A Javier Arzalluz también le llegó su San Martín tal y como advierte para todos los de su especie, con milenaria sabiduría, el refranero español y, por eso mismo, vasco. O sea, doblemente español. Yo no sé si descansará en paz porque ni Dios ni Satanás llevan chapela, ni beben chacolí ni bailan el aurrescu para recibir las almas de los canallas y de los justos.

 

Arzalluz fue la sal del encono, el albañil de la guerra civil que sus puercos ojos solo pudieron avizorar en los cuajarones de sangre con los que sus hijos de puta de ETA salpicaron las calles de España durante más años y más muertos de los que hoy quiere evocar esa pocilga en la que se les daba cobertura, mimos y argumentos a los asesinos y que no es otra que el PNV, leprosería política de señoritos de Neguri y de curas trabucaires que él presidió convirtiéndolo en el refugio de los mediocres a los que alistó para la “gloriosa” revancha de Euskal Herria por la vergonzosa rendición de los cobardes gudaris en Santoña. Durante aquellos años en los que Arzalluz enseñaba los colmillos sólo unos chascarrillos de tertulia parlamentaria se “atrevían” a defender, con el escroto vacío, la integridad de España frente a los horteras opulentos del PNV a cambio de unos votos para colmar su quórum democrático.

 

Arzalluz era un lírico del odio, un petulante de mentiras históricas y un dignísimo hijo putativo de Sabino Arana. Le ha llegado su San Martín cuando Satanás ha querido llevárselo para que le haga compañía a todos los hijos de puta que apretaban el gatillo en la nuca de los españoles olvidados, de los maketos despreciados y humillados por el PNV y de los vascos exiliados. Le ha llegado su San Martín y ni siquiera vale para hacer chorizo.