La guerra de Marruecos, tan decisiva para entender eventos históricos ulteriores. España se quebró en dos. La denominada “cuestión marroquí” fue asunto axial de nuestro quehacer cotidiano entre 1909 y 1927. Las posturas oscilaban entre los nostálgicos de pretéritas glorias imperiales y aquellos que desatendían esa España legendaria y quijotesca, vindicando mayores dosis de realismo y la razonable consolidación de España como un Estado moderno con mayor tendencia hacia la autocrítica. Muchos fueron los intelectuales que expusieron sus análisis sobre el particular. La mayor parte de los escritos de intelectuales se concentran también en estos momentos. Unamuno, Maeztu, Ortega y Gasset o Jacinto Benavente, tenían un conocimiento indirecto y bastante limitado de la realidad marroquí, por lo que sus análisis se pueden considerar más como simples opiniones que como el trabajo de versados sobre el particular. Es por ello, que fueron los Noel, Ciges Aparicio, Giménez Caballero o Díaz Fernández los que a través de sus obras nos han dejado los mejores y más penetrantes análisis de las campañas de Marruecos, con especial atención a su problemática social y a sus consecuencias para aquellos que tuvieron que sobrellevarlas directamente.

 

Estos cuatro últimos ofrecieron las elucubraciones más precisas sobre la agónica trama marroquí. Eugenio Noel escribe una obra apasionante, Notas de un voluntario. Publicada en 1910, tras la masacre del Barranco del Lobo y la semana trágica de Barcelona. Una obra fajada con reportajes periodísticos hiperrealistas y una poderosa propensión a la denuncia sociopolítica. Manuel Ciges Aparicio emprende un camino similar. Su Entre la paz y la guerra denuncia abruptamente la ineficacia española en el protectorado marroquí y los desgarros humanos que toda contienda bélica provoca. Ambos autores, al contrario que otros, golpean el núcleo del sistema. Por ejemplo, el antibelicismo va unido a un sólido y potente antimilitarismo que se engarza a la sórdida tercera pata del mezquino trípode: el anticolonialismo. Pocos autores osaron censurar el colonialismo, y su primo hermano, el imperialismo, con la rotundidad y vehemencia de ambos autores.

 

 

Sangre, barro, mierda, la guerra, en definitiva

 

La sangría no se detenía. Los picos de interés surgían tras sendos desastres. El antedicho Barranco del Lobo y la hecatombe de Annual. Los apoyos cada día eran menores. Nuestra presencia en tierras africanas se barruntaba irrelevante. Las belicosidades de, por ejemplo, Azorín, cuando afirmaba que “estamos en tiempos de guerra, nada hay más alto, más supremo, que la fuerza” se antojaban ridículas ante el españolito pobre que era masacrado contra su voluntad en una guerra sin sentido o ante el elevadísimo coste para una Hacienda pública cada día más achicada y despilfarradora. Los ripios exaltados, henchidos de enfático colonialismo, de Ramiro de Maeztu cuando escribía que “la guerra de África es una guerra colonial, es decir, civilizadora de un pueblo atrasado y para todo hombre de sentido histórico no habrá guerras más justificadas que las coloniales, pues merced a ellas ha sido posible llevar los bienes de nuestra civilización por toda la faz de la tierra” repiqueteaban como auténticas flatus vocis ante las ingentes sacas de soldaditos que regresaban a la patria para que la tierra se transformase en su postrer sudario.

 

Finalmente, se apunta al gran responsable: Alfonso XIII. Blasco Ibánez, por ejemplo, lo señala como directo instigador del atolladero marroquí, “la guerra más incomprensible y absurda que se conoce en la historia”. Alfonso XIII y su hidra caciquil, tocados. Pertinentemente. Besteiro en el Congreso lo borda: “España no es la que ha ido a Marruecos, a Marruecos ha ido la monarquía española, ha ido el Rey, nosotros no”. La faena obstructiva de algunos ministros y jueces no llegó hasta el final de las responsabilidades políticas e incluso del propio rey, que según algunos había animado el insensato ataque del general Silvestre hasta puntos retirados de Melilla sin contar con una protección adecuada en la retaguardia. No hay más cera que la que arde. Poco antes de que el Informe Picasso, tímido intento de depurar alguna responsabilidad, saliese a la luz, Primo de Rivera “salvaba” a la patria el 13 de septiembre de 1923.

 

 

Protofascismo literario

 

Posteriormente, surgen dos relatos agudísimos y esplendentes. El mejor, El Blocao de 1927. En esta novela José Fernández Díaz nos habla de dolor, sangre, baba, horror, bilis, soledad y demás porquería moral que toda guerra supura. La épica patriotera por los suelos, las compañías mineras zascandileando, el generalato corrompido por todo tipo de componendas. Mientras tanto, la soldadesca muere absurdamente.

 

Por último, el eminente escritor falangista, Giménez Caballero, da en la diana. Notas Marruecas. Los militares y los políticos, merecidamente degradados, responsables primeros y últimos de la enajenación norteafricana. La oficialidad - inanes patriotas, pútrido ente, ímprobos sinvergüenzas - interesada tan solo en perpetuar el conflicto para trincar y trepar. Junto a Luys de Santamarina con su Tras el águila del César y Francisco Franco, a la sazón futuro autócrata de nuestra patria, con Diario de una bandera, proporcionan indicios de lo que sería el discurso oficial de la Falange y del régimen franquista. El turbador culto de la acción, la glorificación de la muerte, el amor patrio incondicional, la mentalidad expansionista, la exaltación de lo vital, la biología aplicada a la política, la exaltación acrítica de la tradición o la reverencial pulsión de amor inquebrantable hacia el Estado como si fuera un padre putativo acompañan un discurso que tiene pretensiones épicas y que se apuntala en una intertextualidad erigida con textos del Siglo de Oro, entre otros.

 

 

Aciagas derivas

 

Una España cada vez más virulenta, despiadada y quebrada en dos mitades cada vez más irreconciliables. La guerra como cortina de humo ante problemas realmente indignantes. El mantenimiento de una falsa hegemonía internacional (ya definitivamente cuarteada con la pérdida de las últimas colonias de ultramar). Ridículas investigaciones que nunca puntean a los verdaderos culpables de los hechos. La perpetua (y risible) pretensión de que los españoles necesitamos “cirujanos de hierro” para sanar nuestros males. Hasta hoy. Corolarios, entre otros, que afligen sin cesar a los españoles casi un siglo después. En fin.