Pax romana. Paz eterna. Paz de los camposantos. Fidelidad de los pueblos sometidos, lo llaman. Arrasar y domesticar poblaciones, mejor expresado. Los combates de los resistentes astures, irreprochables. Guerra perdida, al decir del historiador romano Floro, debido a la vil y sucia traición de los bringuecinos. A pesar del incienso que se gasta el escriba del letal Imperio, admite la heroica obstinación de las huestes norteñas. Aunque el panegírico para honrar las masacres de Augusto roza lo grotesco, valora la proeza de nuestros antepasados. Su acrisolado valor. Por ejemplo, su astuta estrategia bélica al planear un ataque que “no se lanzó a la ligera”. Ingenio militar que consistió en un ataque simultáneo contra los tres campamentos romanos que bordeaban el río Astura, hormigueando por la actual Astorga y llegando hasta la hodierna Zamora. Antes muertos que sometidos.

 

Las batallas crudelísimas, feroces y fieras, ebrias de sangre y decoro, “lucha encarnizada” que concluye con la capitulación astur. Posteriormente, nuestros compatriotas fueron obligados a “habitar y vivir en el emplazamiento de su campamento”. Se supone que hasta mejoraron con el adviento romano. Ese perpetuo y sórdido paternalismo de todos los imperios. Más el romano. Hasta nos enseñaron a conocer nuestros “propios recursos y riquezas”. Por ejemplo, “oro, malaquita, minio”. Y Augusto nos enseñó a descuartizar nuestra belleza natural. Lo hizo por nuestro bien. Nos mató a besos.

 

Larga vida a los astures insurrectos

 

Qué podemos esperar del frenopático esclavista romano. Tantas matanzas y conquistas y despojos para mayor gloria de Augusto. Poco más. El amo del universo. La erótica del poder. Evitando futuras rebeliones. Siempre es necesario un aviso para navegantes. Galos, recuerden. Y por supuesto, como ya aclaramos, Roma quería nuestro bien. Oro, malaquita, minio y “abundancia de otros productos”. En definitiva, una lóbrega y tenebrosa mixtura de pésimos intereses pecuniarios y bajunos provechos políticos fueron la tenebrosa coartada para hacer desvanecerse a unos de los pueblos más admirables de la Historia de la humanidad.

 

Indomeñable raza, fortaleza moral inaudita, los astures (al igual que cántabros y otros pueblos del norte de la Península) siempre fueron favorecidos por el clima. Roma, siempre con su mal perder por delante, se empeñaba en saquear a mansalva, violar a gogó, destripar ganado rival, triturar el entorno natural. Muy romano todo. Nuestros ancestros sostuvieron la resistencia durante mucho tiempo. Aquellas guerras cántabras honran a toda nuestra estirpe que no quiso someterse al yugo romano. Dilatadísima vida a Corocotta. Fuerza y honor.

 

Adenda actual

 

Vox, vaporosa posibilidad de postrera resistencia. Contra la putrefacta chusma de género. Contra la paranoia migratoria. Contra el surgimiento de Eurabia, Contra los descuartizadores de España. Contra el revanchismo izquierdista. Contra el vampirismo fiscal. Contra la conjura que desintegra al heroico autónomo. Contra el sindicalismo mafioso y pesebrero. Contra la hecatombe de la noble tarea educativa. Contra las élites caciquiles, oriundas o globalistas. ¿Su milicia? Españoles, preferentemente varones, que están hasta los mismísimos dídimos de todos aquellos incansablemente empeñados en el tétrico afán de obligarnos a vivir, pensar o amar de la manera que ellos estimen oportuna. Lo mismo que hicieron nuestros antepasados astures, recordaremos a todo tipo de barbijaputas, el culmen libertario: Non serviam. No serviré. Reventarás tirano.