El castigo ejemplar es la mejor forma de aprender; y aunque resulte ahora mismo algo bruto de escuchar, es tan cierto como real. Aprendemos a base de fallos y reprimendas; y cuanto más fuertes sean estas, mayor es su consecuencia positiva sobre el individuo que las recibe. Porque es así, aprendemos a base de acciones de represión graves si el acto cometido tiene una gravedad de tal dimensión.

Uno de los casos más relevantes en cuanto a su repercusión social ha sido el presunto asesinato o asesinato (tal cual) del niño Gabriel a mano de Ana Julia Quezada. El descontrol personal de esa mujer sobre su situación es tan evidente con este acto que no hay remedio para que, al menos, esta mujer aporte a la sociedad o, como mucho, no sea un obstáculo para las personas que quieren crecer en sus vidas. Así que esta señora, está claro, ha terminado sus días de provecho en este mundo, y no tiene ni capacidad de arrepentimiento sincero ni aportación al colectivo.

¿Qué hay que hacer en estos casos? La respuesta es fácil. Se trata de comenzar a sentar precedentes de castigos ejemplares en este país. Castigos que hagan llevar a las personas con malas intenciones a considerarse más de una vez si les conviene ejecutar sus ideas maléficas, sabiendo que, si lo hacen, sufrirán un castigo tan ejemplar como una tortura indecente que sea referencia para la sociedad, y cómo no, para los planes de los susodichos aspirantes a basura social.

Y así el próximo que asesine a un niño se lo piensa, y mucho, porque sabe que le llegará lo peor y su castigo no caerá impune. Por lo tanto, aunque parezca algo de otro siglo muy pretérito, algo hacían en el pasado que nos llevaban en adelanto, y es su capacidad para entender, en aquel momento, la frivolidad y la reacción humana inapropiada y vejatoria.