En tiempos convulsos es imprescindible hacer acopio de serenidad de ánimo para proponer y acometer soluciones adecuadas, permanecer en las quejas y el descontento, sin actuar de forma valiente, necesariamente nos aboca al caos.

 

El primer Canciller de la República Federal Alemana, Konrad Adenauer, decía en 1949: “Hemos de integrarnos en Europa para defender un estilo de vida basado en un estilo cristiano y humano del mundo y compartir nuestro destino con los pueblos que mantengan los mismo principios”.

 

Lo que entonces se iniciaba como una Unión armonizada sobre la base de los principios de nuestra civilización, aceptados por el conjunto de la población europea y con vocación de permanencia para las generaciones siguientes, por desgracia ha degenerado en un conglomerado de intereses contrapuestos, que no sabe cómo dar respuestas medianamente coherentes a los problemas, y que, en lugar de generar confianza de cara al futuro, a todos nos confunde y preocupa. Cada vez es más evidente que las decisiones que se toman en Bruselas responden y complacen a la presión de unos grupos concretos y totalmente dominantes.

 

Si los padres de la Unión Europea, Adenauer, de Gasperi, Schuman y Monnet, Churchill, etc, viesen ahora el aquelarre en que se ha convertido, pensarían que lejos de avanzar en cultura y civilización, hemos retrocedido al último siglo del Imperio Romano, cuando ya la degradación y la desidia se habían extendido como plagas, desde el Capitolio y el Senado romanos hasta todos los confines del Imperio de Occidente. Roma había ido decayendo paulatinamente, sin que la mayoría de los ciudadanos del imperio fueran conscientes de que su apego a la comodidad, su degradación moral, su hedonismo, su autocomplacencia, les estaban conduciendo a su definitiva caída.

 

Podríamos echar la culpa a los hunos, a los vándalos, a los suevos,, a los burgundios, a los ostrogodos y al resto de pueblos bárbaros que se fueron asentando en amplias zonas del Imperio, pero Roma cayó desde dentro por su debilidad interior mucho más que por la culpa de Odoacro y sus hérulos. La plataforma One of Us, presentada en París el pasado sábado, 23 de febrero, y respaldada por más de trescientos intelectuales, y cuyo Presidente es Jaime Mayor Oreja, era una imperiosa necesidad y hay que acogerla con esperanza. Se necesitaba que pensadores, profesores de universidad y personas de reconocido prestigio, se reuniesen para volver a crear un armazón de pensamiento, basado en la lógica griega, en el derecho romano, en la dignidad del ser humano, en la protección de la vida, desde la gestación hasta los últimos días, para influenciar en nuestro Derecho Positivo y que éste sea una verdadera herramienta que garantice la protección de las personas individuales frente a los abusos y facilite la convivencia. Cuando confundimos (como está ocurriendo desde hace años) los valores trascendentes al individuo con nuestros intereses inmediatos, o bien con las conveniencias de un partido político concreto, las leyes se alejan del objetivo del bien común y se acaba legislando para favorecer a unos en detrimento de otros. Todo privilegio es generador de injusticia y de agravio comparativo.

 

La Unión Europea tiene que reconstituirse a partir de unos principios lógicos, recuperar algo tan elemental como el sentido común. Hay que debatir sobre muchos temas con argumentaciones valientes, no podemos permanecer en la pasividad, la debilidad y la cobardía, aceptando el aborto, la eutanasia y la ideología de género, a modo de dogmas indiscutibles, sopena de aceptar una dictadura de pensamiento único a nivel continental, y eso sería una nueva forma de esclavitud, en la que solamente se nos permitiría elegir cada cinco años el nombre de los capataces. Europa se irá regenerando en la medida que las personas recuperen la conciencia de su origen y el punto al que se dirigen distinguiendo correctamente entre el bien y el mal.

 

En este sentido, viene al hilo el último párrafo del libro “La guerra civil europea”, (1914-1945), del profesor José Luís Comellas, que literalmente dice: “Europa puede haber olvidado su espíritu y ese olvido puede considerarse la mayor —y tal vez a la postre la más trágica—de sus derrotas”