquía hispánica. Ante semejante peripecia, aborda Carlos V en dos epístolas tanto cuestiones de buen gobierno como de óptimo proceder vital. La segunda carta, sobre la que iremos reflexionando, fue escrita el 6 de mayo de 1543 con el propósito de que sobre ella se cubriese el manto del silencio. Las palabras inaugurales no pueden ser más clarividentes, ya desde el inicio, al afirmar que “os escribo y envío esta secreta que será para vos solo, y así tendréis secreta y debajo de vuestra llave sin que vuestra mujer ni otra persona la vea”. En la porción final de la exhortación paterna le encomienda “mucho que en esto vea yo vuestra cordura y secreto, y que de ninguno sea vista ni aún de vuestra mujer”. Poco a poco, irá efectuando ciertas semblanzas sobre determinados personajes que le podrían auxiliar en su tarea de gobierno. El escalpelo es brutal, el análisis agudo, la hoja filosa: luces y sombras, miserias y grandezas irán revelándose con pasmosa fluidez.

 

 

España en bancarrota

 

En un primer momento, la imagen que ofrece Carlos sobre el reino es singularmente desoladora. Las finanzas se hallan en una situación bastante deplorable. Le inquieta “el pesar que tengo de haber puesto los Reinos y señoríos que os tengo de dejar en extrema necesidad”. La batalla que se librará en Génova le preocupa de forma pavorosa e intuye que va “a cosa tan incierta que no sé qué fruto se seguirá de él, porque el tiempo está muy adelante y el dinero poco y el enemigo avisado y apercibido”. Economía frisando la bancarrota y la milicia, cuarteada, desorientada, agrietada procurando, mientras, mermar la fuerza militar francesa pensando “hacer entrar al duque de Alba por el Languedoc y por alta mar con las galeras trabajar la Provenza, pero por ahora esto no se puede hacer, así por no haber las vituallas necesarias como por falta de dineros, y también porque hasta saber qué hará el Turco no tengo mis galeras libres”.

 

Peculio escaso y tropa menguada dan paso a la descripción minuciosa de algunos criados y cortesanos. Rivalidades, enfrentamientos, roces, el pan nuestro de cada día. Pero siempre queda gente confiable y por “esta causa he nombrado al cardenal de Toledo, Presidente y Cobos para que os aconsejéis de ellos en las cosas de gobierno”. Pero es preferible que el futuro rey de España no les conceda unipersonal y desaforado poder, indicándole que no se pusiese “en sus manos solas ni ahora ni en ningún tiempo ni de ningún otro, antes tratad los negocios con muchos y no os atéis ni obliguéis a uno solo, porque aunque es más descansado, no conviene”.

 

 

Carlos, emperador, infecto cotilla

 

Hasta los mejores poseen sombras. Cobos se agrieta ya que “hasta ahora ha tenido poca pasión, ahora paréceme que no le falta, no es tan gran trabajador como solía. La edad y la dolencia lo causan, bien creo que la mujer le fatiga”. Mucho menos debe inmiscuirse Cobos en “esto de la Hacienda, no conviene que sea solo, como lo tengo dicho, y por eso me parece que no podríades darla a otro ni a quien más os conviniese que a don Juan Zúñiga”. Llega al punto de narrar que “basta que unos pequeños presentes que hacen a su mujer le infame”. El emperador espiando, hasta en melindres conyugales. Una labor de fisgoneo, una obsesión chismosa, que poseyó el monarca acerca de todos aquellos que le rodeaban. Turbios asuntos de alcoba y codicias personales se solapan junto a cavilaciones sobre su buen hacer profesional.

 

Extremar la virtud de la prudencia, un mínimo indispensable. Si Carlos alberga ciertas dudas sobre Cobos o el cardenal de Toledo, el resto sale bastante malogrado. Don Juan, algo codicioso. El obispo de Cartagena, poco adecuado. El cardenal de Sevilla, inconveniente. Sobre Granvela, en cambio, posee la certidumbre de que “no hay persona que mejor los entiende que ni más generalmente y particularmente los haya tratado, y él me ha muy bien servido y sirve en ellos”. Y siempre ha de contar con la ayuda del Altísimo. Las referencias son continuas en la carta. Cuando surjan los interrogantes, ruega a su hijo que se aferre “a lo más seguro, que es a Dios y no curéis de lo otro”. Los mejores (Cobos, el cardenal de Toledo, don Juan Zúñiga, Granvela) pueden errar, Dios no.

 

 

El César al desnudo

 

En Las siete Partidas, Don Alfonso señalaba que cuando se casa el Príncipe, es presagio de buen criterio, y ahora Carlos V le obstaculiza sutilmente a su hijo lo que era un lugar común. Los consejos hacia su hijo se hallan preñados de ambiguo puritanismo. Mientras deposita una gran seguridad en su hijo para las cuestiones de Estado, advierte al heredero contra las mujeres y las alabanzas de determinados cortesanos que podrían facilitarle voluptuosos encontronazos. A pesar de reflejar el estado de espionaje total en la corte, la más noble lección de la epístola que hemos discurrido es que el dinero siempre es secundario frente a honra y nombradía. Comparadas absurdamente ambas cartas con El príncipe de Nicolás Maquiavelo, proporciona instrucciones para no desmoronarse ante los tejemanejes de sus consejeros, ni ser engullido por el apetito de poder de los grandes del reino. En definitiva, si de Carlos V solo conociéramos estas cartas, sobre todo la instrucción secreta, podríamos aseverar que se trata del gobernante más trascendental de su época. Para mal, obviamente. La decrépita dinastía de los Austrias, el siguiente peor que el anterior. Hasta Carlos II, el Hechizado, un fulano desquiciado. Hasta hoy, con Borbones en esta ocasión. Solo nos aguarda, como patria, la puntilla. En fin.