Milité hasta el año 2000 en el Partido Socialista. Durante una década tuve cargos orgánicos e institucionales en el País Vasco; es decir, no fui un mero peón de base. Mi compromiso procedía de mi condición de cristiano, pretendiendo realizar la justicia social y la igualdad de oportunidades. En mi bandera desde el principio tuve en el frontispicio  mi lucha contra el nacionalismo intolerante y el marxismo abertzale que tenía como bastión de su conquista de posiciones sociales, políticas y culturales la ocupación de la escuela y el euskera como instrumento de segregación y de limpieza étnica.

Yo me creía aquel cuento que hoy prevalece en mentes ignorantes, como era la mía, de que la República era la panacea de todo, sobre todo de la libertad y de las conquistas sociales, y que la Guerra la ganó un golpista que impuso una dictadura cruel y sanguinaria. Hoy, tras muchas lecturas y haber comprobado la realidad de las cosas y los comportamientos zafios y revanchistas de esta izquierda que es el último resabio de la Europa contaminada por las ideas sovietizantes, no creo nada de lo que entonces tomaba como realidades absolutas y verdades incontrovertibles.

 

Pero lo que más me fascinó fue la reconciliación nacional que dio lugar a la transición democrática y el borrón y cuenta nueva que se produjo dejando aquella guerra para las páginas de la Historia. Dando lugar a un tiempo nuevo.

Ese tiempo nuevo, unos dirigentes que me producen asco y un revulsivo en mis entrañas que no puedo soportar, llamados Zapatero y Sánchez lo han retrocedido a 1936, devolviéndonos las dos Españas enfrentadas. Lamento decir que es así, y rememoro la imagen olvidada por sus propios compañeros de partido del señor Besteiro, que siendo marxista de ideas creía en la convivencia entre españoles y en el logro del poder socialista por mecanismos democráticos. Realmente Besteiro era un “rara avis” en su partido, enfrentándose a Largo Caballero, porque discrepaba profundamente con las políticas desarrolladas para llevar a cabo los planes de Stalin, que consistían en provocar la guerra para lograr la revolución soviética en España. Besteiro, con formación intelectual a varias leguas de sus congéneres socialistas tenía capacidad para pensar por sí mismo y no dejarse llevar por falsos señuelos que acabaran donde acabaron, con una guerra entre españoles y las dos Españas enfrentadas.

Pues bien. Besteiro ha quedado en el baúl de los recuerdos y dudo que muchos socialistas de ahora conozcan ni tan siquiera de su existencia.

Aquella reconciliación fue lo más importante que sucedió en 1978, y que evitó un nuevo enfrentamiento. Quizás se hiciera de forma meramente instrumental, para insertar en el tejido político el germen de la descomposición y de la revolución socialista. No  sé si fue una maniobra oportunista de Carrillo, quizás para evitar el recuerdo de Paracuellos y sus múltiples crímenes, incluso de compañeros suyos de partido. Lo cierto es que el resultado fue esperanzador y una serie de generaciones después -algunas de ellas desconocedoras de ese logro- han vivido en relativa paz y progreso, sin echar cohetes al aire ni hacer demasiadas lisonjas al Sistema.

 

Todo eso Sánchez, con la previa ayuda de Zapatero y su Memoria Histórica, lo han volatilizado y los nefastos efectos de sus políticas, sobre todo en la económica y el paro, no superarán ni de lejos el resultado final de este proceso de voladura del Régimen de la Transición en su maldad. Los resultados ya empezamos a verlos: cientos de jóvenes malcriados quemando las calles en Barcelona y en guerrillas de subversión callejera, con efectos letales para la economía catalana, sin que Sánchez, como el rey pasmado tome ninguna decisión de Estado, más allá de disfrutar de los estipendios de su condición.

 

Por si le llega este artículo, quiero comentarle que un falangista salvó a mi abuelo republicano en el pueblo donde nací, San Román de San Millán que ahora llaman Durruma (ni los topónimos respetan). Unos falangistas que iban de forma indiscriminada a hacer limpieza de elementos republicanos pretendían “dar el paseo” a mi abuelo, y aquel buen hombre, que también era falangista y conocía a mi abuelo y su condición de idealista -su único pecado- dio la cara por él, invitando a mi abuelo previamente a huir al monte hasta que se aclarara la situación. Mi abuelo nunca más fue molestado y siguió con sus convicciones sin problemas, aunque bien es cierto que nunca se metió en problemas.

Mi padre, sin embargo, combatió en la guerra en el bando nacional, y era un hombre de profundas convicciones cristianas. No me consta que hiciera nunca daño a nadie. Era guardia civil. Entre mi padre y mi abuelo republicano había una estrecha complicidad y entendimiento. Jamás le oí un solo comentario negativo sobre él.

Igualmente yo tenía un tío de mi madre ateo e igualmente republicano que, sospecho no estaba nada bien visto por el Régimen. Jamás vi un solo gesto de animadversión entre el hermano de mi abuelo y mi padre.

Ni mi padre ni mi suegro, ambos combatientes en el mismo lado, me comentaron jamás nada de la guerra ni de la República. Tenían una especie de pacto de silencio. Solamente recuerdo un comentario de mi padre: “Ernesto no te metas en política. La política para los políticos”. Justamente hice lo contrario. Rebeldía de joven. Y, sin embargo, años más tarde respetó y no expresó disgusto manifiesto por mi incorporación primera a UGT y posterior al PSOE. Esos gestos fueron los que propiciaron más tarde la transición democrática ahora en demolición.

Una compañera de Hablamos Español nos cuenta su experiencia familiar. Lo reproduzco tal cual:

 

“Os cuento mi historia. Mi abuelo materno, hijo de una familia numerosa católica, hacía el número tres en un pelotón de fusilamiento por parte de los republicanos. Fue preso por ser el hijo varón mayor.

         Un cura hacía el número cuatro.

         Los números tres debían ser fusilados.

         El cura cambió el sitio de mi abuelo.

         Por ese cura yo estoy aquí.

Condeno lo hecho hoy [la profanación de la tumba de Franco].

Condeno el que solo se hable de los combatientes republicanos, que fueron, además, los que iniciaron la guerra [1934]

Ahora que saquen a todos los muertos enterrados bajo la Cruz del Valle de los Caídos”

Eso es lo que ha conseguido Sánchez, bajo la inspiración de Soros: Resucitar a los muertos y con ellos los enconos. Se le conocerá por esta triste hazaña. Por nada más.