Solapada con la tan cacareada Transición –a dicha palabra siempre le sobraron dos letras, adivinen cuáles— surgió el invento del fantasma de la supuesta y pretendida “involución”, por la cual todo se entendió que se trataba de los intentos y deseos de algunos de volver atrás, es decir, de impedir la implantación de la “democracia” para reimplantar el “régimen anterior”; hoy tan vilipendiado y malévola e injustamente tachado de dictadura. Con tal motivo se lanzó una autentica persecución contra mandos militares --también contra algunos civiles-- de los que no pocos de ellos pagaron caro el que incluso sus propios compañeros les colgaran el sambenito de “involucionistas” y ganaran puntos “democráticos” a su costa.

 

Aquello se demostró siempre falso, pues nadie quería, por saberlo imposible, la vuelta al “régimen anterior” tal y como fue, sino serenar y reconducir la implantación de esa “democracia” que de forma clarividente veían que desbarraba e iba camino de devolvernos a repetir la parte más agria de nuestra más reciente historia; por ello, los entonces tan injustamente tachados de involucionistas no lo eran.

 

Hoy, por el contrario, vemos con claridad que España sí que camina y acelera el paso hacia la real, verdadera y peligrosísima involución que no es otra que la de aquellos que quieren retrotraernos a la España de los años treinta del siglo pasado e incluso más atrás.

 

Porque involucionista es la izquierda que sufrimos, absolutamente anormal, que en España siempre es extrema y antinacional desde el PSOE hasta los comunistas de toda especie --amén de históricamente criminales--, que quieren una república marxista y totalitaria en una confederación de repúblicas socialistas ibéricas como en el pasado. Involucionistas son los secesionistas catalanes y vascongados, amén de los que en otras regiones enarbolan ideas similares, que alucinan con quimeras apoyadas en falacias medievales falsas y más que extintas. Involucionistas son esos mediocres, cobardes, egoístas y cicateros derechosos y utópicos centristas y liberales, como siempre porteros de los anteriores. Involucionistas son eso altos y medios mandos militares aburguesados y decimonónicos dedicados sólo a “hacer la carrera” y gozar prebendas. Involucionistas son los prelados, sacerdotes y religiosos que carentes de fe dormitan en sus poltronas cual clérigos de Misa y olla. Involucionista es esa Corona de papel couché dedicada sólo a apuntalar el chiringuito. Involucionistas son todos aquellos que viendo cómo España retrocede a las formas y el fondo de nuestro nefasto siglo XIX --del que el Caudillo dijo que “quisiéramos borrar de nuestra Historia” — permanecen impasible el ademán, quejándose, diciendo, pero sin hacer ni apoyar a los que hacen lo poco que pueden y les dejan hacer.

 

España involuciona a pasos agigantados a la reimplantación de aquellos usos políticos, ideológicos, morales, culturales y sociales ya fracasados varias veces, tantas como se cayó en ellos o se pusieron en práctica. España involuciona hacia ese siglo XIX que terminó en el estruendo del 18 de julio de 1936 porque no podía ser de otra forma.

 

España, tras décadas de progreso de verdad en todos los órdenes durante cuarenta años en los que salió del pozo de 1939 a la luz de 1975, incuestionable a la simple inspección de la multitud de pruebas documentales, lleva varias décadas de retroceso, de verdadera involución porque no sólo no se ha aprendido de lo sucedido no hace mucho, sino que casi todos están por la labor de repetirlo, de retrotraernos cual cangrejos a lo peor de nuestra Historia. Y encima, hay que aguantar que son los involucionistas, los herederos de aquellos fracasados, los que alardean de progresistas, de modernos y de avanzados.