Que, como probablemente todos ustedes sepan, es Rafael García Serrano, que hace más de tres décadas que se nos fue a los luceros.

Hace ya muchos años que conocí -por sus obras- al maestro Rafael. Fue concretamente en 1979, cuando un camarada me lo descubrió, porque yo no sabía de él pese a haber cursado uno de los planes de estudios más completos que han existido en España. Nada que ver, por supuesto, con la posterior EGB, tan loada por los que vinieron luego -y que a los del plan de 57 nos parecía una aberración de incultura- y menos aún con los bodrios que vinieron después, que tantas hermosas camadas de cenutrios han creado, a la mayor gloria del sistema actual.

Pese a ello, en mi plan de estudios no se mencionaba a Rafael García Serrano mas que en una línea compartida con otros escritores, y cuando aquél camarada me lo mostró sufrí un auténtico deslumbramiento, que aún me dura.

Tengo dicho -y escrito- que Rafael García Serrano es el mejor escritor en lengua española de todos los tiempos. Ruego que nadie me crea porque si; ruego que todos hagan sus comprobaciones; ruego, en definitiva, que todos lean al maestro Rafael. Porque por mucho que se pueda decir no hay nada comparable a sumergirse -a través de cualquiera de sus novelas- en la portentosa España que se recobró a sí misma en la única forma en que ya era posible: a través de la pólvora y la sangre. O asistir en primera fila al encuentro espiritual que protagonizaron los Coros y Danzas de la Sección Femenina de la Falange con los pueblos de nuestra estirpe, en ese monumental reportaje que es Bailando Hasta la Cruz del Sur. O la increíble aventura del bachiller por Salamanca Hernando Cortés, cuando los dioses nacían en Extremadura.

O ese extraordinario programa de actuación para el futuro que es V Centenario, novela -para nuestra desgracia- profética en muchas cosas como la profanación del Valle de los Caídos, y aquí les dejo un párrafo:

Se tenía la sensación de un gran abandono, de una enorme tristeza conforme avanzaban hacia la gran nave y el crucero, un olor a mustio y sucio, fracaso y destrucción. La humedad de la montaña había filtrado grandes manchas oscuras por todas partes. Era justamente un sepulcro, más sepulcro que nunca desde que desaparecieron los muertos y no parecía quedar allí más que el recuerdo de su podredumbre.

Quiera Dios que también sea profética la continuación, y que nos hagamos dignos de ella:

Y sin embargo allí acampaban, se movían, trabajaban hombres llenos de esperanza, todos ellos vivos y dispuestos a morir. No quedaba en aquel sepulcro gigantesco ni rastro de la muerte, ni huesos, ni siquiera polvo enamorado, y sin embargo allí estaba enterrada España, que ya no era de este mundo. Los ángeles con espadas parecían guardarla, y servir al Cristo clavado en la cruz de madera de enebro de Río Frío, que era como una llamarada en aquella rumorosa soledad.

Imagino lo que escribiría hoy el maestro Rafael sobre los enanos que pululan y se envanecen, convencidos de haber ganado al final la guerra que sus ancestros perdieron porque -como ellos-, preferían saquear tumbas a combatir de frente con quien les podía responder, y se me alegran las pajarillas. Pienso cómo describiría a todos estos degenerados que hoy dicen que son nuestros representantes, simples sacos de odio y revancha, de complejos y pequeñez, y me lamento como nunca de no tener una capacidad que me permitiera acercarme a su diagnóstico.

Porque es que, además de sus novelas, del monumental Diccionario para un macuto, Rafael García Serrano escribía a diario una obra maestra en sus artículos. Quizá hoy se puedan encontrar aún algunas de sus novelas, reeditadas hace unos años; quizá aún se puedan encontrar en librerías de viejo; pero aquellos artículos -Dietario Personal- de El Alcázar, creo que sólo están al alcance de unos pocos, salvo que se rebusque en hemerotecas que no hayan sido depuradas por el Gran Hermano orwelliano y sanchista.

Por lo que pueda valer, aquí dejo constancia de que conservo muchos de ellos. No de todos, porque en aquellos años no me podía permitir el dispendio de comprar a diario un periódico; pero si de todos los publicados en los periódicos que algunos camaradas me guardaban. Los recorté y conservé en su día, y años después los digitalicé, de forma que los tengo en formato texto, listos para -si procede- cederlos a quien pueda publicarlos como verdadera historia de unos años convulsos.

Una historia -pequeña, con minúsculas- que es la que nos ha traído hasta aquí. Hasta esta España que ya vuelve a ser un albañal, zahúrda donde hozan los peores detritus de la sociedad, muestrario de chulos y de tiorras. Esta España que vuelve a verse abocada al odio y a la revancha, o a la apatía de siesta pesada de la que no saldremos sin sacrificio.

Aquella historia de entonces que contaba Rafael Gacía Serrano es su Dietario, y esta historia que profetizó. Él supo ver -y enseñarnos a los demás- que aquella política pequeña, aquellos cambalaches, acabarían trayendo esta mierda. Lo vio, lo contó y nos dio la solución con su ejemplo: mantener la fidelidad a lo poco grande que merece la pena. Perseverar en el esfuerzo, como él siempre hizo aunque le costara la inquina de los duendes aldeanos, de los mindundis con mando, de los sinvergüenzas con máster y de los tontos sin graduación.

Y esta, maestro, amigo, camarada es mi oración por ti en este día. Un simple hasta luego, porque tengo la esperanza de que algún día nos encontraremos y quizá pueda pasar a verte y charlar sobre todo esto en ese Paraíso que tu te has ganado a pulso y que yo espero ser digno de compartir.

Ese Paraíso difícil, erecto, implacable, donde no se descansa nunca y que tiene, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas. O con viejas máquinas de escribir, que también sirven para luchar por lo que uno cree, y bien que lo has demostrado.