Aunque soy consciente de que hay individuos absolutamente malvados, sin conciencia del mal, sin escrúpulos y sin ningún tipo de principios ni de valores, capaces de cometer las mayores fechorías sin sentir el más mínimo remordimiento, quiero pensar que esos monstruos son una minoría y que el común de los mortales, la mayoría de las personas, tarde o temprano acaban enfrentándose con su pasado, repasando su vida y tomando conciencia de sus aciertos y sus errores y del bien o el mal que han hecho o que han dejado de hacer, como una terapia natural para encontrarse consigo mismos, aceptar ese pasado y prepararse para lo que tenga que venir.

Mi experiencia en este asunto me dice es que es mucho más fácil aceptar los errores, las decisiones equivocadas, que las actuaciones en las que has hecho el mal, incluso involuntariamente, las ocasiones en las que no has estado a la altura de las circunstancias o de lo que se esperaba de ti o, simplemente, cuando no has cumplido con tu deber. Para los errores siempre (o casi siempre) se encuentran razones, cuando no excusas: factores del entorno que no controlabas, información incompleta o errónea, comportamientos imprevistos o anormales de terceros, etc. Para las actuaciones reprobables la cosa es mucho más complicada: la vergüenza, el remordimiento, la frustración y el reproche hacia ti mismo te persiguen y te acosan sin que te puedas librar de ellos. Entre esos comportamientos censurables que acaban torturando tu conciencia y, en última instancia, destruyéndote, hay tres que son especialmente dañinos y, por desgracia, últimamente muy frecuentes: la cobardía, la deslealtad y la traición.

Traigo a colación esta reflexión porque desde hace 44 años, pero especialmente desde que el infame Rodríguez Zapatero alcanzó el poder en 2004 reptando sobre los cadáveres de 191 españoles inocentes, en España asistimos a todas horas y por todos lados a actos execrables de cobardía, deslealtad y traición.

Como es bien sabido, en 1936 España era una nación a punto de desaparecer y la sociedad española era una olla a presión a punto de explotar. Una parte de la población compuesta por las clases más acomodadas, los entonces llamados “derechistas” y los católicos estaban en proceso de aniquilación. Otra gran parte de la población, las clases más desfavorecidas, estaban en trance de perpetuarse en su miseria de siglos, estaban a punto de ser engullidos por una “dictadura del proletariado” que hubiera terminado definitivamente con sus esperanzas y sus posibilidades de progreso. Solo una minoría de criminales y ladrones, capitostes socialistas, comunistas y anarquistas, los verdaderos beneficiarios de esa llamada “dictadura del proletariado” –que nunca ha sido tal, sino una “dictadura contra el proletariado”– se las prometían muy felices, pues cuando terminara esa revolución que ellos habían puesto en marcha y que alimentaban a base de mentira y de odio, ellos y solo ellos serían los que sacarían redito del caos, como ha pasado –sin excepción– en todos los países en los que el marxismo, en sus diferentes modalidades, ha usurpado el poder por un periodo más o menos prolongado.

También es público y notorio que gracias a un numeroso grupo de civiles y, principalmente, militares liderados por el general Franco, que se jugaron todo en el envite, se pudo expulsar a las fieras tras una guerra cruenta en la que muchos entregaron su vida, y a continuación se logró no solo sacar a España de la postración sino convertirla en una de las naciones punteras del mundo, por el empeño y el sacrificio de miles de españoles que, también a las órdenes del general Franco, administraron los asuntos públicos con una honestidad, eficacia y acierto no recordada en España desde hace siglos. Las decenas de miles de honrados servidores públicos que durante cuatro décadas solo pensaron en lo mejor para España y para los españoles no solo salvaron de la aniquilación a los que ya he mencionado (personas acomodadas, “derechistas” y católicos) sino que posibilitaron que las que he llamado “clases más desfavorecidas” dieran un descomunal salto hacia la dignidad y el bienestar, saliendo de la pobreza y la incultura para entrar a formar parte de una “clase media” inexistente antes en nuestra Patria. En consecuencia, por una razón u otra, una inmensa mayoría de los españoles de hoy día, en especial los que estamos por encima de los 45 o 50 años, le debemos todo lo que somos y todo lo que tenemos, sea mucho o poco, a lo que hoy llaman despectivamente “el régimen franquista”; así de simple y así de cierto.

Sin embargo, y a pesar de ello, somos pocos (aunque cada día más) los que nos mantenemos fieles a la memoria de esa etapa gloriosa de nuestra historia y de los que la hicieron posible. Otros muchos, por interés, por indolencia o por cobardía, no solo se muestran indiferentes (que ya es condenable) sino que se unen a la jauría de los que a base de mentiras se empeñan un día sí y otro también en humillar y vilipendiar a esas dos o tres generaciones de españoles ejemplares con los que tienen una deuda moral muy difícil de pagar. Incluso nietos o bisnietos de los asesinados por las hordas rojas o de los salvados ‘in extremis’ por la España Nacional, o hijos y nietos de los que salieron de la miseria gracias a Franco, de los que estudiaron en las escuelas y universidades que él impulso, de los que pasaron de vivir en una infravivienda a disponer de alguna de las más de cuatro millones de viviendas que él mandó construir, de los que disfrutaron de una excelente asistencia sanitaria gracias al sistema de Seguridad Social que él creó, de los que vivieron una jubilación tranquila gracias al sistema de pensiones que él promovió, incluso ellos reniegan del franquismo y lo atacan. Hay decenas de ejemplos, por todos conocidos, de personajes notoriamente públicos que son hijos o nietos de destacados falangistas, funcionarios públicos (incluso ministros) o militares que lucharon por España junto a Franco –antes y después de la Guerra– que hoy se han pasado al enemigo o, simplemente, asienten y se dejan llevar por la marea de patrañas y calumnias que arrasa nuestra Nación, en una demostración insultante de cobardía y deslealtad. Todos ellos, en algún momento, cuando hagan examen de conciencia, sentirán la vergüenza de su infame comportamiento y pagarán las consecuencias aunque solo sea en forma de amargura, remordimiento y frustración.

Pero hay dos instituciones que probablemente sean las que más deben a Franco y a su Régimen y que también, por acción o por omisión, están colaborando en esta campaña de desprestigio, humillación y mentiras. Me refiero a la jerarquía de la Iglesia Católica de España y a la Corona.

En España hoy tenemos una monarquía (para bien o para mal) y reina Felipe VI solo y exclusivamente porque Franco así lo quiso y porque lo dejó todo organizado para que así fuera (evitó conscientemente utilizar las palabras “atado y bien atado” porque por desgracia en eso se equivocó). Alfonso XIII, bisabuelo del actual rey, huyó de España como una gallina en abril de 1931 dejando abandonados a su suerte a todos los que le habían apoyado y defendido, incluida su familia. Mientras los españoles morían en las checas, en las tapias de los cementerios o en los campos de batalla, él disfrutaba de un exilio dorado en los mejores hoteles y lupanares de Europa. Su heredero, D. Juan de Borbón, un inútil egocéntrico, egoísta y cobarde, en lugar de apoyar a los que estaban salvando a España se dedicó durante toda su vida a conspirar contra el Generalísimo y a vivir del cuento. Franco podría haber diseñado la sucesión para su Régimen como le hubiera parecido más conveniente (aunque seguramente la decisión más inteligente fue la que tomó, pero el elegido “le salió rana”), y a pesar de esos antecedentes optó por instaurar una nueva monarquía (no restaurar la existente hasta 1931) en la persona de uno de los nietos de Alfonso XIII, D. Juan Carlos de Borbón y Borbón, habiéndolo podido hacer perfectamente en otra persona (el archiduque Otto de Habsburgo, D. Carlos Hugo de Borbon-Parma o D. Alfonso de Borbón y Dampierre, por poner algunos ejemplos). Si no es por Franco, Juan Carlos de Borbón (y su hijo Felipe) sería hoy uno más de los muchos y patéticos pretendientes a tronos inexistentes que malviven por Europa, anclados en el pasado y sin oficio ni beneficio. ¿Y qué han hecho Juan Carlos I y Felipe VI para agradecérselo?  Nada, absolutamente nada, muy al contrario: impulsar una Constitución, la de 1978, donde ya dejaron puestas las cargas explosivas suficientes para dinamitar toda la obra del Caudillo y volver a hundir a España y sancionar con su firma, como corderitos (o mejor, como hienas), cuantas leyes y decretos les han puesto delante, incluida la nefasta e inconstitucional Ley de Mentira Histórica 52/2007, origen de todos los males en este asunto, y el también inconstitucional Real Decreto Ley 10/2018 que pretende dar cobertura legal a la profanación de los restos mortales del Generalísimo. Es muy difícil encontrar un ejemplo más palmario de cobardía, deslealtad y traición.

Otro tanto ocurre con una gran parte de la jerarquía de la Iglesia Católica española, empezando por el arzobispo de Madrid, Cardenal Osoro, y de una parte no menor del clero. Franco y todos los que le acompañaron salvaron del exterminio a la Iglesia Católica española entre 1936 y 1939. Si no es por el Alzamiento y la Victoria, en España no hubiera quedado un templo en pie ni un consagrado con vida, y los pocos católicos que hubieran sobrevivido a la persecución tendrían que haber practicado su fe en secreto, como en Rusia. Pero no solo les salvo de la desaparición, sino que hizo que, durante 40 años, en España se viviera de acuerdo con la moral cristiana y conforme con la doctrina de la Iglesia de Roma, incluidos asuntos tan importantes como la doctrina social: “Hemos visto triunfar a Cristo en la escuela, resurgir la Iglesia de las ruinas abrasadas y penetrar el espíritu cristiano en las Leyes, en las Instituciones y en todas las manifestaciones” dijo Pio XII cuando concedió al Generalísimo la más alta distinción de la Iglesia, la Suprema Orden de Cristo. Si no es por Franco, la mayoría de los obispos españoles en ejercicio no serían ni siquiera sacerdotes, pues no hubieran tenido seminarios donde formarse. Excepto los hijos de familias profundamente creyentes, que hubieran mantenido encendida la llama en su casa, hoy no quedaría un católico en España, seriamos una sociedad atea. Franco hizo por la Iglesia más que nadie en toda la historia del mundo moderno, como han manifestado desde Papas a cardenales, incluidos todos los obispos que quedaban con vida en 1937 en la muy conocida “Carta colectiva del Episcopado español”. ¿Y que hace hoy la jerarquía de la Iglesia? Hasta el momento, en otro ejemplo de cobardía y deslealtad solo comparable al anterior, desentenderse completamente de lo que está pasando, “ponerse de perfil” como si no fuera con ella, cuando no ceder a las pretensiones ilegítimas del gobierno, y negar su apoyo, dejándole solo, al único héroe que está defendiendo la justicia y la verdad, el admirable Prior de la Abadía Benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, P. Santiago Cantera Montenegro, OSB. Respecto al clero, hay situaciones sangrantes, sencillamente intolerables, como las dificultades que tienen cada 20 de noviembre, año tras año, los organizadores de la Misa en sufragio por el alma del Generalísimo, un cristiano ejemplar, para encontrar una iglesia donde les permitan celebrarla y un sacerdote que se atreva a oficiarla.

Estas dos instituciones, la jerarquía de la Iglesia Católica y la Corona, tarde o temprano pagarán su cobardía, su traición y su deslealtad. Que no se engañen, ellos son los siguientes. ¿Quienes piensan que va a dar la cara por ellos cuando el rojerío decida dar un paso más y cargárselos, como hace 83 años? ¿Los “liberales”, “progresistas”, “socialdemócratas” y “podemitas”? ¿Los que escriben en las tapias “Arderéis como en el 36”, “La única iglesia que ilumina es la que arde” o “El borbón al paredón”? ¿Creen que por ceder, por callarse y por comportarse rastreramente van a tener compasión de ellos?... pobre gente.

Ojala rectifiquen, todavía están a tiempo