Uno puede acabar literalmente harto de la estupidez de sus contemporáneos con solo ver de que manera tan falsa se argumentan las cosas. El artículo de esta columna de la pasada semana suscitó algunos comentarios que harían enrojecer a un payaso y que denotan que la hormona es, hoy, más fuerte que la crítica por cuanto la crítica se toma invariablemente como ataque personal y no como tamiz para valorar estrategias y posibilidades. Pero no es este el tema que vamos a tratar.

En la argumentación moderna hay mucha tontería, pero también hay maldad, propaganda e interés torticero; es decir, hay corrupción intelectual, de la que derivan otros tipos de corrupción más escandalosas o, por lo menos más mediáticas. Un buen ejemplo del asunto es la manera en que se ha analizado por políticos y periodistas la reciente matanza de El Paso, en los Estados Unidos.

Quién esto escribe vio un informativo, el mismo día de los hechos, en el canal de televisión Antena 3, que mostraba toda la fuerza de la imagen a base de concatenar declaraciones claramente cortadas e imágenes oportunas: la responsabilidad era de los “supremacistas blancos” en connivencia con el presidente Trump.

Todo era tan “redondo” y ajustado, tan cerca del tópico, que era inevitable investigar yendo a las fuentes y a los hechos sin el filtro del periodismo español, por ejemplo, leyendo el manifiesto colgado en la red por el asesino. La cosa ya era incluso más evidente cuando otro de los pilares del poder, Tele 5, se expresaba en los mismos términos. Al final era fácil concluir como ambas cadenas no son si no verdaderas letrinas de ideas e intenciones.

En la prensa escrita las cosas no han sido muy diferentes. Por ejemplo, en El País, Pablo Guimón titula su reportaje “La matanza racista de El Paso se vuelve contra Trump por alentar el odio a los hispanos” (5.8.2019). Ese mismo día, la edición en español de la BBC en internet colgaba desde la redacción otro reportaje titulado “Tiroteo en El Paso: que dice el manifiesto contra ‘invasores hispanos’ que atribuyen al sospechoso de la masacre de Walmart”. La idea es la misma: se trata de un “crimen de odio” suscitado por un “supremacista blanco”. La propaganda ha trabajado duro estos días para vincular el crimen a las políticas migratorias de Trump y, por extensión, a la crítica de la inmigración en general.

Dentro de la política, especialmente en la política estadounidense, el patrón se repite. El candidato demócrata a las primarias Beto O’Rourke, culpa directamente al presidente de la matanza porque éste “ha descrito la llegada de inmigrantes como una invasión” (ABC, 9.8.2019).

En definitiva, pocos o ninguno han estudiado los hechos de manera crítica. Desde luego, en España, solamente, que yo sepa, Arcadi Espada ha escrito intentando ver si las cosas son realmente como las cuentan, pero sus prejuicios le impiden llegar al fondo de las cosas. De ahí que la responsabilidad de todo, según él, sea el “discurso apocalíptico” que es común a partidos y corrientes de opinión diversas, desde animalistas hasta conservadores (El Mundo, 6.8.2019). Pese a ello tiene el mérito indudable de intentar ver algo distinto.

De entrada, hay que decir que este tipo de asesinos a menudo quieren fundamentar lo que dicen: el caso más famoso probablemente sea el de “Unabomber”, también el noruego Anders Breivik, el asesino de Christchurch en Nueva Zelanda y ahora los dos casi simultáneos de El Paso y Dayton.  En su momento, desde las páginas de elsemanaldigital.com ya nos ocupamos del criminal noruego Anders Breivik que, pese a que wikipedia le ha universalizado como un “terrorista de extrema derecha”, demostramos que su ideología se ajustaba muchísimo más al universo “neocon” tan querido por la clase política europea y estadounidense. De hecho, Anders Breivik fue miembro durante 7 años del Partido del Progreso, segunda fuerza política en Noruega, de ideario claramente liberal, sin que por un momento se vinculase la matanza con dicha ideología pese a que Breivik sí lo dejaba claro en su manifiesto de más de 1000 páginas.

En estas circunstancias se hace necesario ir a las fuentes primarias. Por ejemplo, ¿han explicado “El País” o Antena 3 que el asesino de El Paso estaba en contra del automatismo y de las grandes empresas, al tiempo que culpaba a los hispanos de la degradación medioambiental? ¿Ha explicado que sus “soluciones” se ajustaban bastante a las propuestas de los más fanáticos defensores del crecimiento demográfico cero? Dice Patrick Crusius, “si conseguimos deshacernos del mayor número de personas nuestro modo de vida será más sostenible”. Esto le sitúa en la misma onda que el asesino de Christchurch: su “racismo” -sea lo que sea esto- estaba enraizado en cuestiones mediambientales: “el medio ambiente está siendo destruido por la superpoblación… Nosotros los europeos somos uno de los grupos que no estamos superpoblando el mundo. Los invasores son los que superpueblan el mundo. Matad a los invasores, matar la superpoblación y al hacerlo salvaremos el medioambiente”. El asesino de Christchurch, Brenton Tarrant, del que Patrick Crasius se sentía admirador, decía también en su manifiesto que su ataque buscaba acabar con la proliferación de armas y apuntaba a un ideario de tipo ecologista y socialista, con afirmaciones contra el libre comercio y una declarada admiración por la República Popular China.

Casi al mismo tiempo que Crasius en El Paso, Connor Betts asesinaba así mismo a tiros en Dayton, Ohio, a nueve personas. Por supuesto, no se ha aireado, pero hemos podido saber fácilmente, que Betts se describía a sí mismo como un “izquierdista satánico” (pro-Satan leftist), odiaba a Donald Trump y era un demócrata afiliado que esperaba votar en las primarias por Elisabeth Warren (The Washington Times, 4.8.2019). Según el portal heavy.com (7.8.2019), Betts había escrito en un tweet: “quiero el socialismo y no esperare a que finalmente los idiotas lleguen a entenderlo”.

En suma, todo esto, tan solo un apunte del sin fin de matices y cuestiones que se pueden suscitar, viene a decirnos que las cosas están muy lejos de cuadrar con el esquema simplista de la izquierda y la derecha, con los “fascistas” malvados y los progresistas buenos y tolerantes. Además del dolor y del sufrimiento infligido a las familias, hay sin duda quienes buscan una víctima más allá de los propios asesinados: la verdad y la libertad de expresión. Suponemos que las toneladas de propaganda e inmundicia vertidas harán frotarse las manos a los “fiscales del odio”, de manera que nadie se pregunte por qué habiendo libertad de comprar armas desde hace varias décadas, este tipo de matanzas sin embargo van en aumento. En definitiva, se trata de exculpar a un sistema que literalmente produce gente enloquecida por su profundo nihilismo social, por el relativismo y por el materialismo. Luego cada psicópata disfraza su maldad y su patología con las razones que considera. En el fondo, el esquema no es muy diferente de la estrategia feminista de ideologizar los crímenes contra las mujeres para silenciar otros producidos en el ámbito doméstico (especialmente aquellos que implican a las propias mujeres) y ocultar así que la violencia en general va en aumento, debido a una crisis social y de valores a la que contribuyen precisamente colectivos como, entre otros muchos, algunas feministas.

Es necesario, por tanto y una vez más, no creer nada de lo que nos dicen aquellos que apelan a un presunto derecho a suministrarnos “su” información. Sin duda tienen intenciones muy diferentes de las que manifiestan.