El día es gris y lo es en más de un sentido. Es el día de la exhumación de los restos del general Franco. No es quien esto escribe un “franquista”, por lo que no tendría sentido que se me acusara por parte del aluvión de cretinos que estos días pueblan los medios de comunicación intentando medrar a costa del servilismo ideológico más abyecto. La “trouppe” de Julia Otero y sus pintamonas circundantes me ha llevado a esta reflexión, mientras conducía. Sin duda, un inmenso número de los que critican al general Franco serían, de vivir él, los más fanáticos franquistas a fin de medrar lo mismo que medran hoy a base de vaciedades y ruindad.

Poco tiene que decir sobre lo que Franco ha significado en la historia de España la propaganda de aquellos que no superan su absurda solidaridad con un régimen como el de la Segunda República, mezcla de crimen e incapacidad a partes casi iguales. No es esto lo que aquí quiero contar por la sencilla razón de que, entre bambalinas, está produciéndose una transformación mucho más trascendental. A Franco, allá donde esté, poco le importan ya las rabietas del sátrapa de la Moncloa, hijo predilecto de todas las corrupciones que fustigan a nuestro país, desde la universitaria hasta la pecuniaria.

Lo que importa de la célebre exhumación es lo que ha puesto en evidencia. Guste o no, Franco ha dado la talla moral de aquello en lo que nos hemos convertido. Si, pero… ¿y en qué nos hemos convertido?

A ver. Tenemos una “historia” disfrazada como “memoria” que aspira a perpetuarse a golpe de real decreto y de código penal, lo cual ya de por sí debería resultar sospechosa a todo el mundo.

Tras la “memoria” se arrastra servil y acríticamente un rebaño de periodistas apesebrados que recalcan con mil variantes los tópicos de esa propaganda defendida con la ley.

Estos periodistas -ojo: la profesión posiblemente más corrompida del planeta- y demás ralea gozan del suficiente poder -gracias al dinero que les paga- como para imponer un clima en el que cada uno es su propio censor y a la vez que el censor del vecino. Todo ello en un régimen político que tiene el cinismo de pretender que no censura a nadie, evidentemente, por que otros se encargan del trabajo sucio.

Hasta aquí lo esperable, dado que políticos y periodistas están a la altura de la corrupción general gracias a una plutocracia que jamás toleraría un régimen como el de Franco, que aspiraba basar su legitimidad en máximos morales: el dinero solo compre al que se vende.

Pero la exhumación ha sumado otro género de corrupción que se ha puesto plenamente en evidencia: mientras que la dirigencia mediático-política del país hace tiempo que se haya sumida en el fango, no cabría esperar lo mismo de la dirigencia moral de la nación, encarnada, guste o no, en la Iglesia católica, una institución que lleva siglos sosteniendo la moral popular. Hoy, pocos, muy pocos, sospechan el peso que posee la tradición cristiana en los esquemas mentales que manejan y en los criterios conforme a lo que juzgamos lo bueno y lo malo. Por eso la actitud de la institución eclesiástica en el asunto de la exhumación del Valle de los Caídos pone en evidencia aquello en lo que nos hemos convertido. Así, la connivencia por omisión con un poder despótico, la justificación del ninguneo a lo sagrado y el abandono de su propia gente ante los tiburones de la prensa lleva a pensar si la Iglesia de hoy estaría en la Roma del siglo I con los mártires del circo o apludiendo en la grada. Estos síntomas ha puesto bien a las claras que la Iglesia actual ha firmado la sentencia de muerte de cualquier clericalismo y ha sellado una escisión que divide a una institución multisecular y angular para la vida del pueblo: por un lado, una Iglesia burocrática y acomodaticia, para quién hay cosas humanas -demasiado humanas- ante las que la fe recula en silencio y, por otro lado, una Iglesia metafísica y sufriente que quizás hoy esté preparando su propio martirio futuro.

Hoy, la Iglesia de San Agustín no está ya más en los despachos que han mirado para otro lado ante la infamia ni tampoco con todos aquellos que han hecho como si no pasara nada. Creo que es en la biografía de Stefan Zweig de Napoleón donde se cuenta cómo Hegel exclamó, ante los vítores de la población a los tropas bávaras desertoras de la banderas napoleónicas, que “jamás pueblo alguno se condujo con semejante bajeza”. Hegel, evidentemente, no vivió para ver el espectáculo de hoy en el que políticos y periodistas han hecho exactamente lo que cabía esperar pero en el que también nos han dejado perplejos aquellos que están obligados a actuar por deber hacia una moral de fundamento trascendente.

Por todo esto la abadía del Valle es hoy una piedra de toque que ha puesto a muchos en su lugar. No deja de tener un hondo significado que sea precisamente la cruz más grande de toda la cristiandad la que ha dado la talla real de nuestras miserias y ante la que tantos se han retratado.

No quiero que este artículo contribuya al gris general en el que nos ha sumido la chusma que hoy dará apariencia de “legalidad” a su barbarie. Bajo la basura del momento -desde el Tribunal Supremo a la izquierda cavernaria y las mil formas del liberalismo del “centro derecha”, pasando por “independentistas” mentales o veniales- una minoría oculta sostiene una llama quizás sin saberlo. Su misión no es ganar elecciones y mucho menos el favor del poder, si no resistir y perseverar en algo más grande que nada. En última instancia debe empeñarse a todo trance en la defensa de la verdad, guste o no, porque de ella nace una fuerza metafísica indestructible, que será la indudable triunfadora. Los tertulianos, chupatintas, periodistas, políticos de diversa catadura, empresarios mediáticos, activistas y demás bazofia solo tendrán su momento y aunque pueden hacer, y sin duda harán, mucho daño, el sufrimiento y la humillación son el camino necesario hacia un mundo renovado. En la civilización capitalista el dolor y el esfuerzo se desprecian frente a la opulencia burguesa, pero este hábito es de por sí una gran falsedad. Miseria y destrucción quieren decir renacimiento y esplendor futuro porque la oscuridad no prevalecerá. Solo hay que estar vigilantes para asumir el destino que le toca a cada uno sabiendo que, en palabras de Hölderlin, donde abunda el peligro crece lo que salva. No hay nada más consolador sobre la faz de la tierra.

Por lo demás, las nubes que hoy oscurecen la abadía del Valle de los Caídos serán barridas por el viento frío que baja desde lo alto, un frío en el que solo vive lo que es puro y audaz.