En el siglo ii a. C., Catón el Viejo tenía tan claro cuáles debían ser los objetivos de la República romana que no se escondía a la hora de concluir siempre sus discursos ante el Senado con la misma frase: Ceterum censeo Carthaginem esse delendam, que también nos ha llegado a nuestros días con la más corta Carthago delenda est; sea como fuere, es obvia la voluntad que tenía aquél de arrasar a su secular enemigo. Como no podía suceder de otra forma, finalmente terminó por desencadenarse la tercera y última de las guerras púnicas que enfrentaron a romanos y cartagineses, cuyo colofón fue la destrucción total de Cartago.

Desde la Transición se viene produciendo en la política española un fenómeno digno de ser premiado con la Mejilla de Oro, ese estúpido galardón por cuya obtención sus aspirantes se desviven con desmesurada fruición. A lo largo de estas cuatro décadas, la derecha no se ha cansado de pedir perdón por el simple hecho de respirar por la nariz, pues tiene interiorizada cual perro de Pavlov que respirar por la nariz es de fachas. Que a un cobarde acomplejado le llamen facha es lo peor que le puede pasar en la vida, de ahí que —antes incluso de recibir el abominable calificativo— se adelante a implorar su admisión en el redil de lo políticamente correcto mostrando sus credenciales antifascistas, que en España tiene una variante aún más visceral: el antifranquismo.

Esclafado en su poltrona del Ministerio de la Oposición, Fraga se apresuró a desmarcarse de aquel ogro que un día se bañara en la playa de Palomares. Haciendo gala de una gran perspicacia, acogió en su seno como segundo de a bordo a Jorge Verstrynge, quien acabaría saliéndole rana y siendo sustituido por otro dechado de virtudes: Alberto Ruiz-Gallardón. Con el transcurrir de los años, la otrora ininteligible jerga empleada por don Manuel fue mutando a un gallego lentejero, esa célula básica del adoctrinamiento independentista servida como menú del día en las escuelas galaicas sin posibilidad de plato alternativo. 

Después de catorce años de latrocinio socialista, Aznar alcanzó el poder en 1996. Ha sido, sin duda, el mejor presidente de nuestra democracia. Pero su mandato también tuvo sus sombras: por su repercusión ad futurum, la peor de ellas es que renunciara a la defensa de España en Cataluña cuando —emulando el pasaje bíblico protagonizado por Herodes y Salomé— ofreció a Pujol una bandeja con la cabeza de Vidal-Quadras. Eran los tiempos en que el insignificante español había sido desplazado en la intimidad por el universal idioma catalán.

Tras su segunda derrota electoral en 2008, Rajoy decidió pasar unos diítas descansando en México —se desconoce aún si estuvo hospedado en el Resort Mandil, el Hotel Escuadra o la Pensión Compás—. A su vuelta no tardó en convocar un congreso en Valencia, a resultas del cual cursó invitación para que todo aquel liberal o conservador que lo desease se marchara, respectivamente, al partido liberal o al partido conservador. Su último gran acto de servicio a la Patria fue irse a su casa un lunes, en lugar de haberlo hecho el jueves inmediatamente anterior. Los casi tres lustros que estuvo al frente del cañón pepero han sido la etapa dorada del arriolismo, ese valiente y leal millonario, apóstol del perfil bajo, dispensador de excusatios non petitas y propagador del extremocentrismo. El caso es que quien fuera el registrador de la propiedad más joven de España también opositó para ganarse un lugar en nuestra milenaria Historia, y a fe que obtuvo plaza… Comparte destino con Fernando VII.

El último en coger las riendas del Partido Popular ha sido Pablo Casado. Por lo visto, tuvo que pasarlo fatal mientras desempeñó la portavocía de esa nada que ahora preside —como cantara Miguel de Molina, son las cosas del comer— y hogaño intenta recuperar un discurso que no se cree ni su progenitor. Por cierto, hablando de su familia, poco tardó en proclamar a los cuatro vientos las represalias sufridas por su abuelo materno durante la oprobiosa Dictadura. Tantas sufrió que a los dos años de acabada la Guerra Civil ya se encontraba paseando por las calles de Palencia, donde pudo retomar su trabajo como médico montando una clínica privada de éxito junto a un hermano y otro facultativo republicano. No podrán contar un final tan feliz quienes dieron con sus huesos en alguna de las innumerables checas que el sindicato al que pertenecía el yayo en cuestión —la UGT— tenía desplegadas durante la contienda fratricida a lo ancho y largo de toda la zona roja.

Cuando defender unos principios se supedita al qué dirán de mí en la Sexta o al resultado del próximo CIS, la consecuencia acaba siendo que te has convertido en una mera comparsa de un sistema podrido. Por suerte, en los últimos años quienes no se sienten culpables de haber mordido fruta prohibida alguna han visto surgir una nueva fuerza desprovista de pecado original. Con su programa político, Vox ampara a ese amplio sector poblacional que no tiene complejo en ser quien es y en venir de donde viene; que desea ver respetada la integridad de su Patria, sus símbolos, sus instituciones, sus tradiciones y sus fronteras; y que aplaude cuando comprueba que valores como la seguridad jurídica, el orden público o el esfuerzo personal son propuestos como pilares de una sociedad de la que forma parte y a la que contribuye a través de sus impuestos.

En estos difíciles momentos por los que atraviesa nuestra Nación, la derecha sociológica se agarra al clavo ardiendo de Vox sabiendo que el partido liderado por Santiago Abascal no permitirá que a España —como ocurriera con Cartago hace veintitrés siglos— se la señale con el dedo destructor de izquierdistas, separatistas y terroristas.