En psicología la desensibilización sistemática es una terapia que consiste en hacer que el sujeto vaya, progresivamente, perdiendo sensibilidad hacia aquel estímulo que le provoca fobia, ansiedad o angustia, para lograr que llegue un momento en el que ese estímulo u objeto le llegue a ser indiferente.

 

En política, la desensibilización progresiva responde al mismo modelo. Primero se van neutralizando los principios morales que guían el comportamiento colectivo, según cánones tradicionales; en nuestro caso impregnados del paradigma católico, es decir culturalmente ligado a la civilización hispánica. Si entendemos la Hispanidad como principio regulador de una civilización humanista proyectada en el tiempo y en el espacio hacia el mundo al que llegó nuestra acción evangelizadora y de protección de las personas. Y con el derecho internacional y de gentes, sistematizado por las Leyes de Indias, por Francisco de Vitoria; con unos vínculos comunes en todo Hispanoamérica, Filipinas y otras regiones mediante las misiones humanizadoras encargadas por la Reina Isabel la Católica que extendió por el mundo entonces descubierto, por primera vez tras Cristo.

Después mediante las prácticas antidemocráticas y totalizadoras, en principio de forma subrepticia, abriendo el campo a otras más abiertas y descaradas, y, finalmente, en una acción claramente subversiva y revolucionaria.

Para cuando hemos llegado a esta fase la gente se ha ido acostumbrando a ello, incorporándolo ya al imaginario colectivo. A estas alturas el callo en su sensibilidad moral le impide percibir suficientemente, lo que implica no sufrir con lo que ocurre.  le impide tomar conciencia de lo anómalo de la situación. Como si fuera algo coexistente o vinculado a la política en su más negativa expresión.

Paralelamente, la “masa” ha ido perdiendo más sensibilidad moral en la percepción de los comportamientos sociales. La corrupción se extiende como una mancha de aceite y afecta a gran parte de la clase política, de tal manera que la gente se ha ido acostumbrando a que política y corrupción son términos entrelazados y que uno implica el otro. A estas alturas del proceso de descomposición, reina el escepticismo y la desesperanza en que se pueda vivir sin noticias desconsoladoras en los telediarios. Y en este ambiente de deconstrucción y demolición de las bases morales colectivas que soportaban el sistema, el común considera que todo esto es consustancial a las cosas y que nada puede pasar más allá de lo que ocurre. Pero claro que pasa. Nada es susceptible de poder empeorar más aún.

En este reino en el que el “Angel caído” se ha levantado y reina el imperio del mal, la descomposición sigue impregnando el tejido social. A esas alturas la práctica desensibilizadora ya ha llegado a la escuela, y la gente lo ve como una situación aceptable, que es considerada como plataforma para la invasión de las conciencias infantiles para guiarlas hacia un destino de control mental. Ya todo es posible. Los derechos y libertades que una vez se lograron con un acuerdo de concordia se ven superados por las fuerzas totalizadoras y pierden vigor, anulándose los derechos individuales en la práctica. Hemos llegado así al “triunfo completo y pleno dominio” de la acción del Maligno.

 

No hay nada peor que la descomposición de la sensibilidad estética y ética de los principios de la moral cristiana. Es el momento en el que la epidermis deja de sentir, en el que lo inaceptable desde el plano de los valores triunfa, en el que la derrota del ser humano alcanza derroteros apocalípticos.