Desde que en 1978 se aprobó la nefasta Constitución que padecemos, España se está deslizando por una rampa que la lleva a su destrucción. Ese descenso ha sido continuado, en algunos periodos con menor pendiente (bajábamos más despacio) y en otros, como el que enfrentamos ahora con el canalla de Sánchez y sus secuaces, con fortísima pendiente que nos hace caer a toda velocidad; pero siempre en la cuesta abajo.

Esa caída se manifiesta en una pérdida total de valores y de principios (una sociedad que, por ejemplo, considera algo normal e incluso conveniente que se asesine todos los años en España a más de 90.000 inocentes en el seno materno); en un empobrecimiento moral generalizado en el que la corrupción, la mentira, la deslealtad y la traición campan a sus anchas; en un ataque continuado a nuestra Cultura, a nuestra Tradición y a nuestra Historia, deformando nuestras gestas históricas más sobresalientes y vilipendiando a los más ilustres españoles que las protagonizaron; en un individualismo, un materialismo y un hedonismo desenfrenados que corroen los cimientos de la convivencia; en una secularización acelerada que ya se empieza a traducir en ataques a la Iglesia Católica, a sus lugares de culto y a sus fieles; en una progresiva destrucción de la unidad de la Nación, no ya sólo desde el punto de vista de la unidad territorial –que llegará si no lo remediamos–, sino mediante la artificial e injusta desigualdad de deberes y derechos entre los españoles según vivan en una u otra región; en una crisis demográfica sin precedentes, con una tasa de natalidad por debajo de la de reposición y en la que los hijos de ciudadanos no nacidos en España son amplia mayoría, con el impacto que eso tiene en nuestras costumbres y nuestra forma de vida; y tantas otras patologías propias de una Sociedad y una Nación gravemente enfermas.

Las dos organizaciones mafiosas disfrazadas de partidos políticos que nos han gobernado desde 1982 o no lo han querido ver (el PP) o lo han propiciado (el PSOE) por coincidir al pie de la letra con su hoja de ruta. En una alternancia diabólica, y con el señuelo permanente de la política económica y en particular de la política fiscal, que al parecer es lo único que importa a los españoles, unos no han hecho nada por evitar la caída y los otros han hecho todo lo posible por acelerarla.

Ahora nos encontramos en un escenario inédito. Por un lado, con la irrupción de Vox, tercer partido en número de escaños apoyado por al menos 3,6 millones de españoles, existe por primera vez una fuerza patriótica y social con fuerte presencia en las instituciones dispuesta a no dejarse llevar por la corriente del pensamiento único socialdemócrata y marxista y a hacer todo lo que sea necesario para parar ese declive. Por otro lado, y por primera vez desde 1936, existe un riesgo real de que se haga con el poder una coalición de socialistas y comunistas con el apoyo imprescindible (y las consiguientes contrapartidas) de independentistas, golpistas y terroristas cuyo único objetivo es destruir España. Salvo unas terceras elecciones, muy improbables y cuyo resultado –desgraciadamente– no parece que fuera a cambiar sustancialmente el mapa político resultante del 10-N, la única alternativa sería un gobierno del PSOE en minoría con el apoyo del PP, de los restos mortales de Cs, del PNV y de los pocos diputados de los partidos regionalistas moderados.

Si esta última fuera la solución, probablemente seguiríamos en esa rampa maldita por la que venimos cayendo desde 1978, con los ciudadanos narcotizados (si no idiotizados) pendientes solo de la cifra del desempleo, del tipo marginal del IRPF, de la milonga del “cambio climático” (sic), de los “me gusta” que reciben las estupideces que cuelgan en sus redes sociales … y de las procacidades de los descerebrados que ahora llaman “famosos” y que torturan día y noche a los que les siguen a través de las cadenas de TV. Llegaría un día en que la sociedad esté tan podrida que ya no haya marcha atrás; y ese día está cerca.

Hay ocasiones en las que las cosas se tienen que poner muy, muy mal, estropearse mucho, para que empiecen a arreglarse. Así, por ejemplo, después del caos y la anarquía revolucionaria de la II República, cuando España estuvo a punto de desaparecer como tal, se vivió uno de los periodos de progreso, bienestar y convivencia en paz más notables de nuestra historia, terminando con 150 años de declive y autodestrucción. ¿Y si estuviéramos ante una situación de ese tipo?.

Si finalmente gobierna el “Frente Popular 2.0” los españoles van a sufrir en vivo y en directo lo que significa estar gobernados por una coalición de socialistas y comunistas: empobrecimiento general, afectando en mayor medida –como siempre– a las clases más desfavorecidas; corrupción generalizada, nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora (que ya es suficientemente escandaloso); destrucción de lo que conocemos como “Estado de Derecho” que incluye, entre otros, supresión de la separación de poderes y de la independencia judicial; perdida de las libertades individuales, convirtiéndonos todos en simples “proletarios”, individuos indiferenciados que sirven a la élite gobernante (la URSS, Cuba, Venezuela, Ecuador, Corea del Norte, Eritrea y tantos otros países destruidos por el marxismo son modelos claros de lo que nos esperaría); persecución a los católicos y a cualquiera que no trague con su ideología y no comparta sus funestos propósitos ; creación de un “estado policial”, con comisarios políticos para controlar a la población, en el que los padres acaban delatando a los hijos; ataques a la propiedad privada (nacionalizaciones, expropiaciones injustificados por un inexistente “interés público”, régimen fiscal confiscatorio, etc.); ataques a la Vida (desde la concepción hasta la muerte natural) y a la Familia; y tantos otros atropellos ya vividos en las numerosas “Repúblicas Socialistas” que han asolado países enteros desde principios del siglo XX. Los que apoyan a ese posible gobierno social-comunistas y a los partidos que lo formarían, y los que sin apoyarlo se desentienden cobardemente de lo que está pasando en España, iban a sufrir en sus propias carnes las “bondades” de un gobierno bolchevique como el que, si nadie lo evita, se nos viene encima. Después de dos, cinco o diez años de esclavitud y miseria quedarán vacunados para otro medio siglo de esos experimentos revolucionarios y trasnochados que tanto dolor y tanta desgracia han traído a los que los han sufrido, y probablemente sirva para que el sentido común, la dignidad y el sentido de autodefensa hagan reaccionar a las personas sensatas, sea cual sea su ideología, para terminar con esta situación de suicidio colectivo.

Sin embargo, hay mucho que perder con este “experimento”. Pagarán justos por pecadores, viendo arruinada su vida muchas personas que jamás han apoyado a esta pandilla de delincuentes que están a punto de hacerse con el gobierno de la Nación; España probablemente se romperá, permitiendo que vascos, catalanes y –quien sabe– gallegos, valencianos y baleares se marchen de esta casa común que se construyó hace más de 500 años y que nuestros antepasados se han empeñado en conservar a base de esfuerzo y sacrificios; el patrimonio artístico, histórico y cultural sufrirá daños irreparables; varias generaciones de españoles padecerán las consecuencias de políticas económicas equivocadas y demostrablemente erróneas que los empobrecerán durante lustros o décadas; etc. Y, sobre todo, en cuanto esta chusma se haga con el poder existe una alta probabilidad, como ha ocurrido en tantos países, de que saltándose a la torera toda la legalidad vigente se perpetúen en el poder por medios absolutamente antidemocráticos.

Si, puede existir la tentación de dejar de luchar, de permitir que los inconscientes y los malvados que todavía defienden a ese probable gobierno bolchevique sufran en sus carnes las consecuencias de su locura, pero no sería una buena solución. Pero si finalmente triunfa la banda de facinerosos que están empeñados en destruir España no debemos tirar la toalla: después de la tormenta siempre llega la calma y cuanto más duro y destructivo es el temporal, más fuertes son los que sobreviven a la catástrofe. No hay mal que por bien no venga.

Aunque la “tripas” me dicen que ya va siendo hora de que esos progres de pacotilla prueben su propia medicina, el cerebro me impulsa a desear que el sentido común impere y evitemos la catástrofe que supone el “Frente Popular 2.0”. Pero si finalmente el maligno triunfara y los Sánchez, Iglesias, Junqueras, Otegui y compañía llegaran al poder no debemos desesperar, perderemos mucho en el camino pero, tarde o temprano, VOLVERÁ A REIR LA PRIMAVERA: Vox y sus 3,6 millones de seguidores son una luz al final del túnel.

Aquí no se rinde nadie.