Estos días, haraganeando en ese barrizal de twitter donde a veces brotan flores, pude leer en el muro de Dª Almudena Serrano Mota, insigne historiadora y directora del Archivo histórico de Cuenca, que a su tatarabuelo, antaño alcalde de un pueblecillo asediado por el francés, lo habían asesinado por rechazar la rendición. Comencé, entonces, a imaginarme cómo el corajudo deudo de Dª Almudena haría frente a los gabachos; y entonces vino a mí la imagen de un hombre bragado hasta los entresijos, levemente emboscado tras una barba que se le pondría de punta, de tan fuerte que la tendría; con las patillas mayestáticas, gordas como jambas de un portón palaciego, llegándosele hasta las estribaciones de la barbilla; y unos ojos negros, coruscantes de alegría, que se alzaban hasta el cielo, pues en esas divinas alturas cobijaba él sus esperanzas. Me imaginé, también, un pecho henchido por la valentía, feraz como una jungla; y un corazón latiendo en él con voz tonante, clamando por una patria que no es sino la tierra de los padres, las huertas que regamos con sudor, los campos por los que corrimos de pequeños, la fe que nos sirvió de guía y argamasa, los camposantos donde descansan nuestros muertos, a la espera de la resurrección, o esa brisa que ventea nuestros rostros, para dejarnos en ellos la caricia de una madre. Y así, con el corazón henchido de esa patria que nos ha parido, ese hombre escupiría su desprecio a los franceses y se plantaría frente a ellos, frente al pelotón que lo habría de fusilar, hincados los talones en la tierra. Si acaso por un segundo elevaría una última mirada al cielo, para musitar una prez, y moriría por unas gentes que a la postre eran hermanos, regando con su sangre aquella tierra tan sudosa. Y así, porque la sangre de los mártires es semilla de cristianos, muchos otros le imitarían hasta dar con la victoria.

Desde ese día en que Dª Almudena plantó una flor en ese barrizal de twitter, la imagen de ese hombre se me ha aparecido en diversas ocasiones, como esas estantiguas benéficas que vienen hasta nosotros para advertirnos del rumbo tan trastabillado que llevamos. Pues si hoy en día nos viésemos asediados por el francés —o por cualquier otro enemigo— nuestros políticos, pastueños y sumisos, les entregarían nuestra tierra sin dudar, para que esas huertas que regamos con sudor, los campos por los que corrimos de pequeños, los camposantos en los que descansan nuestros muertos o la fe que desde siempre nos sirvió de guía terminasen por servir a quien nos odia. Inverecundos y execrables, mancillarían el recuerdo de un hombre corajudo y convendrían con el enemigo en un reparto que también a ellos les dejara ahítos los bolsillos hondos. Esbozarían su visaje más falso y repugnante, mucilaginoso de servilismo y de afanes escondidos, y adoptarían una actitud bardaje, para que a todos nos diesen por retambufa. Pero ese tan trastabillado rumbo ha sido posible, ya no sólo por la malignidad de nuestros próceres (que, parafraseando al genio de Maeztu, se empeñan en abonar la hiedra que ansía empodrecer la encina que es España), sino también por la lenidad que todos hemos mostrado; por el capricho hedonista en que nos hemos zambullido; por habernos despegado de la fe y de la gleba que nuestros padres desmenuzaron con el arado o las azadas; por olvidar que nuestra tierra es mucho más que un estado; y olvidar, sí, que esos prados por los que un día corrimos, esa fe que nos hace elevar la vista al cielo, para musitar una prez, o esos ríos que alguna vez nos acariciaron el oído son una sangre común a todos nosotros, una sangre que nos hermana y nos hace hijos de una tierra que desde siempre, correosa e irreductible, luchó contra todo aquello a lo que hogaño nos hemos entregado. Y, así, de resultas de ese rumbo relativista que hemos venido siguiendo, esa encina que es España hoy se nos muestra en ciernes de la pudrición, enclenque, amustiada y gacha, como un guerrero desolado, o, tal vez, amnésico del valor que siempre ha demostrado, pues la hiedra que la sofoca la hemos ido alimentando a platos grandes.

Pero a los españoles aún nos quedan, sin embargo, como ocultos en los más recónditos vericuetos de la memoria, ciertos vestigios de aquel cristiano pundonor que nos hizo grandes. Y si recordamos apenas por un instante a ese alcalde corajudo que murió por sus vecinos, sin duda podremos recuperar nuestro vero ser y darle unos tijeretazos a esa hiedra relativista, pazguata y europea que ahora nos empodrece el alma.

¡Recordémosle entonces, coño! Olvidémonos de esos complejos que los politiquillos de hoy han ido inoculándonos. Hagámonos dignos de nuestros deudos y pensemos que en todos nosotros, constituyéndonos, también late esa sangre de los héroes antañones.