Fernando Paz es una rara avis, un exiliado del Siglo de Oro al que los naipes de Cronos le hicieron nacer en la decadencia de España, en el largo bostezo de la opulenta pereza de un pueblo que asume sin rechistar el insulto permanente de la izquierda, la adocenada cobardía de la derecha y la Leyenda Negra como el valor supremo de la bisutería intelectual que lo ha estabulado en los rediles de la corrección política y de la claudicación nacional. Fernando Paz se ha sublevado siempre contra ese fariseísmo que abomina de la Patria, encadena la libertad con los grilletes de la ignorancia e infecta la democracia como una venérea. Por eso tratan de ejecutarlo civilmente en sus circos mediáticos con sus pócimas de evanescentes mentiras, mutiladas verdades y ponzoñosos pasados desfigurados, inventados, prefabricados en sus factorías de forraje progre.

 

Fernando Paz está hecho de cultura y valentía. Por eso le temen. Su voz tiene la solidez de los cimientos de la Historia y es capaz de espabilar al español dormido que limita el ámbito de su furia y de su rebeldía al sofá de su casa sin más meta que un grito sin propósito, cuando un cretino con acta de diputado vomita una villanía en la pantalla de la tele. Por eso le temen. La voz de Fernando Paz, como las piedras de El Escorial, trenza argumentos y construye discursos que convierten el atavismo dormido en el alma del pueblo español en voluntad de ser y en fortaleza moral para hacer. Para hacer España con la seda vieja de sus antiguas banderas y el oro de aquel siglo del que Fernando Paz fue exiliado por Cronos, para hacernos entender a todos que el oro no era, no es, un metal precioso sino la voluntad del pueblo español. Basta con oír a Fernando Paz para entenderlo. Por eso hay que hacerle llegar al Congreso de los Diputados.