Las palabras fijan los conceptos tal y como el fuego le da solidez al barro. Comencemos por el fuego de las palabras: los separatistas no son el adversario, son el enemigo, los separatistas no encarnan la expresión libre de una idea legítima, son unos traidores. El enemigo que traiciona a España perpetra un crimen de Lesa Patria que solo merece un castigo: duro, implacable, irrevocable, feroz. Un castigo, en definitiva, justo y proporcionado al daño causado, en acto o en potencia. El castigo que le arrebata al peor de los enemigos, el traidor, hasta las ganas de soñar con volver a intentarlo. El castigo que le roba la voluntad de volver a conjurarse contra España. El castigo cuya mera evocación provoca el arrepentimiento de lo que aún, ni siquiera, se ha hecho.

En todo el mundo el traidor que trata de destruir a su Patria, que se confabula para romper su Nación, recibe siempre el más duro y el más justo de los castigos. En España, no. Los separatistas catalanes acaban de celebrar el segundo aniversario de la puñalada que le dieron a España en su pocilga parlamentaria y en unas urnas de plástico chino, que salían colmadas de votos contra la Patria desde las madrigueras políticas y empresariales de los traidores. Y han festejado la efeméride tal y como hace dos años celebraron la orgía de la traición: recibiendo la limosna de la tolerancia y la propina de la libertad democrática, al amparo del señuelo de la oferta de más financiación si se dignan a retornar al separatismo retórico que es el que, de momento, abriga la Constitución. Esa es la tibia “amenaza” que pende sobre sus cabezas y sus nóminas: volved al insulto permanente a España renunciando, de momento, a desgarrarla y los ríos de leche y miel de Estado volverán a nutrir vuestra intendencia con la generosidad que ya habéis probado. Bastará con que respetéis la farsa democrática para que el maná de España caiga copiosamente sobre vuestros pucheros y vuestras faltriqueras.

Roma no pagaba traidores. España, sí. Lo volverán a intentar, de grado o por la fuerza, porque nadie les ha arrebatado ni la voluntad de hacerlo ni las ganas de seguir soñando con la independencia de Cataluña. O sea, con la muerte de España, mientras a los partidos “constitucionalistas” y a los gobiernos de la Nación sólo les preocupa cómo tejerle a España un sudario democrático que no apeste a traición y a derrota.