El éxito electoral de VOX, aún no siendo menudo, más cualitativo que cuantitativo, ha provocado en “El Español”, la sauna periodística en la que Pedro Jota alivia y consuela su decadencia profesional, una regurgitación contra Kiko Méndez Monasterio que queriendo ser vitriólica no pasa de ser ridícula, pues como bien decía Talleyrand, tan aficionado al uso personal de la lencería femenina como Pedro Jota pero bastante más inteligente que él, “todo lo exagerado es insignificante”.

 

Desgarrándose las vestiduras, arañándose las mejillas y llenándose el pelo de ceniza, como gritando “¡al ladrón, al ladrón…!” la sauna periodística de Pedro Jota denunciaba, con evidente ánimo de delator a sueldo de los fariseos del sanedrín de C,s y del PP, que en los años noventa del siglo pasado, o sea del siglo de Pedro Jota, Kiko Méndez Monasterio estuvo cinco días enjaulado en las mazmorras de Gibraltar por el delito de haber izado una bandera de España en la colonia inglesa administrada por cipayos gaditanos al servicio de los hijos de la Gran Bretaña. Para cualquier español que tal gentilicio merezca, incluidos, por supuesto, los aficionados a la lencería femenina, no hay desdoro, muy al contrario, en izar una bandera de España en Gibraltar, y menos aún en pagar la gesta con cinco días de calabozo en el “guantánamo” que su Graciosa Majestad tiene en Cádiz, desde hace más de trescientos años, para encarcelar a los patriotas españoles que tienen la insolencia de enseñarle la Oreja de Jenkins, el parche de Blas de Lezo, los ovarios de María Pita y los cojones de Churruca. Que todo eso es lo que Kiko Méndez Monasterio se llevó a Gibraltar.

 

Las abismales diferencias entre Kiko Méndez Monasterio y Pedro Jota son las mismas que hay entre el César del Rubicón y el Calígula de las orgías, entre la espada de Vespasiano y la lira de Nerón, entre los que en los años noventa se remangaban la camisa a la intemperie para izar la bandera de España en Gibraltar y los que en un cuarto oscuro, sólo “iluminado” por una cámara oculta, se quitaban la camisa para ponerse un tutú, se bajaban los pantalones para calzarse unas medias y ceñirse un liguero, y gemían de gozo bajo la lluvia dorada de una prostituta con más arrobas que clientes. Cada uno es muy libre de elegir (¡faltaría más!) su aliño indumentario.