En las corridas de toros, al abrirse la puerta de chiqueros el morlaco sale con toda la bravura que lleva acumulada en su interior para desfogarla contra lo primero que se le ponga delante de sus ojos. Dicho lance preliminar de la faena que instantes después se lidiará encontró una excepción a principios del siglo XX, cuando se popularizó una suerte que dejaba al animal descolocado, pues al poco de encarar el centro del coso el astado se topaba con una mole blanca e inmóvil alzada sobre un pedestal que anulaba todo el ardor guerrero de esa unidad de infantería de 500 kilos. Esa mole blanca e inmóvil no era otra cosa que un personaje conocido como Don Tancredo, y tal era la gracia del protagonista del espectáculo: demostrar su valor no haciendo nada.

 

Las elecciones generales al Congreso de los Diputados parten de considerar como circunscripción electoral la provincia (artículo 68.2 de la Constitución Española) y se rigen por el sistema proporcional con la variante D´Hondt, cuyo funcionamiento práctico se recoge en el artículo 163.1.c) de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG): “Se divide el número de votos obtenidos por cada candidatura por 1, 2, 3, etcétera, hasta un número igual al de escaños correspondientes a la circunscripción, formándose un cuadro. Los escaños se atribuyen a las candidaturas que obtengan los cocientes mayores en el cuadro, atendiendo a un orden decreciente”. Contra lo que algunos todavía creen, los males que aquejan a nuestro sistema electoral no proceden de esta Ley D´Hondt, sino de que la circunscripción sea provincial: ello se traduce en que el voto de los españoles no valga lo mismo en virtud de donde vivan, así como en la hipertrofiada representación de los partidos regionalistas y separatistas en la Cámara Baja.

 

En los primeros años de la democracia, era uno sólo el partido que acudía a los comicios nacionales con posibilidades reales de ganarlos. Así sucedió en 1977 y 1979 con la UCD, y en 1982, 1986 y 1989 con el PSOE. En 1993 tuvo lugar por primera vez una lucha encarnizada entre las dos ganaderías que desde entonces se han repartido la presidencia de esta plaza que es España. En aquel par de carteles míticos colgados en la Maestranza de Antena 3 y la Monumental de Telecinco con un mano a mano entre Felipe y Aznar, el socialista sacó a relucir todo su repertorio pesado, convirtiendo la arena en un lodazal con su característica verborrea vacua. El caso es que su mantra advirtiendo de que venía la derechona a dejar sin pensiones a los viejecitos, sin subsidios a los parados y sin derechos a los trabajadores cuajó, y González pudo así alargar tres años más su estancia en la Moncloa.

 

Tuvo que llegarse a 2015 para que los partidos hegemónicos le vieran los cuernos al toro y se sintieran amenazados por otras formaciones que les pudieran hacer cortarse la coleta y perder la montera, la muleta y hasta el capote con los que se habían vestido de lujosas luces goyescas durante cuatro décadas, aunque finalmente pudieron sortear el temporal. Sin embargo, no parece que vayan a salirse de rositas en 2019: quien más ha entendido en esta precampaña que le ha llegado la hora de la verdad ha sido el PP, que no ha dudado en encerrarse tras el burladero del miedo y alertar al ingenuo votante sobre la inutilidad de dar la alternativa a opciones que no sean la suya propia —una alusión nada velada a VOX—, amparándose para ello en la supuestamente compleja aplicación de la Ley D´Hondt.

 

Habrá que explicarle a Pablo Casado y a toda su cohorte de palmeros con dos ejemplos muy sencillos que votar a VOX no sólo es apostar por unos principios que ni por asomo van a ser defendidos por el PP, sino que además puede producir el efecto contrario al que pregona el no ha mucho portavoz del marianismo sorayesco:

1.- Imaginemos una circunscripción donde se eligen 3 escaños y en la que se presentan otros tantos partidos: el A, el B y el C (siendo el B y el C de tendencia similar). El partido A obtiene 90.000 votos; el B, 60.000; y el C, 50.000. En este caso, cada partido se adjudicaría un escaño por barba, de acuerdo con el cuadro siguiente que resume el art. 163 de la LOREG:

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Se observa aquí que decidirse por otro partido (el C) no merma los resultados de uno de los bloques en contienda (el constituido por B y C), sino que entre ellos se han repartido 2 escaños que —quizás, y sólo quizás— hubieran ido a parar exclusivamente al partido B en caso de no concurrir el C.

  1. Pensemos a continuación en la misma circunscripción y los mismos partidos, pero con una distribución distinta de los votos, pues a última hora al 10 % de los votantes del partido C les ha calado el discurso del miedo y han decidido apostar por el partido B. De manera que el partido A sigue obteniendo 90.000 votos; el B, 70.000; y el C, 40.000. En este supuesto, el partido A se haría con 2 escaños y el B con 1:

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Por tanto, en el segundo ejemplo se aprecia que la estrategia del susto se transforma justamente en lo opuesto a lo que nos han vendido que se iba a alcanzar: aglutinar unos cuantos votos en un solo partido no siempre implica más escaños para ese partido, sino que puede darse el caso de que recaigan en el adversario.

 

Y para que no se tilde de demagógica la anterior explicación, baste con hacer una tabla Excel y extrapolar los resultados de las elecciones andaluzas de 2018 a las generales de 2019: el triunvirato PP-Ciudadanos-VOX ganaría un escaño respecto a las últimas generales de 2016, justo el escaño que perdería la sociedad PSOE-Podemos. Así que, en realidad, el problema de quien pone el grito en el cielo anunciando el apocalipsis que se nos viene encima con la disgregación del voto es otro: que con el nuevo escenario electoral va a ver enormemente reducida su cuota de poder. Siguiendo la referida extrapolación, al PP se le esfumarían 8 diputados y al PSOE 1, que recogerían VOX (5) y Ciudadanos (4).

 

El hecho de que durante un tiempo esa táctica les hubiera reportado éxito a unos y otros ante los comepipas de sombra que aceptaban silentes e impávidos esos medrosos pases dialécticos no quita para que esa misma táctica se revele ahora como un brindis al sol. A cinco semanas de que se dé el pistoletazo de salida a uno de los ciclos electorales más importantes de nuestra democracia, el mensaje del PP ha topado con la pared del temible Tendido del 7, el sector más crítico de Las Ventas. ¡A nosotros con mindangas!, parece reírse el respetable de sol en las narices de esta nueva hornada de diestros que a duras penas reúnen las condiciones para llegar a aprendices de novilleros.

 

En efecto, cual reventa que ofrece la entrada de barrera a precio de millón, hogaño el público que abarrotará de sobres las urnas en los meses venideros es propietario del omnímodo poder que le otorga su papeleta: se sabe soberano para callar, aplaudir o sacar el pañuelo, y ya no le cuelan dóbermans por miuras ni apelaciones a la sensatez por verónicas de José Tomás. La gente ha tomado nota de las traiciones a la Nación, la corrupción endémica, el liberticidio cainita, el totalitarismo ideológico y la ruina económica a la que nos aboca la izquierda cada vez que nos desgobierna. Y así mismo, ha anotado en su secular memoria de pez la cobardía innata, el trágala continuo y la retahíla de felonías perpetradas por la presunta derecha contra los valores que presuntamente debía defender.

 

Los españoles estamos hartos de que los politicastros de turno y su lamelibranquio coro mediático y demoscópico nos intenten convencer de que el paseíllo que tenemos que ejecutar hasta el colegio electoral sea el único acto motriz con iniciativa propia que realicemos el 28 de abril: pretenden que, una vez allí, escenifiquemos el papel hierático de Don Tancredo para que, no haciendo nada y decantándonos por los mismos de siempre, todo siga igual; en definitiva, quieren que nos comamos nuestra vergüenza torera, que nos tapemos los oídos ante los acordes del Amparito Roca y que no haya cambio de tercio.

 

Pues que sepan que se equivocan de cabo a rabo. Se equivocan como se equivocaron los primeros moros que vinieron a tocarnos las narices, a quienes paramos los pies en Covadonga porque en el año 722 don Pelayo no se quedó con los brazos cruzados; se equivocan como se equivocaron los almohades, a quienes dimos su merecido en Las Navas de Tolosa porque en 1212 Alfonso VIII de Castilla renunció a ser un estafermo; se equivocan como se equivocaron los turcos, a quienes mandamos a hacer puñetas en Lepanto porque en 1571 don Juan de Austria se negó a ser una estatua de granito; se equivocan como se equivocó el inglés Vernon, humillado con su flota en Cartagena de Indias en 1741 porque Blas de Lezo no permaneció sentado mirándose las múltiples heridas que inundaban su maltrecho cuerpo; se equivocan como se equivocó Napoleón, que se fue a la tumba con la úlcera española horadándole el estómago porque desde 1808 héroes de la talla de Daoíz, Velarde o el general Castaños no quisieron contemplar la invasión francesa como meras cariátides; se equivocan como se equivocó el malvado Ab-del-Krim, condenado a rendir sus tropas tras el desembarco de Alhucemas en 1925 porque al general Primo de Rivera ni se le pasó por la cabeza afrontar la guerra de África como un vulgar pasmarote; y, en fin, se equivocan porque son muchos los españoles que no se resignan a subsistir bajo la comodidad del dolce far niente y han decidido unirse a la España viva, a esa España que recupera orgullosa lo mejor de nuestra bimilenaria Historia.

Que Dios reparta suerte.