En 1903 nacía en una localidad india del entonces Imperio británico un niño llamado Eric. Instalado desde los dos años en Inglaterra, el muchacho creció y se hizo de izquierdas. Tanto, que a finales de 1936 se embarcó rumbo a España como voluntario de las Brigadas Internacionales. Destinado a Barcelona, fue enrolado en las milicias del POUM. Las primeras imágenes con las que se topó le fascinaron; sobre todo, el comprobar que casi todas las iglesias de la Ciudad Condal habían sido saqueadas y quemadas. De hecho, el propio jefe del POUM, Andreu Nin, se regocijaba a principios de agosto de 1936 —apenas dos semanas después del Alzamiento Nacional— de haber resuelto totalmente el problema religioso “yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”; una afirmación corroborada por el presidente de la Generalidad, Lluís Companys: al ser informado de que el monje claretiano Heriberto Negrín —hermano del socialista que fuera presidente del gobierno republicano— había podido refugiarse en Francia tras escapar de milagro de ser fusilado en Alicante por un grupo de anarquistas, no dudó en jactarse diciendo que “de esos ejemplares, aquí ya no quedan”. Lo cierto es que en mayo de 1937 se desató en Cataluña una guerra civil dentro de la Guerra Civil: los comunistas aniquilaron al POUM, acusados de trotskistas; y su líder Andreu Nin fue secuestrado, torturado y asesinado por la policía secreta soviética. Viendo las barbas de sus vecinos pelar, el idealista Eric puso las suyas a remojar; y en junio de ese 1937 abandonó España a toda prisa y hastiado por lo que había escarmentado de primera mano en el breve espacio de seis meses. Tras regresar a Inglaterra marcado por esa traumática experiencia, en la década siguiente pondría negro sobre blanco la realidad del totalitarismo comunista en dos obras inmortales: Rebelión en la granja y 1984, que Eric firmó con el seudónimo de George Orwell.

El próximo domingo se celebrarán las elecciones autonómicas y municipales más importantes de nuestra Historia más reciente. Dicha trascendencia radica en el peligro de que la izquierda más radical que hayan conocido estos santos pagos desde los años 30 del siglo pasado se pueda hacer con el control de todos los resortes del poder político y administrativo —Estado, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos—, tras haber ganado a finales de abril las elecciones generales. Así que, dentro de un par días, todos los que nos situamos a la derecha de comunistas y socialistas debemos acudir a las urnas para que nuestros votos se conviertan en el muro de contención frente a esa amenaza real que ahora mismo nos acecha. ¿Por qué?

Porque la izquierda es despilfarro. España cuenta con 350 diputados nacionales, 266 senadores, 1.248 parlamentarios regionales, 1.040 diputados provinciales y 67.515 concejales. Sumemos a eso los altos cargos, los puestos de libre designación, los asesores… Por si toda esa mareante cantidad de abnegados servidores públicos no fuera suficiente para hacernos una idea del pico por el que nos sale la broma, añadámosle las subvenciones a partidos políticos, organizaciones patronales y sindicatos, el entramado que compone el sector público empresarial, los cientos de organismos duplicados, las televisiones autonómicas… Y si aún pensáramos que ya no hay sitio para más dispendios, introduzcamos en ese cóctel un último engendro auspiciado desde la izquierda allá donde rasca bola: los miles de chiringuitos cuya razón de ser sólo viene motivada por cuestiones de índole ideológica.

Cuando desde posiciones liberales se propone una drástica bajada de impuestos a particulares y empresas, el socialismo y el comunismo saltan al unísono para lanzar una misma soflama: ya viene la derechona con los recortes. Y esa demagogia termina por calar en buena parte de la sociedad a través de los mensajes difundidos desde sus lacayos medios de comunicación, luego amplificados en la calle por performancesde batas blancas, camisetas verdes o gayumbos de sabe Dios qué color, que no persiguen sino defender con uñas y dientes unas prebendas individuales sufragadas con el dinero de quienes sacrificadamente se limitan a trabajar o a arriesgar su patrimonio en una aventura mercantil. Eso es la izquierda: gastar, gastar y gastar. Da igual en qué y el cuánto: ya vendrán los de siempre a pagarlo.

Porque la izquierda es paro. En los trece años y medio de felipismo, el desempleo aumentó en 1.356.000 personas, dejando una tasa de paro del 22,83 %; lejos quedó su promesa estrella en las elecciones del 82 de crear 800.000 puestos de trabajo. En los siete años y ocho meses de zapaterismo, la cifra de desempleados se fue hasta las 5.287.300 personas, esto es, 2.977.500 más de las que había encontrado a su llegada el siniestro ZP; la tasa de desempleo se duplicó igualmente, al pasar del 11,50 % en abril de 2004 al 22,56 % en diciembre de 2011. Ante el redomado fracaso de sus medidas laborales, la izquierda se saca de la chistera todo tipo de subsidios, ayudas y políticas sociales, obviando que la mejor política social en materia de empleo es que los ciudadanos tengan un trabajo; un trabajo que los dignifique como personas y que no les haga rehenes de un sistema que actúa como un auténtico cacique.

Mucho se ha hablado de las maletas que tuvieron y han tenido que coger miles de españoles en búsqueda de oportunidades fuera de nuestras fronteras. Sin embargo, en la década de los 60 ninguno de esos emigrantes perdía un solo minuto en encontrar cobijo en el paraíso comunista del Este de Europa; tampoco en el siglo XXI han desperdiciado un segundo en tantear la posibilidad de rehacer sus vidas en Corea del Norte, Cuba o Venezuela. Y es que, desde el punto de vista económico, resulta irrefutable que el socialismo y el comunismo abocan a las personas a una miseria extrema y perenne de la que es imposible salir. Sus regímenes están anclados en el feudalismo del que tanto abominan: se nace pobre, se muere pobre.

Porque la izquierda es corrupción. Con una perseverancia admirable, el PSOE se ha demostrado a lo largo de los años como una máquina de corrupción perfectamente engranada: Juan Guerra, Filesa, Malesa, Timexport, Urbanor, Ibercorp, Luis Roldán, ERE´s, cursos de formación, tarjetas black… Los comunistas podemitas tampoco se han quedado a la zaga en corruptelas, y en los escasos cuatro años que llevan tocando pelo en las instituciones son múltiples los ejemplos de nepotismo en la contratación de personal, decenas los casos de fragmentación artificial de la cuantía de los contratos públicos para adjudicarlos a dedo a empresas de amigachos sin necesidad de concurso e, incluso, alguna noticia ha habido sobre el cobro de pingües becas universitarias por quien no ha pisado un aula de investigación en su puñetera vida.

Cuando valores como el esfuerzo, la constancia y la paciencia no constituyen los cimientos de la progresión personal y profesional, la abulia, la desidia y la incuria acaban por apoderarse del individuo; y con la necedad por bandera, que le incapacita para apreciar las virtudes del prójimo, ese individuo acaba dando rienda suelta a su mediocridad urdiendo la rapiña de lo ajeno. Al fin y al cabo, desde posiciones socialistas y comunistas no puede reprochársele nada: el dinero público no es de nadie.

Porque la izquierda es hipocresía. Aunque a la progresía se le llena la boca hablando de libertades, la puesta en práctica de su ideario transforma el mismo en simple verborrea y papel mojado. Esa progresía alardea de situar la debilidad de la mujer como referente de sus reivindicaciones; pero, ¡ojo!, a ver de qué mujeres estamos hablando, ya que es silente cuando agreden a una joven que porta la camiseta de la selección española, enmudece cuando escrachan a una candidata de otro partido o, directamente, ríe las gracietas de quien azotaría hasta sangrar a una periodista. Esa progresía encabeza las demandas del colectivo LGTBI; pero, por lo visto, sólo las de unos pocos de sus miembros, porque no se le oye levantar la voz por los homosexuales que apalean en Cuba, ni por los que cuelgan de una grúa en Irán ni por los que lapidan en Arabia Saudí. Esa progresía dice ser aliada de la causa de los más desfavorecidos; pero, allá donde gobierna, los más desfavorecidos continúan siendo los más desfavorecidos, aunque tranquilizados con el consuelo de tontos de que su número se ha multiplicado. Esa progresía da pomposa bienvenida a los refugiados; pero, una vez aquí, los refugiados bienvenidos son abandonados a su suerte, en espera de que la Iglesia despliegue sobre ellos su caridad. Esa progresía se pone del lado de los desahuciados; pero no se conoce a ningún progre que ofrezca a los desahuciados una habitación de sus casoplones para evitar que duerman a la intemperie. Esa progresía protege y ampara a los okupas que allanan una propiedad privada, sin importarle la situación en la que quede su legítimo dueño; pero que ni se le ocurra a un okupa pisar la casa de un rojo. Esa progresía demoniza al empresario como causante de la explotación del obrero; pero sabemos de algún comunista reconvertido en empresario que se salta a la torera los derechos de sus asalariados y no malgasta la batería de su silla en acudir a la Seguridad Social a darles de alta. Esa progresía nos avasalla ponderando la necesidad de un modelo de sanidad universal que dé servicio a todo aquel que requiera su uso, contribuya o no a su sostenimiento; pero, a la hora de la verdad, se va a parir a los hospitales privados más caros del mundo, porque el modelo de sanidad universal que preconiza ha supuesto el colapso de los centros médicos. ¡Bah!: las colas y las camas en los pasillos que se las coma ese cabrón burgués que, después de ser esquilmado a impuestos para pagar entre otras cosas esa sanidad universal, no tiene ahorrado el suficiente dinero como para ir a un hospital privado.

A la izquierda le fluyen por los cuatro costados las referencias a lo público como sinónimo del summumde los logros que una sociedad puede alcanzar. Pero, levantado el velo del postureo, enseguida se desenmascara el fraude encerrado tras esa patraña. En nada como en la educación se aprecia mejor que el fin postrer de ese ardid no es más que el ánimo de coartar la libertad de las personas. Detrás de los parabienes con los que la progresía dominante adorna la educación pública, en realidad lo que se esconde es su voluntad de prohibir la educación concertada y privada; de ese modo, desterrada la capacidad de los padres de poder elegir el tipo de enseñanza que quieren para sus hijos, el Estado se garantiza el monopolio de adiestrar las conciencias de los niños. Ésa ha sido, y es, la quimérica pretensión del socialismo y el comunismo: moldear a su antojo la mente de sus súbditos, que en eso desea ver mutados a los habitantes sobre los que extiende sus zarpas.

Porque la izquierda es guerracivilismo y enfrentamiento. En 2007, Zapatero se sacó de la chistera una Ley de Memoria Histórica que indispone a los españoles ochenta años después de haber terminado un cruento conflicto fratricida cuyas heridas estaban ya cerradas. Se trata de una norma totalitaria que ofrece una sola versión interesada de aquel horrendo suceso y que pretende acallar a quienes disienten de la visión que en ella se quiere imponer; un proyecto liberticida que habla de la sublevación fascistade 1936, pero que omite los golpes de Estado dados por la izquierda en diciembre de 1930 contra el régimen monárquico de Alfonso XIII o en octubre de 1934 contra el gobierno legítimo republicano de la CEDA; una maquinación sectaria que condena la represión franquista, pero que oculta las chekas, los asesinatos en masa y la mayor persecución religiosa habida desde tiempos de los romanos; y, en definitiva, un plan cainita que sitúa a la mitad de un país en el punto de mira de la otra mitad.

Cuando, en lugar de apostar por el olvido y la reconciliación como hicieran nuestros abuelos, un gobernante quiere remover lo peor del pasado de una nación, no cabe duda de que ha sucumbido ante unas pulsiones que debería controlar por razón de su cargo y de que ha caído preso de una gravísima irresponsabilidad. La pena es que la izquierda gusta de esas hostilidades, en las que se mueve como pez en el agua, y no encuentra otra justificación de su existencia más que en el enfrentamiento. Obsoleto su argumentario decimonónico de presentar la lucha de clases como motor de la Historia, en plena era digital nos viene ahora a implantar la batalla de sexos con unas leyes de género que colocan a media población en el disparadero por el mero azar biológico de haber nacido con un determinado cromosoma en el par 23. ¡Basta ya de tanta podredumbre moral y pónganse de una vez a trabajar por aquellas cosas que hagan avanzar de verdad a la Humanidad!

El pueblo español aún está a tiempo de remediar en parte el desaguisado que se nos viene encima durante los próximos cuatro años. Ha de ser consciente del difícil momento histórico en el que estamos inmersos y obrar en consecuencia, pues de nada servirán los lamentos posteriores. George Orwell se dio cuenta tarde de lo que era la izquierda; pero, a su manera, supo rectificar y dejó constancia escrita del verdadero espíritu que encierra esa ideología. Confiemos en que, de entre los millones de compatriotas llamados a las urnas el domingo 26 de abril, no tenga que surgir nadie que en la siguiente década haya de poner negro sobre blanco nuevamente los desmanes del socialismo y el comunismo. Muy mala señal sería.

Así que, para evitarlo, todos los que nos situamos a la derecha del rojerío progre, dejémonos de vacilaciones y vayamos dentro de dos días a votar con decisión. ¿A qué partido? Ahí, cada cual que elija libremente. Y si alguien todavía alberga alguna duda, que le sirva de guía este modesto artículo: a quien promueva en su programa la reducción del gasto público; a quien incentive la cultura del esfuerzo y la bajada de impuestos como medio de favorecer el empleo; a quien, a día de hoy, esté libre de corrupción; a quien es coherente con lo que dice, con indiferencia del lugar donde lo exprese; y a quien apuesta por la derogación de las leyes de memoria histórica y de género. Pues eso.