Dudo que el verdadero interés de Pedro Sánchez sea saltar de palacio en palacio, de nuestro Patrimonio Nacional, o de cancillería en cancillería, utilizando el Falcon de turno; dudo que la imagen cada día más deteriorada de este torpe y presuntuoso personaje, marcada por la ambición personal, tenga por objetivo disfrutar las prebendas del cargo como el hambriento que, a mandíbula batiente, devora las viandas de un buffet. La filigrana política del comediante que habita en La Moncloa, suscrita con los independentistas catalanes, cuya evidencia es el famoso documento de los 21 puntos exigidos por Torra, que Sánchez ocultó deliberadamente a los españoles, confirman sus verdaderas intenciones; no conviene confundirse por esa primera, imprecisa e irreal imagen de la cenicienta que pasa de la chabola al palacio desconociendo para qué sirve una pala de pescado. La esperanza es que, como a toda cenicienta, en el reloj de la historia suenen las doce campanadas, algo que parece tardío. Tempus fugit, pero más despacio de lo que deseamos.

 

La prueba evidente del deterioro de la política y del sistema partitocrático es que Pedro Sánchez ha bajado aún más el listón que sus predecesores dejaron en el cargo, aunque parezca imposible. No sé cuánto margen queda aún ni, por consiguiente, quien podría batir la marca actual. No sé lo que nos deparará el futuro inmediato. El parámetro de referencia de esta degradación de la vida política es la ruina social que venimos padeciendo desde hace un tiempo, que produce personajes como éste, que son la alternativa a desempeñar cargos de la alta administración del Estado, ante la inhibición y la timidez de quien realmente debería desempeñarlo. Otro segundo parámetro de referencia es la argumentación ideológica que impulsa a la ambición de este figurante. Tras la cortina de humo que aflora en la satisfactoria sonrisa del glotón de parabienes que es Pedro Sánchez, se esconde el abyecto objetivo que persigue, cuyo patrón no es nuevo pues ya se escenificó durante el régimen político nacido en abril de 1931, que no sólo cuenta con numerosos adeptos actualmente, sino que hay un verdadero empeño, en algunos sectores, por desempolvarlo y ponerlo de nuevo sobre el tapete político actual, ante la parsimonia de una sociedad aducida por el consumismo y el ocio. Y ahí van dirigidas las gestiones de independentistas y de los amigos que facilitaron la llegada a la Presidencia del Gobierno de un frustrado, a quien dos años antes sus propios compañeros del partido echaron a la calle como echan, en los western de serie b, al borrachín que apura un bourbon con la limosna que rescató de una escupidera.

 

Las excepciones a la norma existen. Las pasadas navidades, José María Múgica, hijo de uno de los personajes más identificados con el partido que dice representar Pedro Sánchez, Fernando Múgica, asesinado por ETA, abandonó la militancia socialista por la bochornosa jornada navideña en la que la presidenta del PSE-EE, Idoia Mendía, compartió con miembros de la banda que asesinó a su padre en 1996. No fue el suyo un gesto heroico, pero si decente y no único.

 

El 29 de junio de 1932, uno de los cuatro diputados a las Constituyentes de 1931, por Oviedo, el doctor José Mouriz Riesgo, una autoridad entonces en el campo científico, abandonó su escaño al ver que su partido no hacía nada por impedir el debate sobre el Estatuto de Cataluña, que él definió como de catástrofe nacional”. El obrero de la ciencia, como le habían apodado sus compañeros socialistas, abandonaría definitivamente el partido fundado por Pablo Iglesias poco después, ante las súplicas de su amigo, y en aquel momento presidente de Las Cortes, Julián Besteiro: “nunca pude concebir que una economía elaborada en siglos de unidad nacional pueda desgajarse a petición de parte en momentos de exaltación”, dijo Mouriz entonces, y después de más de ocho décadas, las cosas siguen igual, o lo es que peor, van directas a consumarse gracias a los protagonistas y al relator. Famosas fueron, en este tema, sus discusiones con el diputado catalán Carrasco Formiguera, en los salones aledaños al hemiciclo, que desgraciadamente no recogieron las crónicas parlamentarias, pero sí la prensa.

 

Alumno de Ramón y Cajal y de Carracido, amigo de Marañón, que le dedica dos artículos en sus Memorias, y contestó su discurso de entrada en la Academia de Medicina, Mouriz, nacido en Madrid en 1884, pero de ascendencia navarra reciclada en Lugo, y asturiana por parte de madre, era doctor en Medicina y en Farmacia, había sido becado para estudiar en el Instituto de Terapéutica Experimental del Nobel Pablo Ehrlich, en Alemania, y fue el primer médico en instalar un laboratorio en el hospital Provincial de Madrid.

 

De origen humilde, nacido en el barrio de Lavapiés, era socialista de corazón y defensor de la vida: “tan digno de protección es el embrión como el niño”. Frecuentes fueron sus artículos en El Socialista, y sus conferencias dirigidas a los proletarios, a los que animó a dignificar su vida, y a elevar su autoestima y su dignidad, llegando a concebir un programa de higiene social y a proponer una universidad obrera, para mejorar las deplorables condiciones de vida de los más desfavorecidos, marcada por las dos plagas de la época: la tuberculosis y la sífilis.

 

Las corrientes socialistas que inspiraron al doctor Mouriz le obligaron a abandonar el partido, como a José María Múgica y a tantos otros, no son las que han inspirado a un revanchista a mover los márgenes de la convivencia a capricho para hacer que lo blanco parezca negro, al precio que sea.