¡Qué difícil me resulta empezar esta carta abierta!

El tratamiento tradicional a los pastores me resulta imposible utilizarlo cuando no hay tales y muchos de ellos son lobos.

Todos los obispos españoles por acción, la mayoría, o por omisión, unas poquísimas personas cuya defección hace más aterradora los actos de la jerarquía eclesial, están siendo cómplices o coautores de la profanación de un lugar sagrado, que además es basílica pontificia, y de la sepultura de uno de los más preclaros católicos: Francisco Franco, cristiano ejemplar y Caballero de la Suprema Orden de Cristo, salvador y restaurador de España y de la Iglesia Española.

A la cobardía, traición a la Patria, falta de caridad y quebrantamiento de las leyes de Dios y de los hombres, incluso las de derecho internacional, se une el escándalo inconmensurable que están produciendo en los pocos fieles auténticamente católicos que quedan en lo que fue “Tierra de María”, y que ellos, y sus antecesores, tanto han contribuido en transformarla en una nación pagana en vías de desaparecer en multitud de reinos taifas amparados por las diferentes “conferencias episcopales”.

Caiga sobre ellos también el ser cómplices de los desmanes que este descarado Estado de NO Derecho, que tanto apoyan, haga a partir de ahora. Un Estado que permite anunciar y hacer planes, entre otros, como los de destruir la mayor cruz del mundo. La ola que han contribuido a formar les arrasará, no lo duden, incluso a muchos de los que interiormente ya no se sientan Iglesia.

Porque, y como aterradoramente ocurre en todo el mundo, ¿qué duda cabe que muchos de nuestros obispos y sacerdotes han perdido la fé? De no ser así habrían, al menos, dejado oír su voz ante tamaño desafuero y el peligro aterrador que conlleva. Pero no, son congruentes con su espeso silencio ante el aborto, la ideología de género y la corrupción de todo tipo imperante entre su grey: ninguno ha sufrido por ello ni el más mínimo arresto o multa.

Desde luego no es que no cuenten con recibir mi diezmo, es que ni siquiera con mi presencia.

Duro problema el de buscar sacerdotes que de verdad lo sean y poder recibir de ellos los sacramentos sin estar interiormente dudado de si creen y son válidos sus actos, o luchando con los sentimientos de desprecio que generalmente producen por su actuación. Quizá la FSSPX sea el refugio.

En España es palpable la abominación desoladora, la gran tribulación del fin de los tiempos.

¡Que Dios nos asista por la intercesión de nuestros santos y mártires!

¡Que Dios de fortaleza al Prior del Valle!

Y, a los cobardes y traidores, se lo demande.