No tienen media hostia. No la han tenido nunca. Sólo se crecen y gallean cuando los gobiernos de España se descomponen en la tibieza, se corrompen en la prudencia y bostezan en la cobardía. Cuando el menú político de Madrid no es más que sopa fría y vino aguado, los separatistas catalanes ayunan en Montserrat para amenazarnos con la guerrita eslovena en la que, por cierto, hubo menos muertos que en el zarpazo terrorista del 11-M.

Con la boca llena de ayuno impostado y de butifarra bendecida por los frailecillos separatistas que han entronizado a la Moreneta en el altar de Companys, Torra clama por otro Corpus de Sangre por la vía eslovena para mutilar a España amputándole Cataluña.

Ha bastado la baladronada de este payés antropomorfo que, creyéndose un ario de barretina y alpargata, parece sacado de un fotograma de los Santos Inocentes (¡milana bonita!) o de la Familia Adams, para que al Gobierno de España se le vuelvan a mojar los pantalones mintiendo una advertencia de mano dura, que no de manu militari, que en ningún caso piensa ejercer.

Y ésa es, precisamente, la cuestión. Ya sabemos todos hasta dónde están dispuestos a llegar ellos para destruir España. Lo acaba de verbalizar Torra sin circunloquios ni metáforas, sin evocaciones ambiguas ni líricos madrigales nacionalistas: la guerra; que el presidente de la Generalitat espera que sea sólo una guerrita cortita, con pocos muertecitos y algunos heriditos. O sea, la vía eslovena. Pero… ¿y nosotros?

Suponiendo, que es mucho conceder, que en ésa primera persona del plural, referida a los que no queremos una Patria muerta y mutilada, quepan los fariseos del PSOE y del PP que han arrodillado a España ante el separatismo vasco-catalán, ¿qué estamos dispuestos a hacer nosotros para evitarlo?, ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar nosotros para impedir que Cataluña sea separada de España?

Después de que Torra trazara la vía eslovena en el mapa político español, salió a la palestra una portavoz del PP para decir, probablemente sin saber lo que decía pero diciéndolo porque le sonaba bien, que “hemos llegado a un punto de no retorno”. Pues mire usted, cuando se llega, de grado o por la fuerza, a un punto de no retorno sólo caben dos actitudes: batirse o rendirse.

Un viejo y sabio aforismo romano nos enseña que “la espada no es la solución para todos los problemas, pero hay problemas que sólo se solucionan con la espada”. Tenemos la razón y la milenaria voz de la Historia de nuestro lado y, además, tenemos las espadas forjadas en la legitimidad y afiladas en la legalidad. Y, encima, los separatistas no tienen media hostia. No la han tenido nunca ¿Nos vamos a batir o nos vamos a rendir?