En la antigua Grecia, cuna de la Democracia, surgieron algunas figuras políticas cuya ubicuidad, en toda democracia posterior, muestra el papel de enfermedad genética que desempeñaban en el desarrollo político de esta forma de gobierno del pueblo. 

La más conocida y a la que más se acude hoy para señalar a los presuntos falsarios que dañan desde dentro a la Democracia en su desarrollo es la del demagogo.  
 
El demagogo es, como bien sabemos, aquel que dice al pueblo lo que éste quiere oír para alcanzar el poder. Y sobran los ejemplos de demagogos, siendo, de hecho, en los actuales tiempos de marketing político y fake news, la norma más que la excepción.
 
Pero existe otra figura a la que no se ha dado la importancia que tiene como mal en la Democracia, acaso porque no es un mal que surja sin más, sino que surge sólo como comorbidez de un sistema judicial desajustado y mal proporcionado, bien por la tiranía de las masas descontroladas, bien por la tiranía de quien ejerciera el poder. Los Sicofantes, o Sicofantas, eran delatores profesionales que se enriquecían con sus delaciones tanto de delitos reales como de delitos inventados. No habiendo fiscales públicos, ni algo cercano al Estado de Derecho, era el pueblo el que podía acusar con pruebas o sin ellas, con testigos reales o comprados, a personajes relevantes, generalmente a los que lo eran por su riqueza. Y, en caso de denuncia falsa, escapar muchas veces a la pena. Sicofantas eran los delatores profesionales que actuaban por cuenta propia o en nombre de otros y sacaban pequeñas fortunas de su impostura.
 
Entre los romanos también proliferaron este tipo de delatores, pero especialmente cuando surgió el Imperio. Los Emperadores, que temían por su seguridad, prestaban oídos con facilidad a Sicofantes que les alertaban de posibles conspiraciones. De ello da cuenta Tácito en sus Anales.
 
Y si, cuando el Estado de Derecho tiene ajustados sus contrapesos, esta figura enfermiza y corruptora de todo el cuerpo social no aparece. 
 
En nuestro país, desde que el ciudadano educador en la ciudadanía Zapatero se sacó de la manga sus leyes de violencia de género e igualdad, se estableció la desigualdad ante la ley de los ciudadanos: por el simple hecho de ser hombre o mujer uno recibe distinto trato ante la ley. Y esto, aparte de alimentar a la bien llamada industria de género, ha hecho surgir Sicofantas por todas partes: en nuestro tiempo y lugar, acusadoras particulares que denuncian sin temor a ser castigadas en caso de perjurio doloso, y a las que se les da credibilidad por la sola palabra acusatoria, consistente en repetir la fórmula de "violencia de género". Y, como buenas Sicofantas, reciben de inmediato privilegios de todo tipo. 
 
Con esto salen muy mal paradas todas las personas verdaderamente maltratadas dentro del hogar, sean mujeres, niños, ancianos u hombres. El sistema colapsa con la avalancha de denuncias falsas, y las verdaderas no siempre son escuchadas si no son víctimas femeninas de un victimario masculino. Los Sicofantas son los abogados del género y sus clientes que buscan hacer daño y sacar tajada, sabiendo de antemano que la acusación es falsa, y se ven apoyados por una legión de asistentes sociales, psicólogos y personas que viven del género.
 
Cuando algún politicastro de los que nos desgobierna habla de que hay que acabar con la lacra de la Violencia de Género, yo de inmediato pienso en los Sicofantas. Porque la famosa LIVG es, ciertamente, una fuente de muchos males, tanto para los hombres como para las mujeres: la etiqueta "Violencia de Género" en tantas bocas es una lacra para la Democracia.