Resulta tremendamente paradójico que aquellos países que añaden a su nombre oficial el adjetivo democrático, sean luego los que recorten, o incluso lleguen a suprimir, los más elementales derechos a sus ciudadanos, así sucedió en esa parte del suelo alemán llamado República Democrática Alemana, en siglas RDA, desde su constitución en 1949.

Un Estado que, de forma estrepitosa y sorprendente, cayó durante la tarde del 9 de noviembre 1989, cuando Gúnter Schabowski, a la sazón Secretario del Comité Central del Partido Socialista Unificado, anunció prematuramente que la nueva regulación sobre viajes al extranjero iba a entrar en vigor “de inmediato”. Las declaraciones fueron hechas durante una rueda de prensa sobre las 7 de la tarde y los berlineses recibieron la noticia por el canal público de televisión una hora más tarde, o sea todos ya cenados y en zapatillas, pero se abrigaron, y en riada salieron de sus casas, amontonándose junto a los puestos fronterizos. ¡No podían esperar a la mañana siguiente, ni a los próximos días, para hacer uso de ese derecho recién concedido!. Algo tan normal como circular libremente por toda la ciudad, así como el poder salir de la Alemania “democrática” y viajar por el territorio Federal, para los ciudadanos del Este representaba la liberación.

Ante la perplejidad de los guardianes, que no habían sido advertidos, y que además estaban recibiendo ordenes contradictorias, solamente por el puente de Bösebrücke salieron unas 20.000 personas durante las siguientes horas, y tuvieron que abrir los distintos pasos durante esa misma noche. Después de 28 años de separación impuesta, de muchas vidas segadas intentando escapar del horror de aquella auto-denominada “democracia”, el muro de Berlín había dejado de cumplir el objetivo para el que fuera construido. Resumiendo los acontecimientos, podríamos decir que cedió a la presión del descontento popular y que éste acabó derribándolo. Las escenas de júbilo siguientes, así como la emoción de tantos abrazos entre familiares que volvieron a verse, constan en numerosos documentos gráficos de las semanas posteriores.

La caída del muro, fue seguida de la disolución de la Stasi, el Ministerio de Seguridad interior, que ejerció la represión como una máquina implacable de vigilancia absoluta sobre toda la población, detectando precozmente a toda persona que pudiese ser considerada de “enemiga del régimen”. Estructurada desde 1946, siguiendo el modelo de la NKVD, (luego KGB), en principio el Ministerio de Seguridad, fue dirigido por Wilhelm Zaisser, militante comunista que había combatido con las Brigadas Internacionales en la guerra civil española. Siendo su último director Erich Mielke, también veterano de nuestra contienda civil.

Wilhelm Zaisser fue arrestado en 1921 por liderar en Alemanía el Ejército Rojo del Ruhr.Se vino a España en 1936, enrolado en las Brigadas Internacionales, con el apodo de General Gomez. Formó parte de la cúpula militar de las Brigadas con base en Albacete, de vuelta a Alemania ascendió hasta ocupar la dirección de la Stasi , siendo depurado años después y declarado formalmente “enemigo del pueblo”, achacándole una actitud insuficientemente dura frente a los disturbios sociales acaecidos en 1953.

En cuanto a Erich Mielcke, también había pertenecido a grupos paramilitares en la Alemania de los años veinte. Llegó a España para participar como agente de la NKVD de Stalín, quedando integrado en el Servicio de Información Militar (SIM) la policía política y de información del bando republicano. Al regresar a Alemania, ejerció como lugarteniente de W. Zaisser dentro de la Stasi, hasta que éste último cayó en desgracia. Pasando en 1957 a ocupar el cargo de su antiguo jefe, hasta la liquidación y reestructuración del Ministerio de Seguridad Interior en 1990. Siendo posteriormente enjuiciado, por haber asesinado a dos policías alemanes en su juventud. Habían transcurrido sesenta años entre que cometiese el crimen hasta que le llegó un tardío y minúsculo castigo para las muchas atrocidades realizadas.

La Stasi, había aumentando exponencialmente el numero de agentes, pasando de los 6.000 de los primeros años, a los casi 91.000 empleados en nómina del año 1989, así como unos 180.000 delatores y colaboradores que proporcionaban información sobre sus vecinos de inmueble, adolescentes que vigilaban qué tipo de libros leían sus compañeros de instituto, o qué comentarios hacían durante el almuerzo, en los cafés, etc. A cambio el delator obtenía pequeñas ventajas, o bien se aseguraba de no ser perseguido. Según palabras de la historiadora Sonia Combe se trataba de “desestructurar la personalidad de cada individuo”, por eso el sistema extendía su vigilancia hasta el último espacio íntimo y de forma permanente, siendo de resaltar que durante los primeros años de la Reunificación era fácil advertir al entrar en un comercio o un establecimiento hostelero quién había vivido antes en el Este y quién no. El dependiente, o el camarero, que no levantaba la vista para atender al cliente, que rehuía el saludo, dando así muestras inequívocas de profunda desconfianza, casi siempre procedía de la zona Oriental.

Fueron concienzudamente investigados seis millones de alemanes, una cuarta parte de la población de la RDA; cientos de miles de filmaciones, de conversaciones grabadas, recurriendo a los sistemas tecnológicos entonces más sofisticados: cámaras de filmación y grabadoras fueron colocadas en lugares y objetos impensables, tales como la jaula del ruiseñor, una maceta, en la hebilla de un cinturón, en un portarretratos, detrás del espejo del baño, incluso en botones.

La película “La vida de los otros”, dirigida en 2006 por Florian Henckel recoge magníficamente la última etapa de la Alemania comunista, mostrando la degradación de un sistema político totalitario, obsesionado por impregnar una sola opinión política y social sobre la totalidad de la ciudadanía , aunque para ello tenga que recurrir a las más bajas coacciones y destinar cuantiosos recursos económicos.

Se ejercía el adoctrinamiento desde las escuelas, se vigilaba todo cuanto explicaban los docentes, las noticias eran previamente filtradas y manipuladas, la propaganda sobre las excelencias del sistema comunista fue continua.
Pero a pesar del tiempo, medios y trabajo empleados en la consecución de ese objetivo fueron muchos los que se atrevieron a escapar, a riesgo de sus vidas, algunos lo consiguieron excavando túneles y tras larga planificación.¿Cuántos perecieron por querer entrar a ese “paraíso”? Esa es la prueba del nueve trasladada a las dictaduras.

Por todo ello, es conveniente visitar el museo de la Stasi, ubicado en una dependencia de lo que fue el Ministerio de la Seguridad, sus salas repletas de rollos de filmación, e informes detallando pormenores de cada investigado, las fotos iluminadas de las paredes en las que vemos personas espiadas mientras paseaban al perro, o prestando el encendedor a otro viandante. Observar detenidamente las fotos que allí se muestran nos ayuda a entender, al menos en parte, lo que se tuvo que padecer sintiéndose continuamente acechados.

En definitiva: ese estado llamado RDA fue inseparable de la Stasi, y al frente de dicho Ministerio dos personajes siniestros en España y en Alemania.
Después de pasar la tarde en el Museo lo más indicado es, sin duda, tomarse un típico y humeante vino caliente en algún puesto de la Gendarmenplatz, o en cualquier otro mercadillo callejero, ese vino no es para olvidar, ni mucho menos ,....en noviembre las tardes berlinesas son oscuras, brumosas y a cualquiera que visite ese museo se le habrá helado la sangre.