Decía Joseph Ratzinger, culmen de la sabiduría en el siglo XX, que "la verdad no se determina mediante un voto de la mayoría". Podemos añadir que tampoco se determina con las opiniones de la plebe, por muy de moda que estén, o por amplio que sea el consenso de estúpidos que las respalden. Por eso, los que ya llevamos unos años en el periodismo activo, es difícil que podamos confiar en los partidos políticos, expertos en hacer de la mentira el instrumento propicio para lograr el ascenso al poder a través de las urnas.
 
Cuando VOX inició su andadura política, lo que algunos esperábamos de este partido es que fuese, al menos en algo, distinto a los demás, y en concreto distinto a lo que venía siendo la derecha en España desde la muerte de Franco hasta hoy. Y no negaremos que, en ciertos aspectos y no pocas propuestas, así ha venido siendo, lo que sin duda le ha valido formar parte, por méritos propios, del nuevo gobierno andaluz, después de décadas de desmanes socialistas y comunistas. Su éxito en Vistalegre y en las encuestas no es por casualidad, sino porque ha sabido recoger la decepción y el desencanto de cientos de miles de españoles, huérfanos de alguien decente a quien poder votar.
 
Pero como a un servidor no le paga ningún partido político, nunca le ha pagado y jamás le pagará, mientras nos lo permitan, diremos siempre lo que las cosas nos parecen, gusten o no gusten. Y el primer encargo que tenía VOX, el primero en importancia y en urgencia, consistía en meter mano en el terreno donde nunca quiso entrar el Partido Popular, es decir, la defensa de la verdad, la lucha contra el relativismo moral, la ideología de género, los mantras morales de la izquierda, el Nuevo Orden mundial y la dictadura del pensamiento único. Y es lo más importante y urgente porque sin meter mano en ese terreno es materialmente imposible poder solucionar el resto de los graves problemas que afligen a nuestra amada Patria, que hoy, por culpa del PSOE y del PP, es un albañal de indignidades y corrupción moral.
 
Lo sucedido esta semana con el historiador Fernando Paz es una prueba más de que hemos tocado fondo como civilización, y de que los medios de comunicación actuales, con rarísimas excepciones, son el ariete principal de la masonería y de los esbirros de Soros en todo Occidente. En la España de hoy, y en la mayor parte de Europa, no queda rastro de la verdad, ni en lo relativo a la Historia, ni en los patrones morales, cortados todos por la tiranía progre que va desde el comunismo más rancio a la derecha más liberal. Desde el feminazismo hasta el ateísmo visceral. Desde el homosexualismo hasta el agnosticismo militante, ese terreno comodón que permite no mojarse espiritualmente ni debajo de la ducha.
 
La crucifixión en la escena pública de un hombre íntegro, y de un intelectual de primer orden como Fernando Paz me ha recordado esta semana aquella frase inmortal con la que Jean François Revel comenzaba su antológica obra "El conocimiento inútil": "La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira", en un capítulo que lleva por título "La resistencia a la información". En efecto, la mayoría de MCS de hoy no es que no busquen la verdad, ni siquiera que no les importe la verdad...Lo terrible es que no quieren conocer la verdad. Le dan la espalda como le da la espalda un asesino a su conciencia, o un tirano a su soledad. Le dan la espalda porque es el espejo en el que ven la podredumbre que les lleva a mentir y manipular a diario.
 
Una sociedad en la que miles de indocumentados y ociosos se atreven a discutir y poner en duda el trabajo de un investigador de primer orden, y que no contenta con eso se lanza a una espiral de insultos y amenazas, sólo porque no le gusta escuchar una verdad demostrable con datos, es una sociedad en jaque mate. Si además, los MCS, lejos de informarse para poder valorar, lejos de leer para poder analizar, lejos de preguntar al interesado para saber lo que piensa, se limita a trasladar a los platós y a los micrófonos esa corriente nauseabunda de relativismo moral y de embustes generalizados en que chapoteamos todos, entonces podemos decir que no tenemos solución posible. Que lo mejor es rezar el Rosario y e implorar un Purgatorio benévolo.
 
Y no diremos que esperábamos de VOX que hiciese milagros en este terreno...No lo esperábamos porque la edad de la ingenuidad total hace años que pasó. Prometer es bastante fácil, cumplir ya..., cuesta un poco más. Entre leerse un libro de 600 páginas, como es el Nüremberg de Fernando Paz, donde se resumen los 16.000 folios del archivo de aquel juicio a los jerarcas nazis, o mirar un par de articulitos de prensa y escuchar al telepredicador bajito, lo segundo cuesta menos que lo primero, obviamente. Aunque sea a costa de no poder defender la verdad. Aunque sea a costa de que los enemigos de España y de la civilización cristiana te vuelvan a cerrar la boca de mala manera.
 
Lo decepcionante no es que VOX haya pedido a Fernando Paz que abandone, o dicho de otro modo, que no le haya suplicado que se quede. Lo decepcionante es que haya renunciado a luchar por que resplandezca la verdad en un asunto que es capital para la sociedad de hoy. Llegará un día que los investigadores dejarán de investigar, porque simplemente no podrán publicar el resultado de su trabajo; no habrá quien aporte conocimiento, porque el conocimiento, como decía Revel, es completamente inútil al haber sido desplazado por la ideología dominante. Serán, en realidad ya son, unos políticos mediocres y unos sedicentes periodistas manipuladores y moralmente corrompidos los que dicten la única verdad legal, que es la que a ellos conviene.
 
El Padre Leonardo Castellani decía en sus libros que los cristianos estamos obligados a decir la verdad, pero gracias a Dios no a convencer de ello a los necios. A lo que me atrevo a añadir: "ni a los cobardes". Para salvar la Patria, lo primero era coger la escoba y barrer la basura. Si nos empeñamos en levantar los muros de la nueva España sobre los lodos de la inmundicia actual, no quiero ni pensar en cómo será el resultado. Pero está claro que esa es una preocupación solamente de unos pocos, menos de lo que parecía.