Cada vez es más unánime el clamor de que, en la hora actual, España se encuentra de nuevo en otra epopeya de liberación nacional, en la que tenemos que derrotar por enésima vez a los enemigos que se conjuran para destruirnos.

En efecto, la defensa de nuestra Patria está presente indeleblemente en nuestro ADN, ya quennuestro destino como nación es librar armageddonicas batallas contra el Mal, que se ha empeñado desde siempre en destruir nuestra identidad como pueblo, posiblemente porque la hispanidad aceptó el designio divino de encarnar el Bien, de ser la avanzadilla y la vanguardia de las fuerzas de la luz contra las hordas oscuras engendradas en Monte Pelado, en los Avernos, en las lóbregas madrigueras de los inframundos luciferinos.

Es una eterna batalla, un eterno retorno de un tenaz y cojonero enemigo que tenemos que derrotar muchas veces, pues resucita de sus cenizas como el Ave Fénix, regenerando sus maléficas cabezas nada más se las cortamos, como si fuera la mitológica Hidra de Lerna, derrotada por Hércules en su segundo trabajo –monstruo que precisamente guardaba una entrada al inframundo–. Será por eso que somos el país de las columnas de Hércules, la nación que lucha denodadamente por conservar su jardín de Hesperides frente a tanta conspiración, tanta invasión, tanto asalto, tanta amenaza de las hordas del Averno.

Es nuestro destino en lo universal: estar en la vanguardia del mundo, defendiendo a muerte no sólo nuestro territorio y nuestra identidad nacional contra los enemigos de nuestra civilización, ya que nuestra lucha por preservar nuestros valores es a la vez expresión del caudillaje con el que defendemos la civilización cristiana, constituida nuestra Patria en paladín de las esencias espirituales de Occidente, reserva de los valores que construyeron Europa, esa Europa amenazada por el Nuevo Orden Mundial.
Roma no era NOM precisamente, pero el mismo Augusto tuvo que venir a Hispania a conquistar los últimos reductos norteños de resistencia, casi 200 años después de que comenzara la romanizacion de Hispania, y eso que todavía no éramos una nación.

Luego vino el despertar de la raza con la epopeya de la Reconquista, entregado traidoramente nuestro país a la morisma. Pero enseguida volvimos a plantear batalla para defender nuestros territorios y nuestra identidad religiosa, hasta que el día 1 de enero de 1492 los Reyes Católicos pudieron decir que "cautivo y desarmado el ejército moro, las tropas españolas han alcanzado sus últimos objetivos militares: la Reconquista ha terminado".

Después vino la guerra de las Comunidades, donde el pueblo español se sublevó contra una corte extranjera que atentaba contra nuestros valores, nuestros intereses y nuestra historia.
Posteriormente, acaudillamos la lucha contra el protestantismo, desviación del catolicismo dirigida por la conspiración gnóstica que se enfrenta a la Tradición de la Iglesia desde el principio de los tiempos. Protestantismo ya plenamente inserto en las maquinaciones del Nuevo Orden Mundial, en el que tienen desde hace mucho su nicho religioso.

Anunciada en el protestantismo y la ilustración, y victoriosa en la Revolución Francesa, la ideología masónica quiso introducir en España su quintacolumna de afrancesados liberales, pero España defendió nuevamente su identidad nacional, su integridad territorial y sus esencias patrias con uñas y dientes,alzándose en armas contra el invencible Napoleón en incontenibles cargas contra sus mamelucos. Victoria: Dios, Patria y Rey.

Igual que tuvimos un 2 de mayo con el que nos sublevamos contra la ideología masónica de la Revolución Francesa, el 18 de julio de 1936 fuimos nuevamente elegidos para defender la civilización occidental contra la ideología marxista de otra revolución, la rusa de 1917.

A impulsos de un pueblo que luchaba por su identidad, por sus valores, por sus tradiciones, por sus creencias, por la civilización que tanto habíamos contribuido a crear, España asumió nuevamente la tremenda responsabilidad de ser adalid en otro apocalíptico combate contra las puertas del infierno, contra las legiones sombrías con las que el Señor de las Moscas quiere gobernar el mundo en su NOM.

Pero, cautivo y desamado el ejército rojo, al cabo de 80 años ha vuelto a brotar la cabeza de la Hidra, que creíamos cercenada para siempre, resucitada por los nuevos milicianos, al que la monstruosa Hidra presta su venenoso aliento.

Mas no somos los conejillos de Indias en los armageddones donde combaten la luz y la oscuridad; no somos las malhadadas víctimas de una conspiración contra nosotros que nos echa encima las devastadoras plagas con las que el NOM conspira contra la civilización cristiana desde el comienzo de los tiempos. No es nuestro karma, ni la mala suerte, ni un destino azaroso y caprichoso donde siempre nos toca ser la avanzadilla de la civilización occidental contra sus enemigos.

No. Es verdad que ese combate armageddonico contra las cabezas de la hidra del NOM es nuestro destino en lo universal, pero, si nos han elegido como protagonistas pioneros de esa lucha es porque ninguna otra nación está capacitada para acaudillar ese conflicto perenne entre el Bien y el Mal, porque siempre hemos demostrado valor y arrojo en esas luchas, que nos han llevado de victoria en victoria.

Esta nueva cabeza viene con todos sus reveladores cuernos, pues ya viene sin máscaras ni disfraces, con su primigenia fisonomía de Bestia del Apocalipsis: ahora las fuerzas de la oscuridad vienen como "pensamiento único", como "pensamiento políticamente correcto", desencadenando sobre España una feroz ofensiva a lomos del populismo rojo: antiespañolismo, multiculturalismo, anticatolicismo, ideología de género, feminismo, globalismo, animalismo, filoterrorismo...

Al final de la película "Las bicicletas son para el verano", que se desarrolla en el Madrid asediado por las fuerzas nacionales, un padre le dice a su hijo que "No ha llegado la Paz: ha llegado la Victoria". Hoy, al cabo de tantas décadas podemos decir que "No ha llegado la Victoria: es otra vez la guerra".
Y nadie nos salvará, ya que esta contienda no tendrá ejércitos, ni generales, ni trincheras. Deberemos ser nosotros, los españoles de siempre, los auténticamente patriotas, quienes defendamos nuestra integridad territorial, nuestro patrimonio espiritual, histórico y cultural ciudad por ciudad, calle por calle, casa por casa, escuela por escuela, parroquia por parroquia, televisión por televisión, periódico por periódico, mientras cantamos al NOM aquello de "¡No pasarán!".

Tenemos una alta responsabilidad, una vez más, ante la historia, ante la civilización, ante nuestros hijos: que España sea la tumba del Nuevo Orden Mundial, donde las huestes luciferinas sean derrotadas para siempre, y arrojadas eternamente al inframundo del que provienen.

Dios salve a España.