En El lazarillo de Tormes hay un pasaje que define la abyección del ciego que aquél tuvo como primer amo: cuando se enfada al constatar que su joven criado comía las uvas de tres en tres, deducción a la que arteramente había llegado porque —pese a haber convenido que las cogerían de una en una— él las comía de dos en dos y Lázaro callaba. En definitiva, aunque había sido el ciego el primero en incumplir el trato, encima se hizo pasar por víctima, y a buen seguro terminaría atizándole otro sopapo más al pobre chiquillo.

La pasada semana, VOX tenía anunciado un acto en Murcia en el que intervendrían su líder Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara. En los alrededores del hotel donde iba a celebrarse, un centenar de niñatos que no exteriorizaban síntomas de cansancio laboral, pero que evidenciaban estar mal alfabetizados y peor aseados, intentaron boicotearlo profiriendo gravísimos insultos y amenazas por los que todos ellos sin excepción deberían encontrarse ya en prisión cumpliendo condena. Había otra opción que hubiera hecho innecesaria la aplicación a posteriori de la ley penal: haberlos disuelto sin contemplación alguna empleando todo el peso legítimo de la fuerza policial que requiriera la acción.

Pero ese restablecimiento inmediato del orden tan violentamente quebrantado no figuraba en la agenda del responsable gubernativo, que haciendo gala de una temeraria interpretación de lo que debe ser la moderación política puso en peligro la integridad física del millar y medio largo de asistentes al mitin. Para Su Excelencia, en esos momentos de tensión primaba ante todo proteger el derecho a la libertad de expresión que estaban ejerciendo —pacíficamente, por supuesto— esos jóvenes a los que toda la progrez mediática calificó enseguida como antifascistas, lo cual entraña indirectamente que quienes constituían el objeto de sus improperios eran fascistas.

Uno de los gritos lanzados por aquella gentuza fue el de Os mataremos como en Paracuellos”. A veces conviene pararse a pensar los barros que antecedieron a estos lodos, aunque entrar a saco en ello supondría tener que explicar muchas cosas. Cosas que la izquierda se ha encargado de tapar en los últimos cuarenta años valiéndose de una farsa: la de presentarse como abnegados adalides de la reconciliación nacional, escenificada con esa infame imagen de Santiago Carrillo sentado en su escaño de la Carrera de San Jerónimo. Y cosas sobre las que el centroderechita cobarde ha preferido pasar de puntillas durante cuatro décadas: ante el peligro de que pudieran echarle en cara un padre por ahí, un tío por allá o un hermano por acullá, por si los dípteros nada mejor que hacerse perdonar rindiendo pleitesía a ese mismo que, ya abuelete, escribió unas memorias en las que no se acordaba de nada.

Otra de las lindeces vociferada por los pacíficos manifestantes antifascistas fue su deseo de que Ortega Lara volviera “al zulo”, en referencia al secuestro que padeció a lo largo de 532 días a manos de la banda terrorista ETA. No es necesario recordar la sintonía de la izquierda para con los etarras, a quienes siempre identificaron como punta de lanza descarriada de una supuesta resistencia antifranquista sin importarle que las cifras desmintieran esa leyenda rosa: desde su primer crimen —el del guardia civil José Antonio Pardines, en 1968— hasta la muerte del General Franco asesinaron a 44 personas, mientras que en los mismos siete años que transcurrieron desde entonces a 1982 hicieron lo propio con otros 324 inocentes. No pasa nada: desenmascarada la hagiográfica pantomima de mostrar a unos simples pistoleros como valientes gudaris que luchaban por el advenimiento de la democracia, los Zapatero, Sánchez e Iglesias de turno se mudaron a la táctica de exhibirlos ditirámbicamente como hombres de paz.

Por cierto, muchos de los más de 800 asesinados por ETA a lo largo de su siniestra carrera criminal pertenecían al mismo partido al que estaba afiliado Ortega Lara cuando fue secuestrado —el PP—, de ahí que resulte especialmente hiriente que Mariano Rajoy no cortara de raíz con la nefasta política antiterrorista de Zapatero, que con sus constantes claudicaciones había vuelto a dar fuerza a la policialmente derrotada organización separatista vasca. Y para muestra de la afrenta rajoyesca, el botón de ver en 2012 al entonces Ministro del Interior apresurándose a justificar la concesión del tercer grado penitenciario al carcelero de Ortega Lara en unos términos que elevaban a la enésima potencia lo ignominioso de la maniobra: se nos dijo que, dado el estado terminal en que se encontraba el etarra, de no soltarlo el Ejecutivo habría incurrido en prevaricación. La tozudez de los hechos posteriores terminaría poniendo a cada uno en su sitio: Bolinaga —que en 1997 había pretendido dejar morir de hambre a Ortega Lara ocultando a los agentes de la Guardia Civil que participaban en su liberación el agujero donde lo tenían recluido— se convirtió en el único caso datado en la historia de la Medicina en que un moribundo tarda la friolera de veintiocho meses en estirar la pata.

De los medios de comunicación actuales poco cabe esperar en términos de información veraz. Pero más allá del odio que destilan las miserables bravatas transcritas, cabe preguntarse qué mecanismo de autocensura impuesta desde el exterior o traída ya de fábrica ha llevado a la prensa española a ocultar tamaña demostración de inquina, vileza y rencor por parte de unos desalmados tratados eufemísticamente como antifascistas en lugar de lo que verdaderamente son: meros simpatizantes de esa misma izquierda que hace más de ochenta años nos abocó a una sangrienta guerra fratricida.

Para rizar el rizo, esa insigne cadena donde días atrás un presunto gracioso se había sonado las narices con la Enseña nacional sin consecuencias punitivas hasta la fecha protagonizó un acto más del trilerismo informativo al que nos tiene acostumbrados, destacando de la noticia no los insultos y amenazas lanzados por esos aventajados aprendices de chekistas, sino únicamente una frase de Santiago Abascal que, recortada, perdía todo el significado jocoso con el que fue pronunciada: Anda que si decidimos dejar de hablar y salimos todos ahora...”.

Muy posiblemente, la pseudoperiodista que conducía el espacio televisivo en cuestión no habrá leído El lazarillo de Tormes —ya le anticipo yo que una de las obras cumbre de la Literatura española, junto al Quijote y Pues nada, aquí estamos—; y seguramente desconocerá también las perrerías que Lázaro tuvo que aguantar a manos de ese ciego que fue su primer amo, cuya avaricia cogiendo las uvas de dos en dos le llevó a él a tomarlas de tres en tres para defender su maltrecho estómago de otra jornada in albis. Sin embargo, el mensaje subliminal transmitido por la reportera es idéntico a la moraleja que se extrae de aquel episodio de la célebre novela: erigir en víctimas a quienes son los responsables del mal causado. Por añadidura, y aprovechando que el Segura pasa por Murcia, se utilizó la ocasión para espetarle a VOX nuevamente el sambenito de partido ultraderechista.