Tener una hija, y que se te case con Joaquín Sabina, debe desquiciar a cualquiera, vamos, digo yo. Eso y el paso de los años, que en las personas, en todas, va haciendo estragos, aunque a veces nosotros mismos no nos demos cuenta. No se explica de otra forma que un hombre con una formación tan sólida como Alberto Oliart, se haya columpiado, si se me permite la expresión, en una entrevista que le han hecho recientemente, y que en mi tierra, Andalucía, ha sido publicada por el diario Ideal.

Parece mentira que se puedan decir tantas sandeces en tan poco espacio, que ya tiene mérito, entrando a menudo en contradicción consigo mismo. Lo concerniente al periodo de la Guerra Civil es de traca: dice el señor Oliart que su familia estaba en Mérida, y que tuvieron que irse de allí porque su padre fue acusado de comunicar cosas al ejército republicano, pero que ellos no tenían radio en casa. La lógica dice que deberían haberse marchado a la zona de España dominada por la República, donde habrían sido recibidos como héroes, por haber pasado información a su ejército, aunque fuera supuestamente.

Sin embargo ellos, de forma sorprendente, se fueron a Burgos, por aquel entonces capital de la España nacional, es decir, que se metieron en la boca del lobo. No se portaron mal con ellos, pues en la Jefatura del Estado les dieron un salvoconducto para irse a Galicia, y allí pasaron toda la Guerra, tan ricamente, mientras que otros, en el campo de batalla, luchaban para lograr la victoria, que después traería la paz, una paz posterior en la que, por cierto, no le fue nada mal a don Alberto, que incluso hizo carrera dentro del Régimen.

Sus méritos son muchos, así como su evidente capacidad intelectual, pero lo que cuenta que hizo para no saludar a Franco, mueve directamente a la compasión. Dejemos que sea él mismo quien nos hable: “Nunca saludé a Franco. Una vez que estaba en una posición en la que parecía inevitable que me diera la mano, me retiré a una segunda fila para que no fuera así”. Esta hazaña, este gesto heroico sin parangón, este arrebato de valentía, lo protagonizó Alberto Oliart cuando era jefe del gabinete técnico de la Subsecretaría de Hacienda, aunque después vinieron más cargos públicos, también de relevancia.

Hubo un tiempo, en lo que se ha dado en llamar el tardofranquismo, en el que los más espabilados y con menos escrúpulos, se apresuraron a poner tierra de por medio con el Régimen de Franco, para congraciarse con la inminente democracia que llamaba a la puerta. En ese contexto histórico concreto, se pueden entender, que no justificar, ciertos comportamientos. Pero que hoy, cuando se han cumplido ya 44 años de la muerte del Caudillo, y cuando el mismo señor Oliart va camino de los 92, que don Alberto haga piruetas literarias de última hora para disimular su ejecutoria en el Régimen, es algo que mueve directamente a la pena, aunque se comprende cuando se analizan con sosiego las circunstancias del personaje.

Y que conste que no es el único, pues España está llena de personas, a veces clanes familiares enteros, que vivieron bien bajo el Régimen de Franco, que progresaron económica y profesionalmente, pero a los que les faltó tiempo para, en la lenta agonía del Caudillo, poner tierra de por medio para con el hombre al que tanto debían, y para con todo lo que él representaba.

Por eso las personas, cuando se hacen (nos hacemos) mayores, deberían (deberíamos) tener alguien cerca para orientarnos un poco y dotar a nuestras acciones de sentido común. Y esa labor bien la pueden ejercer los hijos, o una hija, aunque si en su día se casó con Joaquín Sabina, ya hay pocos motivos para la esperanza.