Nunca olvidaré el día en que Nieves Herrero tendría que haber cambiado su vida por la de las tres niñas de Alcácer. Se informaba de que Antonio Anglés escapaba del cerco policial y Miguel Ricart era condenado a casi doscientos años de prisión de los que cumplió unos pocos, mientras que el mismo día en el que se encontraron los cuerpos de las víctimas, Herrero, alguien que no merecía haber nacido, perpetró otro crimen sobre el que nunca se dictó sentencia alguna. La periodista, vomitaba bilis y se retorcía de placer en uno de los peores espectáculos televisivos de la historia de nuestro país, preguntando a una niña de doce años, sobre el valor que le daba a el hecho de que se violara a otras amigas de la misma edad que ella, o haciendo presión sobre los familiares en un interrogatorio basado en la posibilidad de que las niñas hubieran sido maltratadas y violadas.

Todo esto se producía siempre en ese horario de máxima audiencia tan valorado por estos asesinos morales. Pero nunca nadie tomó cartas en el asunto y después de aquel mítico por horrendo episodio, vergüenza de un pueblo y de todos los españoles, paseo su culo por prácticamente todas las cadenas sin pagar por su delito.

Recuerdo también a un siempre patético Lobatón y su mierda de programa, en el que como otras muchas veces, también en el caso valenciano, entorpecía, ensuciaba y ralentizaba las investigaciones en curso en las que profesionales intentaban hacer su trabajo, dando pistas a criminales que tenían que ver en este caso, igual que en otros muchos basados en denuncias sobre personas desaparecidas.

 

Han pasado más de 25 años y la sociedad sigue perdonando y viviendo como algo normal, las especulaciones sin fundamento que casi todos los medios de comunicación derraman a raíz de cualquier desgracia, sin pensar en el daño que hacen a familias ya de por si destrozadas y sin amparo.

 

Atravesé la puerta de entrada de mi casa y entré en el salón donde me encontré a Ana tumbada, como siempre que se tumba, en el mejor sofá de los dos que tenemos. Venía pensando en varias cosas, pero por encima de todo y a cinco horas de acabar este 4 de septiembre al que todavía le quedan doce minutos, recordaba que había cambiado a mi padre por un grupo de diplomáticos iraquíes, ya que por su culpa y los llamados gajes del oficio, no había tenido tiempo de visitarle en el día de su setenta y siete cumpleaños. Pero más importante que eso, ya que le había llamado dos o tres veces y mañana iré con él, pensaba el cómo cojones voy a perder los más de veinte kilos que he cogido desde que empecé a comer tras el último proceso de ayuno radical que duró 57 días. También venía pensando en la teoría que desde hace días habíamos comentado y que anticipaba algo lógico y muy triste sobre lo que podría haberle sucedido a Blanca Fernández Ochoa.

 

Después de las ceremonias de costumbre y prácticamente desnudo, como es habitual en mí, me tiré en el peor sofá y último de los únicos dos que he dicho dispongo que no son individuales, terminando en ese momento la atroz y patética serie que Ana estaba viendo por tercera o vigésimo quinta vez. ¡Pon lo que quieras, que me voy a duchar! Momentos que no se olvidan, esos en los que te invade la alegría y piensas que vas a disponer de la inmensa pantalla y de su control, Netflix y HBO incluidos, a la vez que te sientes ridículo, en el sentido de que esa ducha durará siete u ocho minutos, momento en el que volverá a darse las cremas al salón, con lo que otra vez, las 20 patas y 12 ojos que en ese momento deambulaban por mi casa, se tendrían que adaptar a los gustos televisivos de quien nos oprime de manera constante y sin piedad.

Es curioso lo fácil que es pasar de un triste tema de actualidad, en el que han encontrado a una persona muerta, a bromear con la exageración de aspectos insignificantes de nuestras vidas, que no van a ningún sitio. Pero además de curioso, clama al cielo la facilidad que tienen los medios para informar de las relaciones entre las izquierdas y los posibles acuerdos de gobierno que se pueden alcanzar entre un partido clásico e histórico y un botarate que posiblemente tenga que decir en las decisiones que afectarán a los españoles en los próximos años y en tres segundos, cambiar el tercio para comunicar con tres frases que Blanca Fernández Ochoa se ha quitado la vida, dando igual que sea mentira o verdad. 

 

La muerte de Blanca no se ha producido por impacto, no ha sido violenta, pero tampoco involuntaria. Esas palabras las pronunció un asesino moral en Telecinco. Alguien del que no se su nombre, pero que también debería de cambiar su vida por la medallista olímpica del 92, curiosamente el mismo año en el que Antonio Anglés murió. ¡Hoy me toca llorar!